El horror, 25.08.08

El horror, ese ente tortuoso que invocaba Walter Kurtz justo antes de morir en El Corazón de las Tinieblas, puede arrastrar al ser humano a las conductas liminares más insospechadas. Ante el horror, los códigos éticos más y mejor instaurados se desmoronan, lo relevante y lo irrelevante se trastocan, lo inimaginable se torna posible. Aún recuerdo, hace ya bastantes años, en un vídeo sobre la liberación de Auswitch, la impresión que me causó ver a una de las famélicas supervivientes, todavía harapienta, en el campo y en mitad del desorden de la liberación, arreglándose el pelo ante un pequeño espejo, quizá consciente vagamente de que estaba siendo filmada en un instante trascendental para la posteridad. Coquetería pavorosa, femíneo instinto desubicado. Cosas del horror.
Por desgracia, los conflictos bélicos suelen propiciar que la brújula humana extravíe su norte en mitad de un horror que escapa a las reglas, precisamente, de lo humano. También las grandes catástrofes, en que la muerte –esa enorme tragedia individual que ha alentado en las páginas de novelas y ensayos durante siglos y siglos– pierde su carácter distintivo para convertirse en un suceso casi banal, promueven los más extraños comportamientos. Tras el espantoso suceso de Barajas, en medio aún del desconcierto y del desconocimiento y de los interrogantes y del dolor, algunos supervivientes del horror empiezan a mostrar secuelas de un anormal desequilibrio, favorecido sin duda por lo extremo de las circunstancias. Peter Stafenides, sueco, médico de profesión, esposo de una de las escasas supervivientes del desastre, ha anunciado sin remilgos no sólo la venta al mejor postor de la primera entrevista que conceda su mujer cuando se encuentre fuera de peligro, sino la confirmación efectiva del trato con los periódicos Aftonbladet y Verdens Gang. Ambos medios, supuestamente prestos al carroñeo pero al tiempo aquejados de un pudor políticamente correcto, se han apresurado a negar la transacción. Mientras, Stefanides, que insiste en la realidad del trato, ya está previendo públicamente qué hacer con la suma, ajeno a los dictados comúnmente aceptados de la ética. Sus razones tendrá. El horror, con seguridad, está entre ellas.

5 comentarios:

Idea dijo...

Ana, me pregunto ahora, ¿su mujer lo seguirá siendo cuando despierte y tome consciencia? Temo, que no todo puede explicarse como una consecuencia, a veces lo peor de nuestra naturaleza está agazapado esperando dar el zarpazo.
Un beso Ana, que a veces es un bálsamo en medio de tanto dolor.

Rukaegos dijo...

La catadura moral de ciertos individuos, y con ellos la de la sociedad que estamos ¿construyendo? se revela con nitidez en momentos trágicos como éste.

Pero no se te olvide que en cierta prensa española se está demostrando también el gusto por la carroña. Cualquier disculpa es buena y son medios supuestamente "respetables".

Besucos

ANA DE LA ROBLA dijo...

Queridos Idea y Rukaegos: Creo que los dos ponéis el dedo en la llaga de algo que, por desgracia, no es políticamente correcto afirmar: el ser humano NO es bueno por naturaleza. Es obvio que en unos casos es más evidente que en otros, que en unos casos es más grave que en otros, pero lo cierto es que sólo se necesita un estímulo para echar a andar esa maquinaria terrible de la perversidad o de la imprevisibilidad que todos llevamos dentro... Y es cierto, además, que la sociedad que estamos construyendo -son de subrayar tus lúcidos interrogantes, Rukaegos- no propicia precisamente el arraigo de los valores más encomiables...
No sé qué será de nosotros, ni cuándo, pero no preveo un buen fin a todo esto.
Besos cariñosos para los dos.

C.C.Buxter dijo...

Desconocía esta incomprensible noticia. En casos como este, siempre me planteo lo siguiente: puedo llegar a aceptar que la mente humana llegue a ser tan retorcida, pero ¿cómo no le puede dar vergüenza decirlo en voz alta y que todos nos enteremos?

Incluso Franco, cuando dijo aquello de "no hay mal que por bien no venga", no se estaba refiriendo a su esposa...

ANA DE LA ROBLA dijo...

Ay, C.C., que me troncho con tu aserto sobre Franco y su carmencita collares...