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Sonatina de Otoño, 21.09.08

Hoy empieza el otoño (o al menos así nos lo enseñaban hace años, cuando la educación era medianamente digna, que ahora las estaciones sobrevienen cuando les da la gana) y con él empieza el “nuevo curso”, como dicen algunos afectados reporteros de la cosa… nuevo curso que trae aparejado lo de siempre: la chapuza nacional, o sea; que esta no entiende de modas ni modernidades.
No se sabe si profes y ordenanzas regresaron trastornados de sus jolidais en Reikiavijk o en Estepona, pero lo cierto es que a la hora de examinar a los chicos septembrinos de la Selectividad que nada selecciona, han repartido dos exámenes –el propio de septiembre y el ya realizado en junio– en la prueba correspondiente a la asignatura de Matemáticas Aplicadas a las Ciencias Sociales. Ya tenemos el lío padre. Los beneficiados en la distribución no quieren oír hablar de la repetición de las pruebas y los perjudicados claman justicia. Lo normal. Al final quedará todo en agua de borrajas, pues mucho es el esfuerzo para cosa tan nimia: la legalidad, la responsabilidad y las buenas prácticas en este país importan un figo, y por otra parte tampoco los chicos merecen tanto desvelo, que el informe PISA ya les ha dejado a la altura del betún con examen “repe” o no.
La noticia ha sido profusamente comentada en la edición digital del Diario de Cádiz. Y ahí, en los comentarios de los lectores –que es en lo que las ediciones digitales aventajan a la tradicional prensa en papel–, puede uno desde hacerse cruces hasta explicarse el porqué de tanto despropósito. La mayor parte son comentarios de alumnos: para que luego se diga que no leen periódicos, mis angelitos. Pero… con unas faltas ortográficas y expresivas de cortar la respiración: ‘a’ del verbo haber sin h, ‘asines’ por doquier (sin duda étimo latino de ese orejudo espécimen hoy conocido como ‘burro’), sintaxis ininteligible…
Los muchachos se indignan con toda su precariedad lingüística ante la posibilidad de que lo acontecido reduzca sus opciones al concurrir a una carrera universitaria específica. No deberían preocuparse: cualquier lugar en el que caigan los padecerá por imperativo legal. Cosas de lo políticamente correcto, del “progresa adecuadamente” y de la ceguera general. La sonatina de otoño que cada año se renueva…

Comentarium Texticulorum, 20.08.08

Estimados amigos y lectores todos:
Hoy vamos a realizar un ejercicio de comentario de textos, con vistas a iluminar algunas de las figuras retóricas más comunes de la lengua española. Para que el ejercicio alcance mayor objetividad y validez empírica, he recurrido a diferentes textos de un eximio –aunque vivo– intelectual cántabro. Las fuentes originales de los textos, de su puño y lengua, pueden encontrarse aquí y aquí. Enumeremos:

REDUNDANTIA REDUNDANTIONIS
“No hay duda de que el Festival Internacional de Santander ha adquirido a lo largo de sus 57 años una identidad singular y que ha logrado ya una «forma de ser» reconocida por su prestigio y la coherencia de sus anuales convocatorias ininterrumpidas. El Festival es ya una «forma de ser» que ha venido siendo desde hace 57 años, ha configurado sus perfiles y ha venido gestando una identidad que hoy es inconfundible e inevitable como referencia cultural”.

EXULTATE JUBILATE
“He de confesar que, desde hace muchos años, siento el inicio de cada Festival como un acontecimiento mágico, catártico en el sentido liberador de tanta tensión acumulada a lo largo del año gestador, y expectante ante la renovación de la magia escénica y la mística sonora que nutren sus esencias. Magia escénica desbordada con la plenitud de la Ópera, el Ballet y el Drama y mística sonora inundando cada rincón de nuestra amada Cantabria”.
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PANTA REI
“Ya este 57 Festival Internacional discurre, tras su brillante noche inaugural, por los Marcos Históricos como río caudaloso regando la sensibilidad de tantas gentes y se detendrá en el solaz capitalino del Palacio de Festivales”.

EXAGERATIO SUPERHIPERBOLICENSIS
“Y como cada año, desde hace 38, el Ciclo Estival de Música Coral y de Órgano de la Bien Aparecida que desde la cima callada de sus montañas proyecta el haz sonoro del Festival de Santander hacia todos los rincones de Cantabria, cuyos Marcos Históricos citan y concitan con su atractivo la presencia de las gentes de todo el mundo”.

POROSITAS INCOMPRENSIBILIS
“La memoria de Argenta se filtra inevitable por los poros del Universo Sinfónico, un espacio que se ornamenta con las mejores orquestas del mundo y los directores más destacados, un espacio cuyo punto álgido contemplará la apoteosis beethoveniana que Ataúlfo nos legó”.

Podríamos proseguir con la lección, pero para no saturar las meninges blogueras, aplacemos la cita para próxima ocasión.
Si alguno de los alumnos detecta en los textículos otras figuras literarias además de las ya apuntadas, se agradecerá su pública exposición para ilustración de sus compañeros.

Gorjeos y gorgojeos, 24.07.08

Con fecha 13 de junio de este año El Diario Montañés publicaba una información relativa a la presentación del cartel del 57 Festival Internacional de Santander (ver).
Vicky Civera (Port de Sagunt, Valencia, 1955) es la autora del cartel en cuestión y –siempre según el periódico– ha explicado en un texto lo que intenta comunicar con esta obra:
“Sobre unas líneas horizontales, de música y agua, un barco emblemático se acerca al 57 Festival internacional, entrando por la bahía. Con gesto y saludo alegre, los personajes/notas del cartel (arriba) le dan la bienvenida. Saludo sobre un fondo rojo, mate y poroso, casi aterciopelado, que recuerda el intenso color de las amapolas tiñendo un extenso campo en verano. Rojo intenso, expansivo, pero a la vez delicado y contagioso, como el susurro musical que envuelve: desde el gorgojeo [SIC] alegre de los pájaros que revolotean y se esconden por el campo, hasta el leve zumbido del batir de las alas de los innumerables y frágiles insectos que lo habitan”.
Me gustaría formular unas preguntas:
1.¿Dónde está la bahía? (señalar en el cartel, doy premio)
2.Las amapolas, ¿crecen en el campo o en el mar? Si no crecen en el mar, ¿qué hacen en el cartel?
3.¿Por qué el susurro musical es rojo y no de otro color? (sí, ya me sé lo de la sinestesia)
4.Según mis noticias ‘gorgojo’ es un “insecto coleóptero de pequeño tamaño, con la cabeza prolongada en un pico o rostro, en cuyo extremo se encuentran las mandíbulas. Hay muchas especies cuyas larvas se alimentan de semillas, por lo que constituyen graves plagas del grano almacenado” (DRAE), mientras que ‘gorjear’ significa “dicho de una persona o de un pájaro: hacer quiebros con la voz en la garganta” (DRAE). ¿Los pájaros del FIS, pues, gorjean... o cazan gorgojos?
5.¿Por qué “se esconden los pájaros por el campo”? ¿Qué –o a quién– temen?
6.Admitamos que los insectos son frágiles, pero ¿qué pintan los insectos del campo en la bahía junto al barco emblemático que se acerca hasta las notas que alborozadas lo reciben y…? Uf, no sigo, que esto me recuerda aquel poemilla subido de tono de Catulo en que el barco simbolizaba… Dejémoslo.
Me lo expliquen todo bien. Espero.

Castelares, 01.07.08

Como es sabido, Emilio Castelar y Ripoll, reconocida gloria de la elocuencia política, era de Cádiz. Tan reconocida e indiscutida fue su gloria que allá por 1869 se acordó bautizar con su nombre a la plaza en que se encontraba su casa natal. En 1904 se decidió colocar una lápida conmemorativa de la efeméride precisamente en la entrada de la casa –el portal número 1–, para que las generaciones venideras no olvidaran el genio verbal y parlamentario de su paisano Castelar. Dos años más tarde, se encargó a Eduardo Barrón un monumento dedicado a don Emilio, y ese monumento aún pervive, presidiendo la misma plaza, aunque su denominación actual es la de Candelaria.
Así hemos recorrido un largo éxodo, peor aún que el bíblico –por no hablar del interminable de Otto Preminger– sin otra figura política digna de suceder al eximio Castelar. Pero he aquí que por fin la misericordia divina se ha apiadado de este pobre pueblo elegido, y ha concedido un relevo, una voz que habrá de perdurar en los corazones de los gaditanos durante décadas. Me atrevo a sugerir a nuestros gestores municipales la formación de una comisión de urgencia para designar una avenida con el nombre de Bibiana Aído. Se me ocurre, tal vez, que puede modificarse el nombre de la Avenida de Gómez Ulla, que además es vía universitaria, a tono, pues, con el perfil de cualquier miembra congresual de pro. Se me ocurre también que nuestra cálida Facultad de Letras puede ser transformada en una biblioteca para mujeres y mujeras, con un anexo incorporado a modo de vestuario, en el que aquellas descarriadas que no cumplan con los patrones y patronas de la moda occidental puedan reconvertirse al new style del particular Vogue ministerial. Se me ocurre la colocación de un monumento en forma de gran boca oratoria frente al pájaro constitucional. Se me ocurren en realidad muchas cosas, todas ellas nunca vistas e increíbles –como las llamas de Orión en Blade Runner–, pero ya entiendo que estos asuntos deben dejarse en las meninges sabias, en las meninges de quienes gozan de una logorrea que no se la salta un gitano –o gitana–. Así que a callar y a seguir esperando. Si nadie lo remedia, el espectáculo sólo acaba de empezar.

Parole, 14.06.08

Hace un par de días ejercí como jurado -¿jurada?– en un importante premio de poesía. La importancia del certamen no disuadió a algunos osados de participar en tan alta empresa literaria, y en tal empeño no dudaron en ofrecer flores nuevas al refulgente metal de la lengua española. Uno había que se “descarcañalaba por fuera” (¿?) y otro que apelaba a extraños “chupiteles invernales” (¡!) cuyo significado ninguno de los miembros del jurado –tampoco las miembras- logramos desentrañar. Acongojados y acongojadas en nuestro torpe entendimiento ante estos crípticos términos, hubo quien propuso para el externo descarcañalamiento del afligido vate un uso importado de Hispanoamérica, mientras que por el otro flanco de la mesa se avanzó tímidamente la posibilidad de considerar ‘chupitel’ un anglicismo de próxima e ineludible inclusión en el diccionario. Otro de los miembros del jurado se puso súbitamente violento sin razón aparente, pero le sugerimos salir por un instante de la sala y hacer una llamada de teléfono para desfogarse y reciclarse, y hete aquí que volvió muy macho, pero suave como una seda. Sintiéndonos finalmente satisfechos y satisfechas por lo bien que resolvimos el conflicto, nos satisfizo también en el acto, digo en el acta, añadir una petición de propuesta a la RAE de revisión de sus recursos léxicos, decididamente limitados y retrógrados.
Después de perder gran cantidad de tiempo en dirimir estas sandeces nos aplicamos a lo sustancial, que era la elección de un poemario comm’il faut, bien escrito, sin supuestos americanismos ni anglicismos ni mandangas ni mandangos. Por suerte, no emergieron más egregios lexicógrafos, y siendo los que había escasos en número –sobre su “género” o especie, prudente es no precisar–, rápidamente quedaron sepultados en el magma de los ignaros acelomados y pseudobípedos de cuyo nombre es mejor olvidarse… dejando vía expedita a lo esencial de la palabra: la que brilla en el cálamo de los cultos y discretos y se envilece en la desenfrenada boca de los necios. Un sevillano –Manuel Jurado– se llevó el galardón, con un libro en verdad excelente titulado Los dioses vulnerables. Vulnerables, sí, sobremanera en estos tiempos: ante los lerdos ni los dioses siquiera están a salvo.

Incentivos, 01.06.08

El asunto de los incentivos cuenta por estos lares con vistoso pedigrí. Los incentivos –espléndido eufemismo– existen desde tiempo inmemorial para conducir a las ovejas descarriadas al redil. Si son determinados ciudadanos quienes quieren obtener ciertas prebendas o resultados a cambio de favores o dineros, entonces la cosa se denomina soborno o corrupción, en sus diferentes modalidades y motivaciones. Por el contrario, si la misma actividad se ejerce desde cualquier Institución de esas que en España se escriben con mayúscula, entonces se habla de incentivos que constituyen un acicate para estimular el buen comportamiento de los ciudadanos. Por si alguien no distingue con claridad la diferencia, pondremos un ejemplo elemental, como de Barrio Sésamo: si papá le lleva al profe de latín un jamón para que apruebe a su niño, se trata evidentemente de soborno; cutre, pero soborno. Si en cambio es la Consejería de Educación la que ofrece a los profes 7000 euros por aprobar alumnos a pasto, entonces se trata de incentivo. Qué bien se explica Coco.
Por si alguien lo desconocía, ya hace años que existe en la Universidad un mecanismo que regula el número mínimo de aprobados por año académico. En cada Comunidad Autónoma hay ligeras variaciones en la aplicación de esta norma, pero en síntesis se trata de demostrar a los ojos de los europeos, siempre desconfiados, que los universitarios españoles son la caraba. Eso sí, al tiempo se regula la concesión de matrículas de honor, que no deben exceder de una o dos por curso, pues eso es menos dinerito que se ingresa en las arcas de nuestra Madre Nutricia. Así que la Consejería de Educación de Andalucía, que se conoce al dedillo lo que “mola” el sistema universitario, y que todavía está escocida por las orejas de burro que le colocó al alumnado andaluz el Informe PISA, consciente además de que el profesorado de Enseñanzas Medias es un poco díscolo porque lo tienen más achicharrado que a un ninot en la Nit de la Cremá, se acuerda del chollo de los incentivos y piensa: si les soltamos dinero a estos pardillos solucionamos velis nolis el analfabetismo de las aulas y cosechamos estómagos agradecidos. Como sigamos por esta vereda, no tardaremos en volver a los tiempos de las delaciones; perfectamente legales e incentivadas, por supuesto.
(En Cataluña ya han empezado, por cierto, a incentivar a los infantes las delaciones de los profes que no parlan catalá).

Educación, 02.05.08

Qué difícil es delimitar el ámbito preciso de la educación. En estos días en que asistimos a la penosa batalla (ya sentencia) legal acerca de dónde clavar los postes de la valla, cabe preguntarse por qué continúa siendo la educación un arma arrojadiza y, sobre todo, un instrumento de manipulación de las conciencias con vistas a la formación de ciudadanos que ejecuten órdenes transmitidas a través de un chip instalado allá por donde Descartes situaba la glándula pineal, esa minúscula cosita que ponía en relación el alma con el cuerpo.
Con independencia de que estemos más o menos acordes con la redacción concreta de los textos que integran la polémica asignatura de Educación para la Ciudadanía, lo que debe hacernos reflexionar es la base ¿jurídica? sobre la que se sustenta la sentencia con que el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía anula determinados contenidos de la asignatura en cuestión: y es que parece ser que plantear el respeto entre hombres y mujeres e intentar educar a los jóvenes en ese ideario obvio “invade la ética, el derecho y la moral”, aparte de suponer una vulneración de la “neutralidad obligada del Estado”. Mientras leo en la prensa estas descabelladas elucubraciones del TSJA, y a punto de caer en la tentación (irresistible, es cierto) de creer que la oligofrenia se ha apoderado de algunos de sus miembros, me pregunto por qué hay jueces que sistemáticamente se pasan por las corvas nuestra ley de leyes, esto es, la Constitución Española, con la mayor de las impunidades. El artículo 27.2 de la CE afirma que “la educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales”, artículo que, al parecer, nuestros sesudos jueces ignoran.
Apelar al supuesto derecho de los padres a educar a sus hijos en exclusiva dentro del ámbito doméstico (¿a la manera de Josef Fritzl, por ejemplo?) es una pretensión peligrosa, además de una entelequia en el sistema en que vivimos; por algo firmamos ya hace algunos siglos un Contrato Social con aceptación de áreas comunes y separación de poderes… aunque hace tanto de esto que algunos –en especial nuestros jueces– ya no lo recuerdan.

Agujeros y leontinas, 20.04.08

La (mala) fama atribuye a los españoles el vicio de la impuntualidad. Llegamos tarde a las citas y al trabajo, no cumplimos como Dios manda un horario. Sin embargo, hay en nuestro país excepciones para el orgullo, capaces de desmontar tal tópico ante el mundo y, sobre todo, ante nosotros mismos –en definitiva es lo que importa–. Y para quien no se lo crea, dos ejemplos que le fundirían los plomos al más maledicente: la Navidad… y el Doce. Siempre me he preguntado cómo es posible –y soportable- que la orgía de turrones y luces navideñas nos machaque sin piedad las meninges desde el mismísimo octubre con pertinacia y premura sorprendentes. La Navidad llega a España mucho antes que a cualquier otro lugar del planeta, cuando ni siquiera los Reyes han ensillado los camellos. Pero lo del Doce… ha batido su propia marca. Porque según mi calendario, aunque faltan aún cuatro años para la cosa –dejando a un lado la deseable antelación que evite las chapuzas, otro de nuestros pecadillos nacionales–, la publicidad empieza ya a bombardearnos implacablemente; tanto es así que el fervor propagandístico no se ha detenido siquiera ante los edificios oficialmente declarados como patrimonio protegido o bienes de interés cultural, que se han visto agujereados como quesos vulgares con no otro afán –imagino– que el de prevenir nuestro olvido.
De modo que unas cuantas banderolas conmemorativas del Bicentenario ondean ya hace semanas en nuestra memoria y en nuestro casco histórico, aunque nos dicen que se van a retirar rápidamente, ante la polémica suscitada por el deterioro infligido al patrimonio de la ciudad. Más vale que no trascienda el nombre del operario de gatillo fácil que, entusiasta del Black&Decker, ha taladrado medio Cádiz, porque a lo peor le dan garrote al más puro estilo XIX; un cabeza de turco siempre alivia los problemas. Más absurdo parece el anuncio simultáneo de que en el verano van a volver a colocar los cartelillos: ¿aprovecharán los mismos agujeros o harán otros?
En cualquier caso, lo más chusco es que pensando en 2012 no reparamos en lo que pasa en 2008. No afirmaré que sea ese el malévolo propósito de la campaña pero entre tanto, como hace poco dijera Quignard… quién sabe lo que en el día de hoy nos deparará el futuro.

Perros de Paulov, 24.12.07

Después de años y años –ni sabemos cuándo empezó todo– atendiendo, cual perros de Paulov, al soniquete de la primaria campanilla de los fastos navideños, por vez primera no acudimos al llamado. Tan fea está la cosa que es probable que ya no vuelva a casa en estos días ni el Almendro, colapsado en alguna huelga de transporte o simplemente deprimido por el inabordable aumento en la hipoteca. Los exiguos sueldos se someten al tormento de Procusto, a ver si a fuerza de estirarlos y desollarlos en el potro se logra que alcancen para sobrevivir con dignidad en esta Europa nuestra de las desigualdades, que se ha convertido en referente sólo para lo que nos esquilma la cartera, dejando de lado los salarios y las prestaciones sociales y algunas otras cosas.
Lejanos están aquellos tiempos en que era costumbre sentar a un pobre en la mesa navideña para compartir el pavo o el besugo y, de paso, lavar un poco la conciencia que, aunque muy maltrecha, se tenía. Aquella película genial llamada Plácido, otra más de las muestras corrosivas del Berlanga que retrató como nadie en el cine la durísima posguerra española, resultaría en estos tiempos un ejercicio de estilo, una entelequia. A día de hoy –como se dice en torpe y redundante retórica política, la única viable en estos tiempos– el sentimiento navideño, incluyendo el más hipócrita, no existe apenas; los pobres son demasiados como para invitarlos a cenar, y muchos de ellos ni siquiera hablan nuestro idioma; las angulas están a más de mil euros el kilo y, por otra parte, es fácil que en muchas casas se coma o se cene pizza y coca-cola en tales días. Los comerciantes de Cádiz manifestaban recientemente que las navidades de este año marchan mal porque la gente no compra: una curiosa ecuación en que el mero consumo parece haber fagocitado otro género de consideraciones.
Así que los perros de Paulov ya no acuden cuando suena la campana: jingle bells, jingle bells, jingle all the way. Esperemos que el responsable del laboratorio del estímulo-respuesta no se haya enterado de la invención de la electricidad, mucho más eficaz para meternos en cintura…
Por cierto, casi lo olvidaba: feliz navidad.

Cuestión de desmemoria, 21.12.07

Parece que hubiera transcurrido menos tiempo, pero lo cierto es que desde aquel 21 de diciembre de 2002 en que José –Pepe– Hierro se marchó, han pasado ya cinco años. En el recuerdo están aquellas palabras que se escribieron en la prensa con motivo de la triste ocasión, y la resma de amigos súbitamente aparecidos a la sombra del poeta que ya no tenía oportunidad de protestar por semejante indecoro, y también la precipitación en la formación de comisiones y recomisiones que, a la postre, poco hicieron. Pues, más allá del par de precarias lecturas y de la desastrosa exposición que promovieron unos pocos, arrogándose arbitrariamente el papel de legatarios intelectuales del poeta en esta tierra, nada de interés se hizo ni quedó en torno a la figura de Hierro. Con el paso del tiempo y su acción inexorable, los buenos propósitos –si es que alguna vez los hubo– naufragaron, y el resto de ruidosas manifestaciones han venido resultando cada vez más espaciadas, menos asiduas, menos grandilocuentes: menos presentes, en suma. De modo que los innúmeros amigos, estudiosos, conocedores y plañideros de Pepe Hierro han ido diluyéndose poco a poco… y no queda sino un erial desolador y desolado. Ya nadie rememora anécdotas y, por supuesto, nadie piensa en llevar a cabo ningún proyecto con visos de permanencia y, sobre todo, de respeto y auténtica enjundia académica o editorial. En este país nuestro en que la cultura es con mucho la más pobre de entre todas las hermanas pobres, ningún proyecto serio merece la menor consideración; es más rentable vivir al día del óbito con su correspondiente jarana inmediata que planificar actuaciones patrimoniales que en un futuro puedan devenir auténticamente interesantes, que es como decir no efímeras; y es que desde determinadas instituciones se sigue pensando que con cuatro panderetazos y aguardiente infinito se celebra mejor la memoria de un muerto ilustre que con un trabajo serio encomendado a profesionales solventes, trabajo que a la vez, puestos a soñar, bien pudiera haberse combinado con un programa responsable –no digamos inteligente– de promoción y difusión, siquiera a nivel local, de la figura en cuestión. Con lo que entre hipido e hipido, así nos va...
En resumen: cinco años después de la partida del que posiblemente ha sido nuestro poeta popularmente más reconocido, más leído y más “poeta” –no olvidemos esa estadística abrumadora del Cuaderno de Nueva York: un libro de poesía por vez primera en las listas de los libros más vendidos durante numerosas semanas–, las obras completas de José Hierro siguen durmiendo un sueño plácido en ese etéreo limbo que ni siquiera para el Vaticano existe ya; no contamos con un solo estudio, extenso e intenso, a la par que riguroso, de auténtica referencia, sobre la obra del poeta; y la Fundación José Hierro en Cantabria, entendida como activo centro de aglutinación cultural, poético-literaria, documental, académica y de investigación, es una entelequia. En tal sentido, la Fundación Gerardo Diego, afincada en nuestra ciudad en la que antaño fuera casa de Don Marcelino Menéndez Pelayo, supone el ejemplo más cercano de una institución que, animada por un espíritu que en principio pudiera y debiera ser bastante similar, se ha consagrado a conservar, difundir y ensalzar el legado del poeta que con fervor custodia. Si bien es cierto que en el caso de Hierro existe el llamado Centro para la Poesía que, ubicado en Getafe, lleva ya su nombre y es dirigido por su nieta –tras la muerte de Margarita Hierro–, no parece que Getafe y Santander deban ser iniciativas excluyentes si se perfila –tan difícil no parece– una adecuada distribución de funciones.
Lo escrito permanece, decían los latinos. Por fortuna, la obra de Pepe Hierro es permanente, indestructible. La única realidad indestructible, a pesar de la desmemoria que aqueja al tiempo y las personas.

¿Candidez?, 09.12.07

Lo que tenía que pasar ha pasado: los del PISA nos han “pisao” el callo y nos han dejado a la altura del betún; según parece, los infantes andaluces en torno a los 15 años son los más torpes de España en el ámbito académico, o al menos los más torpes de entre las diez comunidades que se han sometido al examen de grado en estulticia educativa; no contentos con la medallita, se han posicionado incluso por detrás de los alumnos turcos. Bravo.
A quien semejante estadística le asombre será porque su reino no es de este mundo. Llevamos trabajándonos el título durante varios años –un par de décadas, por ser más precisos– ante la alarmante indiferencia de padres apátridas, pedabobos y politicastros. De los indocentes no hablo, que ya tienen lo suyo con ver crecer cada día la cosecha. La autoridad del profesor se ha volatilizado, el incentivo al esfuerzo no existe y los alumnos pueden pasar curso con el morral cargado de suspensos. Estos males, propios del común de los alumnos hispánicos, se acentúan en Andalucía, donde se persiguen las enseñanzas humanísticas con ensañamiento criminal. La última defenestración, como sabemos, atañe a la música: una asignatura que en sí misma prácticamente no existía ha sido barrida de la ESO por Asturias… y Andalucía.
La Consejera de Educación, Cándida Martínez –quizá rindiendo honor a su nombre de pila– atribuye la catástrofe “al retraso histórico de la comunidad autónoma”. ¿A qué retraso se refiere? El PSOE ya lleva 25 años en el ruedo político andaluz, tiempo que no ha resultado suficiente para paliar el retraso jurásico pero sí para atontar a los chicos a base de bien. A no ser que doña Cándida esté pensando en el retraso intelectual derivado de la implantación socialista de la LOGSE (y que el PP no ha enderezado en sus dos legislaturas, dicho sea de paso), allá por las mismas fechas. Asegura doña Cándida que será necesario que pasen –o sea, que la diñen, pero dicho finamente– “algunas generaciones” (¿cuántas, Dios mío?) para subir el “listón” –palabrita como anillo al dedo–. Cuán largo me lo fiáis.
Semejantes declaraciones subrayan el penoso nivel en que nos encontramos en lo académico… y en lo político. Aunque prefiero no dilucidar si se trata de candidez, ¿o de perversidad, tal vez?

Elocuencia y política, 18.07.07

En su excelente tratado Orator exponía Cicerón los distintos estilos en que al hombre político le cabía dirigirse a su auditorio. Cicerón distinguía básicamente tres modalidades de elocuencia, dando por hecho que el político era elocuente en cualquiera de sus formas –no nos sorprendamos: es obvio que Cicerón murió hace ya varios siglos–; a saber: el aticismo o estilo sencillo (que se correspondería con una exposición precisa y tendente a asuntos de escaso vuelo), el asianismo o estilo elevado (que recurre al alambicamiento de los recursos y puede aturdir al público en su exceso) y el estilo intermedio o moderado (alejado de los peligros de los dos anteriores, aunque apto sólo para asuntos de importancia media). Aparte de la teoría de los tres estilos, señala Cicerón cuál era la “escenografía” esencial de un buen discurso (inventio, dispositio, elocutio, memoria y actio) y así mismo su estructura más perfecta (exordio, narratio, divisio, confirmatio, recapitulatio y perorata).
Con gusto me extendería mucho más sobre este lindo tratadito de oratoria, cuya enjundia es indudable, pero es desgracia obligada limitarse a recomendar encarecidamente su lectura y ocuparse de otros menesteres. Extrañará tal vez a los lectores la digresión ciceroniana, pero estamos en días de renovación de carteras ministeriales, de tomas de posesión, de reconfiguración de gobiernos estatales y regionales, y resulta inevitable pensar en el de Arpino cuando la elocuencia de nuestra clase política se ha desplegado con absoluta lozanía, para disfrute del arte que, agazapado en nuestras almas, aguarda la mano de nieve que sepa acariciarlo. Veamos si, como en el juego de la rana, somos capaces de encajar algunas muestras en el estilo discursivo correspondiente.
No se dirá que no respira un aticismo impecable y absoluto en la irrefutable sentencia de Jordi Sevilla: “Para ser ministro, sólo hace falta que te nombren. Para dejar de serlo, sólo hace falta que te cesen”. Sorprendente. Sí señor. Fascinante la transparencia de este aserto en que brilla sobre todo la inventio.
Por el contrario, muestra evidente de asianismo es la imagen de María Antonia Trujillo, cuando afirma que Zapatero “me entregó una carta de navegación, aunque empecé sin barco y” –esto es peor– “sin astillero para construirlo. En la travesía encontré piratas, corsarios y bárbaros que han estado siempre ahí”. Vaya por Dios. Curiosa versión de la Isla de los Famosos. ¿Habría también mosquitos tigre? Y acaba la interfecta citando un poema de Santiago Castelo, La casa que tenía empedrado el suelo: ?? Aquí ha habido introducción evidente de variatio, aunque no es recurso contemplado en la oratoria. Por lo demás, me permito citar lo que apunta Cicerón respecto al asianismo: “En efecto, quien no puede decir nada proporcionada, definida, ordenada y agudamente, si comienza poniéndole fuego al asunto no estando preparados los oídos, parece que está loco entre cuerdos”. Pues eso.
Otro asiánico confeso parece Bernat Soria cuando manifiesta, no sin cierto halo de misterio, que “mi destino no es el Ministerio de Sanidad y Consumo”. Ante la cara de estupor que sin duda se le pintó a Zapatero, especificó Soria en deslumbrante metáfora que su destino “es el viaje, el trayecto que quiero recorrer para llegar a Ítaca”. ¿De modo que acaba de entrar y ya se quiere marchar de vacaciones? Influido sin duda por aquello de que no existe un camino para llegar a la paz, sino que la paz es el camino, y echándole unas gotas de Kavafis traído por la coronilla, Soria ha pergeñado uno de los discursos más imaginativos de las últimas décadas. Aguardemos las futuras excrecencias de su venturoso cálamo.
Y qué decir del más literario de todos que, no obstante, también conoce los secretos del arte de la música… César Antonio Molina sostiene: “He tocado todos los instrumentos de la orquesta de la cultura, soy en mí mismo una orquesta”. En este caso no sabría decir si nos encontramos ante un estilo moderado… con visos de comedia; la actio del hombre orquesta tiene aquí un papel fundamental. Esperemos que el flautín o los platillos de Molina acierten a sacar al Ministerio de Cultura del atolladero en que se encuentra.
¿Quién dijo que la retórica de nuestros políticos se hallaba en baja? Y no desesperemos, que de tales intelectos obtendremos satisfacciones oratorias aún mayores. Tiempo al tiempo.

Cambio climático, 08.07.07

En estos días, por desgracia, está específicamente de moda el asunto del cambio climático. Y digo “por desgracia” no tanto –aunque también– por lo penoso del asunto en sí, como por las tajadas que muchos se están sacando a costa de “la cosa”, incluso –y esto sí que es sorprendente– dentro del ámbito de la cultura.
Me he pasado una semana oyendo hablar del “sonado” concierto –Live Earth– que se iba a celebrar alrededor de todo el mundo “para luchar contra el cambio climático”: ¡¡!! No me negarán que la propuesta no tiene su gracia: como si con las baladas entonadas por veinte fulanos alrededor del mundo se fueran a arreglar las cosas –que dicho sea de paso, están muy, pero que muy chungas. A lo peor es que los artistas invitados han cantado tan mal que va a empezar a llover a mares. Lo cierto es que la noble formulación de la causa ha congregado a cientos de miles de corazones concienciados –o sea, cientos de miles de compradores de entradas para los espectáculos, seamos prácticos– desde Tokio hasta Río de Janeiro; cientos de miles de personas que se han dejado un montón de dólares (por hablar en la moneda del imperio) que supuestamente servirán… para reducir gases contaminantes. Eso al menos es lo que nos cuenta Al Gore, que es quien ha impulsado todo el montaje. Estemos atentos, que con toda esa “pasta” recaudada deberíamos ver, no más allá de seis meses, cómo se nos solucionan los problemas medioambientales y el aire se despeja. En el peor de los casos, si seguimos tan ahumados como hasta ahora –lo más previsible, me temo–, ya sólo nos quedará preguntarnos si las resmas de billetes se las tragó el agujero de la capa de ozono –ese que, por cierto, se está cerrando él solito, según aseguran los expertos en estos temas.
Lo de Al Gore per se también tiene su tela. Mientras ocupó una vicepresidencia desde la que era factible adoptar medidas preventivas o resolutivas, no sólo no movió un dedo en tal sentido, sino que además se dedicó a firmar el tristemente célebre Plan Colombia, que estimula la fumigación indiscriminada con herbicidas tóxicos de múltiples cultivos legales y núcleos de población de Colombia y que además supuestamente desvía fondos para colectivos paramilitares de índole fascista. Sin embargo, una vez botado de su espinoso cargo, Gore cae del caballo cual Saulo y se dedica a dar conferencias por todo el mundo para descubrirnos la pólvora: es decir, explicarnos que nos estamos cargando el planeta (algo de lo que nadie se había percatado), y de paso cobrar buen parné por abrirnos los ojos. Todo empezó haciendo una peli y dando unas charlas, pero burla burlando, ya le han concedido dos Oscar y el Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional (los del Príncipe de Asturias últimamente están poco inspirados) y tiene una agenda de morirse (no sé por qué sospecho que Gore imparte más conferencias que yo y hasta se las pagan mejor), sin contar con que cada puerta institucional a la que llama se le abre de par en par sin rechistar.
Ya que se lo monta tan bien, tal vez podría Gore dedicarse a visitar de forma altruista los consejos de administración de los grandes bancos para pedirles fondos, justamente cuando estos anuncian a bombo y platillo, como cada año, que han tenido X (X por pornográficos) miles de millones de dólares de beneficios; también podría hacer otra visita para contarles su “verdad incómoda” a los responsables de las cien empresas más contaminantes del mundo, por ejemplo, en lugar de decirnos que no usemos laca para el pelo. Mientras tanto, es muy aparente augurar, como el interfecto hizo en febrero en Madrid, que “seremos recordados como la generación que destruyó el planeta tierra”. Todavía sigo rumiando quién nos recordará cuando ya no exista nadie. Pero hay que admitir que la frase, si no la piensas, impacta.
Por si esto no era suficiente, recibo ayer en mi correo electrónico una oferta de la Casa del Libro, que me da la oportunidad de leer antes que nadie el Informe Stern: un informe que promete “la verdad sobre el cambio climático”. Es evidente que todos tienen su verdad, y que todos quieren colocárnosla a buen precio. Y mientras tanto, el planeta se nos muere. Lo malo es que, contra los pronósticos de Gore y los demás rappelles que pululan por ahí, si seguimos en estas no quedará nadie para recordarlo.

Clayderman forever, 20.06.07

Llevo ya dos semanas intentando escribir de arte del bueno –les juro por el perro socrático que tengo presente el objeto de mis desvelos en la cabeza– pero la vida sigue empeñándose en ponérmelo difícil: el arte oficial, el arte institucional, el arte con mayúsculas (porque el auténtico, el bueno, desdeña la caricia capciosa del poder y es minúsculo y tímido por naturaleza), monta demasiada algarabía como para permitir que nos ocupemos de algo que no sea su pompa y circunstancia; de modo que allá vamos.
Acaban de darle el Príncipe de Asturias de la Artes –sí, de las Artes– a Bob Dylan. Los jurados de la cosa han esgrimido como excusa para dejar a un lado a Maria João Pires, a Frank Gehry o a Rafael Moneo que Dylan ha sido el “faro de una generación”. Ahí queda eso. Mi corazón palpita cuando las instituciones se ponen poéticas (y últimamente lo están haciendo más de la cuenta). Desconozco la generación concreta a que estos jurados se refieren. Tal vez sea la generación de aquellos que hoy dicen que corrieron delante de los grises cuando realmente sólo los veían de lejos o se tomaban con ellos unos chatos o incluso los tenían en la familia; tal vez sea la generación de los que nunca estuvieron en París en el 68; tal vez sea la generación de aquellos que no entendían las canciones de Bob Dylan (entre otras cosas, porque los ladridos de Dylan apenas los descifran los angloparlantes, y porque además hablaba de unas cosas que en España ni fu ni fa); tal vez sea la generación de los que por aquellos años pensaban que había que combatir las opresiones de la dictadura para acabar cayendo años más tarde en la explotación de sus propios empleados con contratos basura, en la especulación más sonrojante, en las declaraciones fraudulentas a Hacienda Somos Todos Menos Yo, en la vergonzosa usurpación del trabajo intelectual de sus subordinados… Si esta es la generación de la que hablamos, mejor estaríamos hoy si el faro se hubiera ido a negro.
Y qué decir de los profetas que nos ilustran sobre la magistral poesía de Bob Dylan, tal vez por ser la única que leen. Ahora hemos descubierto que Mr. Tambourine es el poeta del siglo XX, que no hay ni ha habido nadie como él. Pessoa, Auden, Ungaretti, Bachmann, Celan, Pound, Aleixandre… a ver si os enteráis de que toca retirada. Dylan ha matado a los poetas de verdad, como el vídeo a la estrella de la radio. Cerremos el quiosco, dejemos de leer, dejemos de trabajar a conciencia las palabras, dejemos de invertir años en formación y estudio; cojamos una armónica desafinada y echémonos al monte, digo al metro: con el tiempo seremos objeto de la utópica nostalgia de la masa y cuando lleguemos a millonarios el gobierno de turno nos regalará 50.000 euros del contribuyente para gastar en bagatelas (o ya puestos, en un piscolabis en la masía de Adriá, otro excelso artista de la contemporaneidad).
Por mi parte, y desde mi modesta posición de ex-poeta damnificada por Bob Dylan, me atrevo a sugerir al comité del Príncipe de Asturias para el próximo año una candidatura que en absoluto me parece que desmerezca de los premiados en algunos de los últimos años: la de Richard Clayderman. Quién no recuerda su cándida sonrisa, sus ojos azules, su rubia melena, su piano blanco –un piano blanco siempre mola más que una armónica cutre–, sus encantadoras melodías. Este sí que fue luminoso faro de una generación, al menos en España. Los de Renault -Francia siempre avant-garde– ya se han dado cuenta de ello, y espero que los del Príncipe de Asturias no se dejen comer la tostada y pierdan comba.
Las generaciones, todas, precisan de “faros” que iluminen el conocimiento, el arte; el arte que participa del esfuerzo –concepto cada vez más desprestigiado–, de la humanitas, de la ética, del poso perdurable en la intelectualidad humana en cualquier tiempo, de la conciencia, del estudio. Todo lo demás no es arte, no es cultura… es espectáculo. Pero es obvio que la infección se extiende: the show must go on.

Feria de vanidades, 13.06.07

Pues ya ven. Resulta que la semana pasada prometí que hablaría sobre arte del bueno, sobre arte de verdad, y he aquí que en el camino se me ha cruzado algún viaje extraño junto con vivencias turbadoras que me han disuadido –sólo por el momento, por supuesto- de mis intenciones iniciales, básicamente por el peculiar estado en que se hallan mis meninges. De modo que el día de hoy se me antoja de humana banalidad –proclive a la más elevada filosofía o bien al más burdo chascarrillo, según se mire-, y nada mejor para ello que fijarse en ese magno acontecimiento de las letras españolas que es la Feria del Libro de Madrid, y en particular en algunas de sus más mediáticas manifestaciones: la firma, la anhelada y/o detestada firma de ejemplares.
Como es sabido, todo Via Crucis tiene sus estaciones, y las inevitables de la Feria son las casetas en que un autor –un autor venerado (no necesariamente venerable)– se ocupa durante horas en aquello de garabatear las páginas primeras de sus obras con dedicatorias para personas que no conoce. A mí, tímida de natural, las turbamultas en torno a los nombres sagrados de nuestras letras me infunden tanto miedo y respeto como el contacto con la divinidad, así que procuro no acercarme a los corrillos en que lectores devotos e inocentes aguardan su turno de sobacos ilustrados, con su volumen bajo el brazo en espera de la sonrisa y las palabras espirituosas del chamán de turno.
El fenómeno de la firma tiene su enjundia y su proceso, no crean ustedes otra cosa. Cuando el autor es joven –y, si tiene suerte, firma en la Feria de su pequeña ciudad– lo de la caseta y las horas de espera le parece incluso deseable. Seis ejemplares vendidos y firmados al cabo de tres horas -en un entorno un tanto desolado con un par de sillas de plástico- suponen todo un triunfo, y a lo largo de ese tiempo el autor se afana en ser amable con cada lector –aunque a alguno ya lo conoce de sobra– y en preguntarle todos los detalles posibles acerca de su vida y ocupaciones, por reintegrarle de algún modo los diez euros que el curioso acaba de invertir en su novela o poemario. En el caso de los jóvenes que llegan a saltar a la capital, puede ocurrir que les aqueje un primer impulso de rebeldía antisistema; a los que sobreviven a semejante sarampión, el propio sistema los recicla y los integra en su circuito habitual de firmas, “bolos” y demás; al que no sobrevive, la industria literaria se encarga de fagocitarlo y desaparecerlo en menos que canta un gallo. Estos ejemplares supervivientes por obra y gracia de la selección natural devienen cepas altamente resistentes a todo tipo de envites, de forma que prestos se acostumbran incluso a aquello de lo que abominan. No es extraño entonces asistir a conversaciones de escritores “consagrados” –y ya alejados de los tiernos pero arduos e ingenuos años mozos– en que los interfectos admiten que lo de la firma –ahora multitudinaria– no les gusta un figo, pero que hay que tragar, porque la hipoteca del piso caprichoso y las exigencias del mundillo cool –a los intelectuales también nos late el corazón– tienen su INRI. Específicamente su INRI.
Hace sólo un par de días leía en El País algunos pormenores acerca de la “trastienda” de la caseta de firmas de Almudena Grandes, y me quedaba un poquito estupefacta. Decía la bella que tenía una leyenda que repetía en todos sus ejemplares de El corazón helado: “con la esperanza de que te caliente el corazón”. Imprevisible… y muy, muy literario, quién lo duda. También manifestaba la doña que a los lectores que le caían gordos –la grande Almudena hasta se permite tener lectores que le caen gordos, no se lo pierdan– les escribe sólo “Afectuosamente”, como Borges hacía. Lástima que en este asunto las cosas estén invertidas: los ciegos son los lectores y la autora no es precisamente Borges. En fin.
O sea que si se acercan a Madrid y se pasean por la Feria de las Vanidades Literarias, tengan cuidado, no haya algún escritor que les dedique un libro con afecto. Vayan a lo seguro, que es comprar sin preguntar por el autor; hay pocos que valgan más que sus libros, y en este último caso… es obvio que es también mejor no conocerlos.

Astracanadas, 06.06.07

Ya está aquí, ya nos cayó encima, ya estaba tardando demasiado. Su ciclo quinquenal habitual –que es el mismo que el del paludismo, por si no lo saben– ha llegado a su debido término: la nueva astracanada de Damien Hirst, el niño mimado del BritArt desde que Saatchi posara en él sus ojos de caja registradora –aunque luego se acabaran tirando las polveras–, uno de los artistas vivos más enriquecidos del planeta a sus 42 años, está en bandeja. Después de sus fotos con los muertos y el tiburoncito en formol –que, por cierto, se le está descomponiendo al insensato que no dudó en pagar por él 10 millones de dólares–, Hirst nos deleita con una calavera forradita de brillantes que ha llamado Por amor de Dios. Y tanto. Por lo que parece, la calavera, que es auténtica, perteneció en vida a un buen hombre que andaba pululando, ajeno a su estrambótico destino, allá por el siglo XVIII. La obra –que, la verdad, es un rato fea– tiene hasta las muelas empastadas de diamantes, y un pedrusco gordo en plena testa, como si de un cíclope hortera se tratara. Imaginemos a un nuevo Hamlet con el engendro en la mano y preguntando aquello de “comprarla o no comprarla: esa es la cuestión”. Eso sí, de decidirse, el de turno habrá de pagar 72 millones de dólares; alguno picará, seguro. Está claro que algo huele a podrido en ciertos ámbitos del arte contemporáneo. Hirst, que es todo un Midas del estiércol, obtiene con cada expo críticas levitatorias, arrastra consigo un aparato mediático que beneficia a muchos y sin cesar se le sigue incrementando la bolsa. Y todos tan contontos, si me perdonan la errata.

Y por cierto, puesto que hablamos de estiércol, no podemos soslayar la nueva hazaña de Sotheby’s, que lleva la fragante firma de Piero Manzoni: una de sus célebres 90 latas de excrementos propios, debidamente envasados y etiquetados en 1961, acaba de venderse hace escasamente una semana por 124.000 euros. La Tate Modern había pagado 40.000 euros por otra de estas latitas de delicatessen hace algunos años, para escándalo de los contribuyentes, que toleraban mal que se comprara “merda d’artista” (según reza literalmente la etiqueta) con dineros públicos. En cualquier caso, los potenciales interesados deben apresurarse, porque hay noticias de que las latas disponibles son hoy menos de 90: algunas de ellas han estallado –no entraré en detallar las consecuencias derivadas de la explosión de estas conservas de solera–, así que las escasas latas supervivientes adquirirán más valor en el mercado. Algo tendrá la mierda cuando la bendicen.

Otro que viste y calza es Richard Serra, inolvidable autor de aquel montón de escombro arrinconado llamado Splash, que hoy se nos ha puesto literario. Ya saben aquello de Borges, que sostenía que lo que no copiamos de los otros lo copiamos de nosotros mismos. Dicho y hecho: Serra se ha hecho una copia de Equal Parallel, la obra de 38 toneladas “misteriosamente” desaparecida en nuestro Museo Reina Sofía, y la ha plantado en el MoMA. Más chulo que un ocho. El carácter único de la obra de arte es un concepto que hay que deconstruir –esto lo aprovecharía bien Derrida, otro avezado apóstol del vacío–, sobre todo si el concepto nos toca los… bolsillos. Según se apunta, ha sido el Museo Reina Sofía quien, con encomiable sabiduría, ha propuesto al artista la reproducción de la pieza; bien me parece, no podemos dejar que además de los cerebros se nos fuguen de España nuestras obras de arte más insignes. Por otra parte, se comprende que intente evitarse que la execrable manipulación del mercado del arte caiga en manos no autorizadas.
Y entre tanto, Spencer Tunick se ha marcado otra foto con dos mil holandeses en cueros en la ciudad de Amsterdam. No deja de asombrarme que se pueda vivir de esto y sin pegar más palo al agua durante tanto tiempo: quince años desde las primeras tomas en Nueva York, allá por 1992. Qué cosas.

Si para entonces no me he desinflado, a lo mejor les hablo de arte –de arte de verdad– la próxima semana. Menos mal que del otro no entiendo.

Poesía y política, 02.05.07

Está visto que al poeta y recentísimo Cervantes, Antonio Gamoneda, no dejan de crecerle los enanos. Ahora resulta que el lector José Luis Rodríguez Zapatero, más conocido por sus funciones como Presidente del Gobierno de nuestro país, acaba de publicar una carta abierta a Gamoneda en el diario El Mundo. No deja de ser peculiar la elección del específico medio de prensa que ha realizado Zapatero para expresar sus devociones literarias al poeta astur-leonés (tal vez sus desarreglos con los chicos de Polanco tengan algo que ver en la cuestión); pero, en todo caso, lo que ciertamente no deja de ser peculiar es que Zapatero se decante por sacar sus preferencias poéticas y emotivas del oscuro cuarto del que nunca debieron salir, y más aún, exponerlas en pública palestra para suscitar el escarnio no sólo de sí propio, sino también del vate. Porque, si a Electra le sentaba bien el luto, a Gamoneda no le sienta bien el Presidente; qué se le va a hacer.
En su misiva, Zapatero –guardando inteligente distancia con Platón, que expulsó a los poetas de su República– se sube al “Ferrocarril de Matallana” (por cierto, uno de los poemas menos interesantes del espléndido Gamoneda, reescrito además hasta un nivel irreconocible), y tal vez cegado por el hollín espirado por la provecta locomotora, se entrega a una serie de dislates acerca de los leoneses universales y sobre los campesinos viejos y los mineros jóvenes que están hoy –sí, hoy– debatiéndose en el mundo y arrojando al tiempo su luz sobre nuestras conciencias. Dejando a un lado que Zapatero sea de Valladolid y Gamoneda de Oviedo, que los campesinos viejos se encuentran ya retirados precisamente por viejos (y además cobrando pensión digna tras la reforma de Adolfo Suárez en materia de cotización agraria) y que los mineros jóvenes son en realidad jóvenes con contratos basura que conocen la negrura de la mina en forma de cetrina hipoteca, pues no parece que la carta de Zapatero sea ni atinada ni oportuna. ¿Por qué invoca Zapatero a los leoneses en particular por encima de los demás españoles? ¿Por qué insta a quienes ya hemos leído al poeta a hacerlo, como si necesitáramos que en 2007 nos descubrieran las Américas? ¿Por qué se empeña el Presidente en otorgar al Premio Cervantes un tinte político del que cualquier galardón intelectual que se precie debería prescindir? ¿Por qué se necesita derramar la sangre fresca de un intelectual honesto en el altar siempre dudoso del martirologio electoral, para continuar alentando esa empalagosa hagiografía de las dos españas que empieza a salirnos ya a todos de la voluntad?
Es inconcuso que la noticia de la concesión del Cervantes a Gamoneda no fue precisamente bien recibida en los círculos intelectuales más cool. La razón era bastante obvia: en el pulcro mundillo literario, quien no hace méritos por “despacheo” no debe aspirar a comer del pastel del reconocimiento; el premio asignado al “provinciano” Gamoneda –como él mismo se define– supuso la ruptura de esa norma. Para arreglar el desaguisado, los partidarios del poeta se pusieron estupendos y empezaron a investir de cripticismo la escritura gamonediana, como si la oscuridad poética supusiera un indiscutible recurso de autoridad –cuando es evidente que cualquier lector con dos neuronas en funcionamiento puede hacerse con el universo simbólico y las particulares semánticas de los poemas de Gamoneda sin mayor dificultad. Por si al poeta no le bastaba con los enemigos públicos y los exégetas posesos, ahora le sale un presidente. Éramos pocos y parió la abuela.
La poesía y la política nunca se han llevado demasiado bien. Que yo recuerde, el último hombre decente que era a la vez poeta y político se llamó Solón, y después de eso todo han sido confusiones. Tal vez lo mejor sea que cada quien se dedique a lo suyo: Gamoneda a sus poemas y Zapatero… a sus zapatos. Pues eso.

Libertad vigilada, 25.04.07

La aristócrata pintora Tamara de Lempicka viaja por primera vez a España. Su pasaporte, caducado, carece de importancia. De dónde viene, no se sabe; dónde nació (¿Polonia, Rusia?), tampoco, y mucho menos cuándo (¿1898, 1900, 1907?); sobre si amó en su vida a alguien no ha quedado ningún testimonio favorable. En contra sí nos han quedado variados testimonios: de aquellos que vivieron de ella, de quienes en algún momento fueron –o parecieron ser– sus amantes, de quienes le extrajeron algún beneficio o al menos lo intentaron, de quienes se dijeron sus amigos, de su primer marido, de su hija. La única certeza, el único dato no manipulado, es que Tamara murió el 18 de marzo de 1980, y que hoy sus cuadros valen más de dos millones de euros.
Tamara de Lempicka llega a España y no sabe lo que le espera. O sí lo sabe. Es tal vez la misma cantinela que la ha perseguido en cada día de su vida. Cuando decidió huir de la Rusia bolchevique y, al parecer, conceder sus favores sexuales al cónsul sueco en Petrogrado para liberar a su esposo de la cárcel, comenzó a fraguarse la leyenda negra de Tamara. Luego llegó la desidia del marido, que en París prefería permanecer sin trabajar; y las pinturas atrevidas de la esposa –mujeres de cubismo voluptuoso, piel de acero, uñas rojas, rostros helados y magnéticos–, con cuyas ventas comían ambos y que, muy poco después, cuando sobrevino la popularidad, les permitían darse la gran vida. Por aquel entonces llegó también la hija, Kizette, que algo más tarde, como buena vástaga de mujer célebre, sintió la nietzscheana necesidad de “matar” a su madre; y ciertamente lo hizo, con un libro de memorias impropio de los dictados de la sangre y la genética.
Tamara acudía a los cócteles de Europa en traje largo, algo que constituía por razones ¿obvias? un auténtico escándalo. Tamara gustaba de la vida lujosa, aunque siempre abominó de las normas burguesas. Tamara se divorció de su holgazán esposo y se volvió a casar con un barón. Tamara coqueteó con el depredador Gabriele D’Annunzio y le dejó con las ganas y dos palmos de narices. Tamara se retrató en un Bugatti verde y se convirtió en un icono de la feminidad más plena y libre. Tamara ordenó que, una vez muerta, sus cenizas se esparcieran en el cráter del volcán Popocatepetl.
Ahora Tamara de Lempicka está presente en Vigo, en una exposición que, comisariada por Emmanuel Bréon, albergará cuadros, dibujos, fotografías y objetos personales de la artista. El diario La Voz de Galicia la recibe con estas gozosas palabras (me remito al burdo artículo “Noches de droga y sexo”, de 22.04.07): “Este escabroso episodio vital, que empuja a Lempicka a una alcoba que no deseaba [se refiere al asunto con el cónsul], probablemente perturbó su equilibrio mental y explica una biografía excesiva”. Buen comienzo: Lempicka, artista de facultades mentales trastornadas. Pero sigamos leyendo: “Son años [los de París] de cocaína y sexo sin complejos, con hombres y mujeres, de suntuosas fiestas que muchas veces, avanzada la madrugada, llevan a Tamara a los barcos atracados en la orilla del Sena, en donde se entrega a rudos marineros, cabareteras y señoras de la alta sociedad parisina”. ¡¡Dioses!! Qué agotador pêle-mêle. Pero no dejen de apreciar el refinado estilo del redactor que, pleno de elegancia, sabiduría crítica y objetividad, se permite rematar sus dislates –indocumentados y tergiversados– de este modo: “para entonces, su vida social ya había corrompido su arte”. Pues mira qué bien.
Así que ya estamos con la vieja copla: nadie se preocupa de la escatológica vida privada de tantos varones creadores, a cuyo genio no “corrompe” su inmoralidad (me viene a la cabeza Francis Bacon y me muero de la risa) pero… ¡ay de la mujer que se atreva a transgredir la norma de la dulce tejedora! Tamara de Lempicka no debiera tal vez haberse molestado en realizar un viaje semejante a nuestro noroeste. O quizá su exposición sea muestra de lo que realmente tenemos en las manos hoy en día: la liberación, no nos engañemos, sólo virtual de la mujer. Pongamos a la obscena Tamara de Lempicka en libertad bien vigilada. Y por si acaso, no se acerquen: mancha.

Lengua y negocio, 11.04.07

Acaba de decirlo don César Antonio Molina tras el IV Congreso Internacional de la Lengua celebrado en Cartagena de Indias: “Hablar español es un buen negocio”. También ha dicho que pronto seremos quinientos millones los que hablaremos español –el español sólo se puede llamar español sin que nadie se sienta ofendido cuando se sale de los límites de la Península Ibérica– y que nos codearemos de tú a tú con el inglés. Pues mira qué bien. Atentos todos a nuestras cuentas corrientes, que prontito las veremos crecer como la espuma con sólo darle al pico.
Las manifestaciones del Director del Instituto Cervantes, amén de ingenuas y autocomplacientes, pecan de dos de las mayores insensateces que se pueden sostener en estos tiempos sobre el español: una, que cuantos más millones de hispanohablantes seamos más guapos nos volveremos –o sea, la vieja confusión entre cantidad y calidad–; dos, que en ese fastuoso milagro de los panes y los peces –en eso estamos aquí todas las semanas– no sólo nos vamos a llenar los bolsillos –dudoso termómetro del acervo cultural: la aún más vieja confusión machadiana entre valor y precio–, sino que además vamos a dejar a los ingleses –que “por casualidad” han acaparado la lengua tecnológica y científica: esto es, la que da pasta–, en pañales. Me daría la risa si no fuese que, parafraseando al latino, me vence el llanto.
La verdad es que es una pena que se nos siga engañando como a chinos. O mejor, como a hispanos. Y ya que menciono a los chinos, fijémonos en que el chino duplica en número de hablantes al español, con lo que los asiáticos pronto estarán ganando, según los parámetros del amigo César Antonio, el doble que nosotros. Qué rabia. Y encima sin gastarse ni un yuan en ostentosos congresos internacionales… Pensarán ustedes que qué manía tiene una de criticarlo todo, pero es que cuando se calcula la cantidad de millones que tienen que haber circulado en Cartagena de Indias en dietas, desplazamientos y jabonosas pompas varias –algo que no se ha difundido mucho es el “megaconcierto” con que Shakira y otros ilustres emisarios ilustrados, ¡con protección oficial de trece soldados armados!, amenizaron a las vetustas cabezas pensantes de nuestra lengua–, se me ocurre que el español sí que es rentable, pero sólo para unos pocos. Aunque luego, para justificar la hazaña, nos vengan contando la milonga de que todos nos vamos a forrar. Cuando el festejo estaba en vísperas de comenzar, un buen amigo mío, novelista por más señas –Alejandro Gándara–, se refirió a “la cosa” usando la expresión “congresos con lengua”: expresión plena de mala leche y obscenidad, también de acierto.
El español en España, como al principio decía, es una entelequia, un herpes, una calentura que les entra a los apóstoles del asunto cuando hay que sacar subvenciones o costearse un viaje de postín. El español en España es castellano pelado, y si ya no podemos ni siquiera decir Lérida, sino Lleida, si nos avergonzamos de llamar a las cosas por su nombre, si nos privamos de apelar a nuestra lengua con el calificativo que legítimamente le pertenece y la define, ya me contarán ustedes cómo van a incrementarse nuestras exiguas ganancias de hispanohablantes demediados. Todo esto es puro ‘marketing’ –horrible vocablo que figura, por cierto, en el DRAE– de la especie más burda; o por emplear una palabra española que se le parece pero que no designa lo mismo sino algo peor: todo este tinglado se queda en mero ‘mercadeo’ con materias que debieran inspirarnos más respeto. Pero el dinero es el dinero, y la imagen es la imagen, y uno y otra suelen ir, desgraciadamente, unidos.
Y luego está el Instituto Cervantes, pulcro vigía de los intereses de la lengua, con sus designaciones dedocráticas –los próceres del español mudan con las vicisitudes políticas: curioso maridaje– y sus contrataciones precarias en un altísimo porcentaje de sus “empleados”. Pero mejor dejarlo aquí, que estamos en semana de Pascua y no de Apocalipsis
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Gallegos jasp, 04.04.07

Tontos y tartamudos. Según el Diccionario de la Real Academia Española, las acepciones de ‘gallego’ que se emplean en Costa Rica y El Salvador respectivamente son la de ‘tonto’ y ‘tartamudo’. Los políticos, siempre preocupados por nuestro bienestar lingüístico –mejor sería que bajaran el precio del café con leche o que nos subieran los sueldos a tono con Europa–, han decidido llevar la cuestión al Parlamento. En este caso, los del BNG piden la retirada de tales acepciones del Diccionario. La política de día en día “interpreta” –peligrosa palabra en boca de un político– que sus competencias son cada vez más amplias, alcanzando incluso la pretensión de indicar a los hablantes cómo deben o no emplear la lengua. Y así, contrariando todo consejo, el criterio político prevaleció a la hora de dar nombre a la Ley de la Violencia “de Género” (¿?), prevaleció a la hora de utilizar sin desmayo y con notorio mal gusto el “os/as” y quiere prevalecer en su imposición de que los gallegos no sean tontos ni tartamudos en Costa Rica y El Salvador. Esto ya parece más difícil: a ver cómo se lo montan, porque lo que es quitar, lo podrán quitar del DRAE, pero me temo que los costarricenses y salvadoreños van a pasar olímpicamente de los políticos del BNG y seguirán hablando como les dé la gana (por otra parte, en el Diccionario Universal Portugués, ‘gallego’ significa ‘ordinario’ o ‘grosero’, y ahí el BNG no pinta nada). De todo esto se deduce que tenemos una Academia Española de la Lengua que se supone que debe encargarse de las cuestiones lingüísticas pero que, sin embargo, no resulta debidamente “jasp” –jóvenes ya sabemos que no son los académicos, pero empieza a cuestionarse que se hallen suficientemente preparados–. La RAE empieza a parecerse a los consejos de ancianos de las antiguas civilizaciones en decadencia, que se mantenían por aquello de la cortesía pero que en la práctica política ni pinchaban ni cortaban.
En cualquier caso, no es de extrañar que mis pobres gallegos se quejen, que piensen que existe un pérfido complot contra ellos. El lunes abro, entre otros, El País y me encuentro con un titular en la páginas de Cultura: “Eduardo Lago gana el Premio de la Crítica por Llámame Brooklyn”. Hasta donde conozco en materia de cultura, tengo constancia de que “el Premio Nacional de la Crítica” es en realidad “los Premios Nacionales de la Crítica”, es decir, Premio de Narrativa y Premio de Poesía. Si me dejo llevar por la intuición, deduzco que el premiado Eduardo Lago –escritor de dilatada trayectoria– lo ha sido en la modalidad de Narrativa; como me falta la mitad del cuadro, empiezo a leer y ahí se encuentra, agazapada, la premiada de Poesía: Julia Uceda, sevillana de origen pero ferrolana de adopción. En realidad, yo ya sabía lo de Uceda –y lo de Lago– incluso un poco antes de ayer y por otras vías, pero a lo que aquí voy es a que la poesía sigue sin tener glamour. Lago vende y Uceda no, Lago merece titular y Uceda con redonda pequeñita va que arde. Eso le pasa por ser poeta y vivir en Galicia; y, para colmo, el libro premiado se llama Zona desconocida: ¿qué pretende, entonces? (Otra cosa aún es que El País no haya dicho nada de nada de los Premios de la Crítica hasta hoy, cuando debiera haberlo anunciado, y con más fasto, ayer, pero esto es también otra historia, y no quiero irme más por las ramas, que bastante me estoy yendo ya).
Decía, pues, que Julia Uceda, Premio Nacional de Poesía en 2003, fundadora del Esquío, poeta de la ética y de la preocupación lingüística ya desde su libro primero, Mariposa en cenizas (1959) hasta este último Zona desconocida (2006) –título que toma de Internet–, tampoco es chica jasp para las páginas de El País. ¿Qué deberíamos pensar? Sobre Galicia, la lengua y la mujer, seguro que nadie mejor que el Parlamento nos puede dar la solución.