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Castelares, 01.07.08

Como es sabido, Emilio Castelar y Ripoll, reconocida gloria de la elocuencia política, era de Cádiz. Tan reconocida e indiscutida fue su gloria que allá por 1869 se acordó bautizar con su nombre a la plaza en que se encontraba su casa natal. En 1904 se decidió colocar una lápida conmemorativa de la efeméride precisamente en la entrada de la casa –el portal número 1–, para que las generaciones venideras no olvidaran el genio verbal y parlamentario de su paisano Castelar. Dos años más tarde, se encargó a Eduardo Barrón un monumento dedicado a don Emilio, y ese monumento aún pervive, presidiendo la misma plaza, aunque su denominación actual es la de Candelaria.
Así hemos recorrido un largo éxodo, peor aún que el bíblico –por no hablar del interminable de Otto Preminger– sin otra figura política digna de suceder al eximio Castelar. Pero he aquí que por fin la misericordia divina se ha apiadado de este pobre pueblo elegido, y ha concedido un relevo, una voz que habrá de perdurar en los corazones de los gaditanos durante décadas. Me atrevo a sugerir a nuestros gestores municipales la formación de una comisión de urgencia para designar una avenida con el nombre de Bibiana Aído. Se me ocurre, tal vez, que puede modificarse el nombre de la Avenida de Gómez Ulla, que además es vía universitaria, a tono, pues, con el perfil de cualquier miembra congresual de pro. Se me ocurre también que nuestra cálida Facultad de Letras puede ser transformada en una biblioteca para mujeres y mujeras, con un anexo incorporado a modo de vestuario, en el que aquellas descarriadas que no cumplan con los patrones y patronas de la moda occidental puedan reconvertirse al new style del particular Vogue ministerial. Se me ocurre la colocación de un monumento en forma de gran boca oratoria frente al pájaro constitucional. Se me ocurren en realidad muchas cosas, todas ellas nunca vistas e increíbles –como las llamas de Orión en Blade Runner–, pero ya entiendo que estos asuntos deben dejarse en las meninges sabias, en las meninges de quienes gozan de una logorrea que no se la salta un gitano –o gitana–. Así que a callar y a seguir esperando. Si nadie lo remedia, el espectáculo sólo acaba de empezar.

Incentivos, 01.06.08

El asunto de los incentivos cuenta por estos lares con vistoso pedigrí. Los incentivos –espléndido eufemismo– existen desde tiempo inmemorial para conducir a las ovejas descarriadas al redil. Si son determinados ciudadanos quienes quieren obtener ciertas prebendas o resultados a cambio de favores o dineros, entonces la cosa se denomina soborno o corrupción, en sus diferentes modalidades y motivaciones. Por el contrario, si la misma actividad se ejerce desde cualquier Institución de esas que en España se escriben con mayúscula, entonces se habla de incentivos que constituyen un acicate para estimular el buen comportamiento de los ciudadanos. Por si alguien no distingue con claridad la diferencia, pondremos un ejemplo elemental, como de Barrio Sésamo: si papá le lleva al profe de latín un jamón para que apruebe a su niño, se trata evidentemente de soborno; cutre, pero soborno. Si en cambio es la Consejería de Educación la que ofrece a los profes 7000 euros por aprobar alumnos a pasto, entonces se trata de incentivo. Qué bien se explica Coco.
Por si alguien lo desconocía, ya hace años que existe en la Universidad un mecanismo que regula el número mínimo de aprobados por año académico. En cada Comunidad Autónoma hay ligeras variaciones en la aplicación de esta norma, pero en síntesis se trata de demostrar a los ojos de los europeos, siempre desconfiados, que los universitarios españoles son la caraba. Eso sí, al tiempo se regula la concesión de matrículas de honor, que no deben exceder de una o dos por curso, pues eso es menos dinerito que se ingresa en las arcas de nuestra Madre Nutricia. Así que la Consejería de Educación de Andalucía, que se conoce al dedillo lo que “mola” el sistema universitario, y que todavía está escocida por las orejas de burro que le colocó al alumnado andaluz el Informe PISA, consciente además de que el profesorado de Enseñanzas Medias es un poco díscolo porque lo tienen más achicharrado que a un ninot en la Nit de la Cremá, se acuerda del chollo de los incentivos y piensa: si les soltamos dinero a estos pardillos solucionamos velis nolis el analfabetismo de las aulas y cosechamos estómagos agradecidos. Como sigamos por esta vereda, no tardaremos en volver a los tiempos de las delaciones; perfectamente legales e incentivadas, por supuesto.
(En Cataluña ya han empezado, por cierto, a incentivar a los infantes las delaciones de los profes que no parlan catalá).

Pájaros urbanos, 12.05.08

El proceso de construcción de las ciudades es uno de los temas más fascinantes que pueden salirle al paso a un arquitecto, economista, historiador o sociólogo. De modo similar a una lengua, o a cualquier otro organismo vivo, la ciudad crece como producto de decisiones humanas –erróneas unas, brillantes otras– y también de condicionantes culturales que van trazando sus formas y que hacen que Karlovy-Vary, Chicago o Cádiz nos presenten caras por fortuna tan distintas.
En estos días se nos echan encima cambios importantes que habrán de alterar la cara de nuestra ciudad, y no precisamente para bien. A algún cráneo privilegiado se le ha metido en la mollera que hay que echar abajo el edificio de Náutica, en una decisión carente del sentido histórico y cultural más evidente. Por aquí semos así. Pero no sólo en eso. Si algo particulariza a las ciudades españolas respecto a las europeas es el odio a la vegetación. El Englischer Garten muniqués, por citar un ejemplo señero, es en España impensable. La fobia a plantas y árboles la demuestran ya los propios ciudadanos con sus actos vandálicos, pero en el caso de los políticos la acción es aún más devastadora: la aversión al verde se traduce en la tala indiscriminada de ejemplares valiosos, en la sustitución de parques por hormigón (más rentable para los bolsillos personales) y en la resistencia manifiesta a proyectar cualquier pulmón dentro de los límites urbanos, por no hablar del abandono que se inflige a los precarios espacios verdes existentes. En Cádiz, el Parque Genovés y los jardines de la Alameda son ejemplo vergonzante de una desidia que debiera abochornarnos cada vez que un turista pone aquí las plantas. Pero no, no hay miedo, que tenemos bien adiestrado el incivismo.
Parte de la configuración de la ciudad son también sus monumentos, quién lo duda. En esta semana, la inauguración del pájaro constitucional con garras dictatoriales (hay que ver qué uñas, por Dios, dan miedo) ha proporcionado buena muestra del desprecio ecológico de nuestros políticos: se arranca para ello un hermoso ficus cuando se supone que el hábitat natural de cualquier pájaro es un árbol. Pero en España los pájaros viven en las instituciones o en los páramos; tal vez por eso todos ellos necesiten de urgente manicura.

Aquí un detalle de las zarpas del monstruo de Frankenstein: garras de buitre, muslos correosos de pollo viejo, cuerpo de huevera y cola-escalera de Jacob. Vean, vean...


Educación, 02.05.08

Qué difícil es delimitar el ámbito preciso de la educación. En estos días en que asistimos a la penosa batalla (ya sentencia) legal acerca de dónde clavar los postes de la valla, cabe preguntarse por qué continúa siendo la educación un arma arrojadiza y, sobre todo, un instrumento de manipulación de las conciencias con vistas a la formación de ciudadanos que ejecuten órdenes transmitidas a través de un chip instalado allá por donde Descartes situaba la glándula pineal, esa minúscula cosita que ponía en relación el alma con el cuerpo.
Con independencia de que estemos más o menos acordes con la redacción concreta de los textos que integran la polémica asignatura de Educación para la Ciudadanía, lo que debe hacernos reflexionar es la base ¿jurídica? sobre la que se sustenta la sentencia con que el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía anula determinados contenidos de la asignatura en cuestión: y es que parece ser que plantear el respeto entre hombres y mujeres e intentar educar a los jóvenes en ese ideario obvio “invade la ética, el derecho y la moral”, aparte de suponer una vulneración de la “neutralidad obligada del Estado”. Mientras leo en la prensa estas descabelladas elucubraciones del TSJA, y a punto de caer en la tentación (irresistible, es cierto) de creer que la oligofrenia se ha apoderado de algunos de sus miembros, me pregunto por qué hay jueces que sistemáticamente se pasan por las corvas nuestra ley de leyes, esto es, la Constitución Española, con la mayor de las impunidades. El artículo 27.2 de la CE afirma que “la educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales”, artículo que, al parecer, nuestros sesudos jueces ignoran.
Apelar al supuesto derecho de los padres a educar a sus hijos en exclusiva dentro del ámbito doméstico (¿a la manera de Josef Fritzl, por ejemplo?) es una pretensión peligrosa, además de una entelequia en el sistema en que vivimos; por algo firmamos ya hace algunos siglos un Contrato Social con aceptación de áreas comunes y separación de poderes… aunque hace tanto de esto que algunos –en especial nuestros jueces– ya no lo recuerdan.

Agujeros y leontinas, 20.04.08

La (mala) fama atribuye a los españoles el vicio de la impuntualidad. Llegamos tarde a las citas y al trabajo, no cumplimos como Dios manda un horario. Sin embargo, hay en nuestro país excepciones para el orgullo, capaces de desmontar tal tópico ante el mundo y, sobre todo, ante nosotros mismos –en definitiva es lo que importa–. Y para quien no se lo crea, dos ejemplos que le fundirían los plomos al más maledicente: la Navidad… y el Doce. Siempre me he preguntado cómo es posible –y soportable- que la orgía de turrones y luces navideñas nos machaque sin piedad las meninges desde el mismísimo octubre con pertinacia y premura sorprendentes. La Navidad llega a España mucho antes que a cualquier otro lugar del planeta, cuando ni siquiera los Reyes han ensillado los camellos. Pero lo del Doce… ha batido su propia marca. Porque según mi calendario, aunque faltan aún cuatro años para la cosa –dejando a un lado la deseable antelación que evite las chapuzas, otro de nuestros pecadillos nacionales–, la publicidad empieza ya a bombardearnos implacablemente; tanto es así que el fervor propagandístico no se ha detenido siquiera ante los edificios oficialmente declarados como patrimonio protegido o bienes de interés cultural, que se han visto agujereados como quesos vulgares con no otro afán –imagino– que el de prevenir nuestro olvido.
De modo que unas cuantas banderolas conmemorativas del Bicentenario ondean ya hace semanas en nuestra memoria y en nuestro casco histórico, aunque nos dicen que se van a retirar rápidamente, ante la polémica suscitada por el deterioro infligido al patrimonio de la ciudad. Más vale que no trascienda el nombre del operario de gatillo fácil que, entusiasta del Black&Decker, ha taladrado medio Cádiz, porque a lo peor le dan garrote al más puro estilo XIX; un cabeza de turco siempre alivia los problemas. Más absurdo parece el anuncio simultáneo de que en el verano van a volver a colocar los cartelillos: ¿aprovecharán los mismos agujeros o harán otros?
En cualquier caso, lo más chusco es que pensando en 2012 no reparamos en lo que pasa en 2008. No afirmaré que sea ese el malévolo propósito de la campaña pero entre tanto, como hace poco dijera Quignard… quién sabe lo que en el día de hoy nos deparará el futuro.

Ventanas, 12.04.08

Hace dos días, en Menorca, una mujer saltaba al vacío desde la ventana de un tercer piso empujada por el terror a su pareja. Pocas imágenes más gráficas que esta. Sabemos cotidianamente de asesinatos y golpes, de vejaciones físicas y psíquicas con que muchas mujeres arrostran un simulacro de vida que se asemeja en realidad mucho más a la muerte. Pero esa mujer de 26 años, por supuesto no más víctima que el resto de sus compañeras de horror, se me antoja en su caída el símbolo que debiera sublevarnos ante un tema al que no se concede aún la debida importancia: el terrorismo doméstico.
La mujer de Menorca no ha sido la única. En lo que va de año, se han arrojado por la ventana sendas mujeres en Valencia, Oviedo, Zaragoza y Málaga; todas ellas prefiriendo la muerte al maltrato. Esas cinco víctimas claman contra quienes piensan que este tema cansa, contra quienes creen que estas mujeres tienen lo que se buscan, contra quienes piensan que denunciar a los hombres es acosarlos, contra los machitos que se hacen las víctimas ante meras desavenencias de pareja, contra los jueces cavernarios que obstaculizan la Ley contra la Violencia de Género para que las malas bestias sigan campando por sus fueros.
Javier Arenas anuncia que su grupo presentará una propuesta de seguridad personalizada para mujeres maltratadas. Bien parece, aunque sería idóneo que tales proyectos no adquirieran tinte político, sino que sirvieran para hacer frente común contra una lacra deleznable. Es probable que la propuesta se frustre en una ciega colisión de partidos como la que nos abochorna en otros ámbitos, por no hablar de las voces que ya se han levantado contra los gastos que ocasionarían tales medidas; como si en esta España nuestra no se dilapidaran recursos en fastos y estupideces vergonzantes. Nuestros representantes prefieren meterse el dedo en el ojo en lugar de buscar soluciones en conjunto para los problemas que nos acucian. Así semos.
Mientras sigan arrojándose mujeres por las ventanas no deben cesar las protestas, las medidas legales, el escándalo social, el diálogo político. No mientras las ventanas sigan siendo la única esperanza para tantas mujeres de descansar en paz, aun a costa de dejarse el cuerpo hecho pedazos en el suelo.

Sahara, 06.04.08

Hace poco más de un mes, el 27 de febrero de 1976, se cumplió el 32 aniversario de la proclamación de la República Árabe Saharaui Democrática en un territorio que, de algún modo, sigue bajo la responsabilidad ética de España, por más que España se pase por las corvas toda ética. Desde hace ya 32 años se alienta la indigencia del pueblo saharaui con absoluto desparpajo, desde todos y cada uno de los gobiernos de España que han venido sucediéndose desde aquel postrer estertor franquista por el que se confinó a los saharauis en la más descarnada hostilidad del desierto del Sahara, la Hamada argelina. Por lo demás, es sabido –aunque internacionalmente se mire hacia otro sitio– que los saharauis son represaliados por la policía marroquí en las ciudades ocupadas del Sahara Occidental mientras el Gobierno Español no se acaba de animar a cumplir con lo estipulado por el Derecho Internacional en materia de descolonización, algo que bien se reclama para otros Estados de reconocido peso específico… y económico –verbigracia, el israelí. Para rematar la oprobiosa situación, la comunidad internacional viene sometiendo a los refugiados en los campos de Tinduf a todo tipo de privaciones, incluyendo las alimenticias básicas: los envíos con ayuda humanitaria disminuyen porque quienes duermen en hoteles de cinco estrellas y tragan a todo papo y elucubran sin recato en los foros al efecto creen que es más sano en el desierto un ligero picoteo que una copiosa comilona, aparte de que, como pude leerle a un observador bien enterado en estos temas –mi amigo F. Llorente–, alguna “luminaria” ha decidido que son 96.000 los saharauis refugiados en los campos, en lugar de los casi 200.000 reales. Dividir los recursos a la mitad estimula el espíritu solidario y el sentido de la continencia, quién lo duda.
En semejante clima de abusos, leemos que un centenar de saharauis guardan ordenada cola –no pierdan este esclarecedor detalle– ante la Oficina de Extranjería de Cádiz para pedir la nacionalidad española, apelando a la existencia real de antepasados, en algunos casos muy cercanos –padres, abuelos– que eran españoles antes de que España abandonara al Sahara a su suerte. La Subdelegación de Gobierno califica de “absurda ficción” la pretensión de estos saharauis y se queda tan campante, mientras en este país no se duda en meter a espuertas a todo el que lo solicite, venga de donde venga. La ley para la obtención de la nacionalidad española es muy clara al respecto: todos los extranjeros nacidos fuera de España pero de padre, madre, abuelo o abuela españoles de origen, pueden solicitar la nacionalidad con un año de residencia legal. Qué estrictas son las leyes para algunos, qué laxas para otros. Y qué poca la vergüenza histórica, ahora que la memoria ídem está tan de moda.

La Filmoteca y su circunstancia, 14.03.08

Parece ser que al fin se reanuda la actividad de la Filmoteca de Cantabria en la última semana de marzo, después de diez meses de silencio y cierre. La causa de la suspensión de la programación en un espacio cultural que contaba con una notable acogida entre el público de Santander fue en apariencia insustancial… o no tanto: la sala en cuestión no contaba –inexplicablemente, dado el carácter de las instituciones implicadas– con la debida licencia municipal de apertura y autorización para la actividad desempeñada. Tiene guasa que las instituciones oficiales se pasen por el arco de triunfo una normativa que se exige con rigor a todo establecimiento de nueva creación. El caso es que, para más inri, la supuestamente grave ausencia de esta preceptiva autorización no impidió el funcionamiento de la sala desde 2001 a 2005, en que las denuncias de los vecinos de las inmediaciones por causa del ruido acarrearon la apertura por el Consistorio de un expediente de tramitación de la licencia de marras, que implicaba la consiguiente necesidad de remodelar la sala. El Gobierno entonces se pone estupendo y se niega a cumplir tales exigencias, aduciendo en los tribunales indefensión ante el Consistorio. Mejor no imaginárselo. Todavía después de todo esto, y en mitad de tan ridículo partido de ping-pong, la sala siguió funcionando en precarias e ilegales condiciones, hasta que en junio de 2007 se cierra. En resumen: hemos asistido a una desavenencia jurídica que en realidad más bien parecía encubrir un penoso y surrealista enfrentamiento entre instituciones de diferente color político, a la par que una chapuza de singular calibre de esas a las que por estos lares ya estamos más que acostumbrados.
Los grandes perdedores de todo este asunto han sido, como siempre, los de a pie. Sin contar con los innecesarios y desproporcionados gastos que ha generado para el bolsillo de los ciudadanos este complejo y absurdo proceso de “tocamientos” y malentendidos (el dinero de nuestros impuestos también parece ser, como nuestra amada Cantabria, infinito), los asistentes habituales a la Filmoteca se han visto privados durante diez meses de un atractivo servicio cultural por la mala cabeza de los gestores implicados, menos interesados en la iniciativa en cuestión que en la foto de prensa correspondiente: así nos luce el pelo en este país –por no decir en esta región, no vaya a pensarse que personalizo–. Y es que para este servicio cultural, que no sólo acogía cine, sino también producciones escénicas y algún que otro concierto, en ningún momento se ha buscado un espacio alternativo que pudiera servir de “sustituto” provisional con el mismo espíritu y de manera sostenida mientras se desfazía el entuerto. Todavía ahora estamos temerosos, aguardando que se abra la caja de Pandora y se desperdigue alguna otra calamidad en la rueda de prensa que próximamente se nos avecina.
Por otra parte, es de esperar que la programación resulte más encauzada y selecta que en los últimos tiempos previos al cierre, en que, salvo excepciones, lo que dominaba era un pêle-mêle insoportable de ciclos difusos y mezclados sin venir a cuento, proyecciones dispersas y una poco edificante reincidencia en títulos no siempre afortunados que habían pasado por las salas comerciales en la quincena anterior. Una filmoteca no debe ser un local crematísticamente rentable sino un servicio cívico inteligente, de modo que ojalá con la calma de las aguas retorne el buen gusto a un espacio que, durante un periodo de su existencia, aportó pasajes de auténtico interés a la cultura cinematográfica de esta ciudad.

Prácticas de riesgo, 05.03.08

Hace unos días se paseaba por Santander el escritor Álvaro Pombo, haciendo gala de su reciente condición de candidato en el seno de las filas de ese nuevo partido cuyas siglas son UPD. El novelista venía al Paraninfo de la Universidad de Cantabria a presentar su propuesta a los santanderinos, al tiempo que, en una de sus ya habituales “astracanadas” –es un decir–, afirmaba contundente que esperaba no salir elegido, dado que lo suyo no era la política. No deja de sorprender semejante aseveración en el número uno de la lista de UPD para el Senado. ¿Tan poca fe deposita el señor Pombo en las huestes de su partido, que opina que ni siquiera encabezándolas con su preclaro verbo obtendrán un resultado decente? ¿Qué significa en realidad para don Álvaro la posibilidad de la experiencia senatorial? Aquí sólo caben dos posibilidades: o el bueno de Pombo está documentándose “de tapadillo” para una nueva novela ambientada en las mansardas del madrileño Palacio de Montalbán –qué horror– o bien se está cubriendo las espaldas por si acaso, que lo de ser político en estos tiempos es práctica de alto voltaje; como mínimo, te arriesgas a que un paisano tuyo –Eduardo Noriega, por ejemplo– quiera matarte en un lugar tan grotesco (para estos menesteres, se entiende) como la bella Plaza Mayor de Salamanca… o junto a nuestra nunca bien ponderada Grúa de Piedra, por aquello de introducir una exótica variante local.
Después de todo, tal vez se trate, simplemente, de que lo que ahora está de moda es dedicarse a cualquier cosa menos a lo que se supone que uno se tiene que dedicar. Porque no se dirá que no asusta esta tendencia ultimísima de las Universidades –la de Cantabria no es una excepción– a meter con calzador la política en su entorno, cuando lo estrictamente esperable de la Universidad, como buena alma mater que se le ha otorgado ser, parece la adecuada nutrición espiritual de sus alumnos lactantes… La Universidad se entrega, en cambio, a facilitar la propaganda natural perseguida por los aspirantes al control de la res publica, en la misma medida en que los novelistas se dedican a encabezar listas políticas que les importan "un figo" –en palabras de Berceo–. Al fin y al cabo, en un mundo en mutación perpetua en el que hasta los filósofos más vetustos a la par que reputados se ocupan en detallar sus multilingües experiencias en el catre como si tal cosa (al amigo George Steiner le han aconsejado pésimamente su editor o sus decrépitas hormonas), ya no pinta feo ir de rebajas, incluso en los almacenes de lo intelectual. La cuestión es reciclarse a cualquier precio, incluso siendo este precio más moral que crematístico. La mezcolanza de política y cultura, tabú sagrado donde los hubiere, amén de práctica de riesgo ético por los siglos de los siglos, ha dejado paso a un amigable intercambio de fluidos que no sólo no está mal visto sino que hasta se antoja plausible. Cosas de la contemporaneidad.

Las vergüenzas de la Nacional, 05.09.07

Parece que la más nacional de nuestras bibliotecas patrias se ha empeñado en mostrarnos sus vergüenzas y surtirnos con chascarrillos constantes acerca de sus deshonrosas menudencias. La verdad es que todo comenzó, como siempre las cosas, por el principio: en el principio no era el verbo, sino la rosa; quiero decir –no nos metamos en jardines–, la rosa Regàs. Con el ominoso nombramiento se inició un periodo aún más siniestro de nuestra digna institución, que se sumaba a su proverbial y ya clásico –en España estos asuntos suelen ser un clásico– mal funcionamiento. De modo que a los obstáculos para el préstamo y disfrute (carné y sólo un folio y un lápiz), los precios abusivos de fotocopiado y microfilmación, la arbitrariedad en la reproducción de ejemplares (si ibas por la mañana te decían que no, si volvías por la tarde te decían que sí), se añadió la turbia personalidad de una directora que mejor hubiera hecho quedándose en casa escribiendo… a poder ser, por favor, sin trascender la más estricta intimidad.
Doña Rosa no tardó en dar la primera campanada intentando retirar la estatua de Don Marcelino Menéndez Pelayo de su emplazamiento habitual en el vestíbulo bibliotecario. Doña Rosa, insigne autora de Luna lunera, se sentía molesta con la presencia del rancio don Marcelino, a pesar de que en el fondo le caía bien porque había escrito “aquello de los Heterodoxos”; había que desratizar, pues, el vestíbulo, que ya se había encargado la interfecta de atornillar unas placas doradas pero discretitas con los nombres de unos republicanos que por allí pasaron. Por si estos dislates no eran suficientes, la egregia directora entusiasta de la III República –no sé por qué no se me arregla llamarle escritora– nos ha ilustrado repetidamente con delicados brotes de su arriate intelectual, tales como afirmar que la democracia inglesa lleva funcionando 800 años (¡¡!!). También de su refinado intelecto han surgido caras y ridículas iniciativas como “Don Quijote hip hop”, cuando necesidades más prioritarias de la Biblioteca han sido desatendidas por supuesta carencia presupuestaria (mejor no hablar de las conferencias de amigos con post-cena en Nicolás pagada por el españolito y las tres secretarias y los cinco chóferes). Y sin embargo, no contenta aún, la superdirectora –“no la toques ya más, que así es la rosa”– se va dejando buen sabor de boca: unos valiosos mapamundis robados de unos incunables prestados al tuntún y varios ejemplares a los que –ahora empiezan a percatarse– se les han arrancado las hojas. Eso sí, la web de la Biblioteca reza en su cabecera: “Custodiamos todos los libros”. Menuda broma. Así que no se entiende que el nuevo ministro-orquesta de cultura, César Antonio Molina, diga que Rosa Pedrisco no ha hecho nada en estos años: vive Dios que ha hecho, y si no la defenestra a tiempo… la Nacional acaba como la de Alejandría, tirando humo y llenando de carbonilla las mesas del Gijón.
Estas zarandajas de nuestro amado país siempre acaban conduciendo a la misma reflexión: ¿a quién debe encomendarse la gestión de determinadas instituciones, esencialmente de las relacionadas con el patrimonio cultural? ¿quién debe ser, por otra parte, el que designe los altos cargos de estas instituciones? Sin duda resulta lamentable que los puestos institucionales de dirección se hayan convertido en recompensa que los políticos en ejercicio arrojan a sus perros más fieles y de lengua más pastosa. Tiene su lógica que un ordenanza tenga que prepararse un temario de oposiciones para abrir y cerrar una puerta y que un director de no-sé-qué-tinglado pueda ser el más burro de la clase, ¿acaso no? A ello se suma la ya añosa polémica entre la gestión y la intelectualidad: los “gestores” –habitualmente economistas– se empeñan en tratar los recursos patrimoniales como chorizos al por mayor, porque no aprecian la diferencia entre un incunable y un pedazo de chatarra –salvo que la chatarra se vende mejor–. En el polo opuesto, los “intelectuales” –dejando a un lado que en este siglo no existen, porque los pocos que había se están muriendo– carecen en ocasiones de la formación específica para afrontar las obligaciones de unos cargos que conllevan múltiples implicaciones (ser un infraescritor o un pesebrero no faculta para dirigir una biblioteca or whatever, por más que haya quien piense lo contrario). Si a ello añadimos la escasa consideración que puede alcanzar el patrimonio cultural en un país donde se tira a las cabras desde los campanarios mientras algún que otro político jalea… pues ya tenemos el puzzle completo.
Entre tanto, lo de siempre. Las bibliotecas extranjeras –no digamos las norteamericanas– nos dejan en pañales en lo que respecta a calidad de custodia, digitalización y préstamo. Pero aquí todos tan contentos, porque Spain is different y en eso radica nuestro encanto. Así que si alguien tiene echado el ojo a la editio princeps del Quijote, que se anime y trinque: ningún director “jasp” le va a salir al paso
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Elocuencia y política, 18.07.07

En su excelente tratado Orator exponía Cicerón los distintos estilos en que al hombre político le cabía dirigirse a su auditorio. Cicerón distinguía básicamente tres modalidades de elocuencia, dando por hecho que el político era elocuente en cualquiera de sus formas –no nos sorprendamos: es obvio que Cicerón murió hace ya varios siglos–; a saber: el aticismo o estilo sencillo (que se correspondería con una exposición precisa y tendente a asuntos de escaso vuelo), el asianismo o estilo elevado (que recurre al alambicamiento de los recursos y puede aturdir al público en su exceso) y el estilo intermedio o moderado (alejado de los peligros de los dos anteriores, aunque apto sólo para asuntos de importancia media). Aparte de la teoría de los tres estilos, señala Cicerón cuál era la “escenografía” esencial de un buen discurso (inventio, dispositio, elocutio, memoria y actio) y así mismo su estructura más perfecta (exordio, narratio, divisio, confirmatio, recapitulatio y perorata).
Con gusto me extendería mucho más sobre este lindo tratadito de oratoria, cuya enjundia es indudable, pero es desgracia obligada limitarse a recomendar encarecidamente su lectura y ocuparse de otros menesteres. Extrañará tal vez a los lectores la digresión ciceroniana, pero estamos en días de renovación de carteras ministeriales, de tomas de posesión, de reconfiguración de gobiernos estatales y regionales, y resulta inevitable pensar en el de Arpino cuando la elocuencia de nuestra clase política se ha desplegado con absoluta lozanía, para disfrute del arte que, agazapado en nuestras almas, aguarda la mano de nieve que sepa acariciarlo. Veamos si, como en el juego de la rana, somos capaces de encajar algunas muestras en el estilo discursivo correspondiente.
No se dirá que no respira un aticismo impecable y absoluto en la irrefutable sentencia de Jordi Sevilla: “Para ser ministro, sólo hace falta que te nombren. Para dejar de serlo, sólo hace falta que te cesen”. Sorprendente. Sí señor. Fascinante la transparencia de este aserto en que brilla sobre todo la inventio.
Por el contrario, muestra evidente de asianismo es la imagen de María Antonia Trujillo, cuando afirma que Zapatero “me entregó una carta de navegación, aunque empecé sin barco y” –esto es peor– “sin astillero para construirlo. En la travesía encontré piratas, corsarios y bárbaros que han estado siempre ahí”. Vaya por Dios. Curiosa versión de la Isla de los Famosos. ¿Habría también mosquitos tigre? Y acaba la interfecta citando un poema de Santiago Castelo, La casa que tenía empedrado el suelo: ?? Aquí ha habido introducción evidente de variatio, aunque no es recurso contemplado en la oratoria. Por lo demás, me permito citar lo que apunta Cicerón respecto al asianismo: “En efecto, quien no puede decir nada proporcionada, definida, ordenada y agudamente, si comienza poniéndole fuego al asunto no estando preparados los oídos, parece que está loco entre cuerdos”. Pues eso.
Otro asiánico confeso parece Bernat Soria cuando manifiesta, no sin cierto halo de misterio, que “mi destino no es el Ministerio de Sanidad y Consumo”. Ante la cara de estupor que sin duda se le pintó a Zapatero, especificó Soria en deslumbrante metáfora que su destino “es el viaje, el trayecto que quiero recorrer para llegar a Ítaca”. ¿De modo que acaba de entrar y ya se quiere marchar de vacaciones? Influido sin duda por aquello de que no existe un camino para llegar a la paz, sino que la paz es el camino, y echándole unas gotas de Kavafis traído por la coronilla, Soria ha pergeñado uno de los discursos más imaginativos de las últimas décadas. Aguardemos las futuras excrecencias de su venturoso cálamo.
Y qué decir del más literario de todos que, no obstante, también conoce los secretos del arte de la música… César Antonio Molina sostiene: “He tocado todos los instrumentos de la orquesta de la cultura, soy en mí mismo una orquesta”. En este caso no sabría decir si nos encontramos ante un estilo moderado… con visos de comedia; la actio del hombre orquesta tiene aquí un papel fundamental. Esperemos que el flautín o los platillos de Molina acierten a sacar al Ministerio de Cultura del atolladero en que se encuentra.
¿Quién dijo que la retórica de nuestros políticos se hallaba en baja? Y no desesperemos, que de tales intelectos obtendremos satisfacciones oratorias aún mayores. Tiempo al tiempo.

Cambio climático, 08.07.07

En estos días, por desgracia, está específicamente de moda el asunto del cambio climático. Y digo “por desgracia” no tanto –aunque también– por lo penoso del asunto en sí, como por las tajadas que muchos se están sacando a costa de “la cosa”, incluso –y esto sí que es sorprendente– dentro del ámbito de la cultura.
Me he pasado una semana oyendo hablar del “sonado” concierto –Live Earth– que se iba a celebrar alrededor de todo el mundo “para luchar contra el cambio climático”: ¡¡!! No me negarán que la propuesta no tiene su gracia: como si con las baladas entonadas por veinte fulanos alrededor del mundo se fueran a arreglar las cosas –que dicho sea de paso, están muy, pero que muy chungas. A lo peor es que los artistas invitados han cantado tan mal que va a empezar a llover a mares. Lo cierto es que la noble formulación de la causa ha congregado a cientos de miles de corazones concienciados –o sea, cientos de miles de compradores de entradas para los espectáculos, seamos prácticos– desde Tokio hasta Río de Janeiro; cientos de miles de personas que se han dejado un montón de dólares (por hablar en la moneda del imperio) que supuestamente servirán… para reducir gases contaminantes. Eso al menos es lo que nos cuenta Al Gore, que es quien ha impulsado todo el montaje. Estemos atentos, que con toda esa “pasta” recaudada deberíamos ver, no más allá de seis meses, cómo se nos solucionan los problemas medioambientales y el aire se despeja. En el peor de los casos, si seguimos tan ahumados como hasta ahora –lo más previsible, me temo–, ya sólo nos quedará preguntarnos si las resmas de billetes se las tragó el agujero de la capa de ozono –ese que, por cierto, se está cerrando él solito, según aseguran los expertos en estos temas.
Lo de Al Gore per se también tiene su tela. Mientras ocupó una vicepresidencia desde la que era factible adoptar medidas preventivas o resolutivas, no sólo no movió un dedo en tal sentido, sino que además se dedicó a firmar el tristemente célebre Plan Colombia, que estimula la fumigación indiscriminada con herbicidas tóxicos de múltiples cultivos legales y núcleos de población de Colombia y que además supuestamente desvía fondos para colectivos paramilitares de índole fascista. Sin embargo, una vez botado de su espinoso cargo, Gore cae del caballo cual Saulo y se dedica a dar conferencias por todo el mundo para descubrirnos la pólvora: es decir, explicarnos que nos estamos cargando el planeta (algo de lo que nadie se había percatado), y de paso cobrar buen parné por abrirnos los ojos. Todo empezó haciendo una peli y dando unas charlas, pero burla burlando, ya le han concedido dos Oscar y el Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional (los del Príncipe de Asturias últimamente están poco inspirados) y tiene una agenda de morirse (no sé por qué sospecho que Gore imparte más conferencias que yo y hasta se las pagan mejor), sin contar con que cada puerta institucional a la que llama se le abre de par en par sin rechistar.
Ya que se lo monta tan bien, tal vez podría Gore dedicarse a visitar de forma altruista los consejos de administración de los grandes bancos para pedirles fondos, justamente cuando estos anuncian a bombo y platillo, como cada año, que han tenido X (X por pornográficos) miles de millones de dólares de beneficios; también podría hacer otra visita para contarles su “verdad incómoda” a los responsables de las cien empresas más contaminantes del mundo, por ejemplo, en lugar de decirnos que no usemos laca para el pelo. Mientras tanto, es muy aparente augurar, como el interfecto hizo en febrero en Madrid, que “seremos recordados como la generación que destruyó el planeta tierra”. Todavía sigo rumiando quién nos recordará cuando ya no exista nadie. Pero hay que admitir que la frase, si no la piensas, impacta.
Por si esto no era suficiente, recibo ayer en mi correo electrónico una oferta de la Casa del Libro, que me da la oportunidad de leer antes que nadie el Informe Stern: un informe que promete “la verdad sobre el cambio climático”. Es evidente que todos tienen su verdad, y que todos quieren colocárnosla a buen precio. Y mientras tanto, el planeta se nos muere. Lo malo es que, contra los pronósticos de Gore y los demás rappelles que pululan por ahí, si seguimos en estas no quedará nadie para recordarlo.

Ampollas literarias, 06.12.06

A nadie se le escapa que en estos momentos hay dos poetas en España que están copando todo el muestrario de premios y honores literarios que en nuestro país tienen algo de sustancia: sus nombres son, obviamente, José Manuel Caballero Bonald y Antonio Gamoneda. Me parece bien. Y ya era hora. Caballero y Gamoneda, desde geografías y experiencias bien dispares, han practicado estéticas distintas para un lenguaje común: el de la esencia y el de la resistencia. Algo que siempre es de agradecer en cualquier intelectual, y mucho más en un poeta.
En el caso de Gamoneda, los múltiples reconocimientos que en estos últimos años se le están tributando resultan acaso más llamativos dada su naturaleza de “poeta secreto”, por utilizar aquella bella expresión de Valèry. Gamoneda ha sido secreto hasta ahora no tanto por su poesía, que algunos –me temo que medianos lectores– califican erróneamente de hermética, sino por su propia actitud vital, que con facilidad nos representa en la memoria aquella oda frailuisiana a la vida retirada. Gamoneda ha estado siempre ajeno a los tejemanejes y mafias y pucherazos literarios que envilecen la literatura y la convierten en pasto de actitudes indignas de escritores; Gamoneda siempre ha sido el poeta raro que escribía en una ciudad perdida de Castilla y que hace diez o quince años leíamos muy muy pocos, el poeta que no querían junto a sí otros mucho más glamurosos (dedicados, por ejemplo, al verso homoerótico en los parajes de Esmirna o a coger alejandrinos taxis cuando su querida les llamaba), el poeta que a muchos les chirriaba porque hablaba un lenguaje distinto –paradójicamente, el de una poesía auténtica–, mientras postulaban una experiencia estéticamente banal e insostenible.
Antonio Gamoneda, ahora, recibe el Premio Cervantes tras el Reina Sofía, y esto a muchos les ha fastidiado. Les ha fastidiado a quienes no entienden su poesía porque no entienden de otra literatura que de aquella en la que hay algún pastel que repartir, les ha fastidiado a los conferenciantes y cronistas oficiales de la cosa porque no es un amiguete, a todos aquellos que sistemáticamente son llamados a hacer de jurados en premios literarios amañados porque aquí no han podido hacer el tongo. Es atrevido el viejo Gamoneda, a quién se le ocurre usurpar un premio tal, un premio que debiera haber recaído en “uno de los nuestros”, que para eso controlamos los suplementos literarios y los bolos y gran parte de los libros que publican las mejores editoriales de poesía del país.
Este domingo Jon Juaristi ha publicado en ABC un largo artículo para expresar que personalmente Gamoneda no le gusta, que no le parece buen poeta, que le aburre. Bien está, y además en su derecho, aunque no parece asunto de pública trascendencia. Es extraño que Juaristi –a quien conozco y aprecio sinceramente– haya empleado su, en verdad, magnífica pluma en contarnos que Gamoneda… como que no. A Juaristi le molesta en especial que Gamoneda le guste a Zapatero –algo de lo que Gamoneda, es obvio, no tiene la culpa. Es cierto que allí por donde holla la política no vuelve a crecer la hierba: a Gamoneda Zapatero le va a traer problemas, igual que a Mahler –aun muerto– se los trajo Alfonso Guerra y a Luis Alberto de Cuenca se los endosó Aznar haciéndole Secretario de Estado. Como el asunto arrecie, Zapatero va a ser a Gamoneda como el polonio a Litvinenko; por de pronto, ya se le está cayendo el pelo.
Y sin embargo, no se trata en exclusiva de un problema de políticos. Quizá ni siquiera se trata de esa vieja rencilla literaria entre poetas del silencio y poetas “de lo otro” (además, esa rencilla ya la solucionó –sólo aparentemente, me temo– hace pocos años el gurú Villena diciendo que aquí todos poetas y todos contentos). No. Lo que está sobre el tapete es una querella de antigüedad inmemorial: el enfrentamiento por controlar el lenguaje del mundo. Puesto que nada existe hasta que no se nombra –Barral dixit–, resulta fundamental quién lo nombra y cómo. Detrás está el poder, como lo estaba tras el latín cuando se impuso primero y se destituyó después. Pero los poetas, todos, deberían dar por perdida la contienda: el poder contemporáneo no va por tales derroteros, porque el lenguaje del poder actual es, por desgracia, otro. Y los salivazos de los poetas no producen más que frívolas ampollas literarias.

Políticos y señoritas de Avignon, 26.07.06

Parece ser que en los últimos tiempos no hay semana sin polémica cultural y no hay polémica cultural en que no esté implicada la política. En este caso, la boutade de turno la protagonizan el Museo Picasso de Barcelona y su recién nombrado nuevo director, a la sazón sobrino del ex ministro Narcís Serra. Tras un supuesto proceso de selección internacional, supervisado por una comisión política, ha acabado otorgándose graciosamente el puesto a Josep Serra, a pesar de que él mismo ha reconocido ante la prensa que no había presentado proyecto específico alguno en relación con el Museo y que no ha abordado nunca la obra picassiana; vaya, que él, de las Señoritas de Avignon, no tiene el placer de conocer a ninguna. Algo parecido, sin duda, debe de ocurrirles a quienes le han nombrado. En todo caso, no es extraño que haya acontecido semejante nombramiento, dado que una de las principales estipulaciones determinadas para ocupar la plaza era el conocimiento de la lengua catalana; condición que parece indispensable, por otra parte, en un museo que recibe anualmente más de un millón de visitantes, en su mayoría extranjeros…
Dejando a un lado la polémica concreta, es evidente que la situación pone el dedo en la llaga sobre un tema de la más candente actualidad cultural: la relación que existe entre los políticos y los museos; o por ampliar un poco la cuestión, entre los políticos y el arte. Hace no muchos meses denunciaba el presidente del Consejo de Críticos, Mariano Navarro, que en España los Ministros de Cultura, con independencia del color, se creen que les nombran oficialmente cultos, cuando en realidad sólo les nombran ministros. Lo mismo ocurre con muchos consejeros, delegados y concejales. El intervencionismo político en materia cultural se encarga tristemente de poner de manifiesto esta espeluznante verdad. Sólo hay que reparar en muchas de las arbitrariedades que se están cometiendo contra el patrimonio cultural español por caprichosas veleidades políticas; incluso algunos directores de instituciones culturales están renunciando motu proprio a sus cargos por no soportar una presión insostenible o unas imposiciones descabelladas y falsamente populistas: muy recientemente hemos asistido a los casos del abandono voluntario de la directora del Centro Atlántico de Arte Moderno de las Palmas o a la dimisión en bloque de la Comisión del Patio Herreriano de Valladolid. Por lo demás, es habitual que el cambio de gobierno de turno acarree sistemáticamente la caída de las cabezas de mando de las principales instituciones culturales del país (museos varios, institutos Cervantes, Biblioteca Nacional…), abortando con ello una posible gestión sostenida y eficaz; aunque también hay que contar con que muchos de estos cargos no están ocupados por profesionales cualificados, sino por designaciones “de confianza” que en muchos casos es mejor perder de vista cuanto antes: podrido círculo enviciado de la política cultural hispánica. Resulta obvio que mientras en España este cáncer no se arranque de raíz seguiremos a años luz de la gestión cultural que se está llevando a cabo en los escenarios europeo y norteamericano.

Es sabido, gracias a Valerio Máximo y a Plinio el Viejo, que un zapatero le criticó al pintor Apeles el calzado que reprodujo en una de sus obras, y como éste hiciera caso y modificara la pintura, se creyó el zapatero en condiciones de criticar aspectos de arte que no eran de su incumbencia. De ahí la expresión “zapatero a tus zapatos” que le espetó al oficial el bueno de Apeles y que hoy todos empleamos, aunque nadie la cumple menos que nuestra clase política desde tiempo inmemorial. Viene esto al hilo no sólo de lo anterior, sino también de la creación del novísimo Instituto de Arte Contemporáneo que, dirigido por Rosina Gómez-Baeza, y siguiendo los contundentes dictados de Apeles, predica ese deseo de independencia del arte respecto de la gestión política. A imitación de prestigiosas instituciones similares, como el británico Arts Council, se solicita la ocupación de los cargos culturales por reconocidos especialistas en la materia y se pretende establecer periodos de gestión desvinculados de los mandatos electorales. A ver si la propuesta fructifica y la política se recluye en sus cuarteles de invierno, a contar votos, que es lo suyo. Si se lograra capear ese peligro –dulce utopía–, ya sólo quedará ocuparse de esa ficción de los mal llamados “economistas de la cultura”, que constituyen la inminente amenaza al acecho y que, me temo, tampoco se hablan con las demoiselles de Picasso. Así lo ha previsto Lisa Dennison, nueva directora del Guggenheim neoyorkino: “la economía quiere convertir los museos en negocios vulgares y los directores se buscan ahora en las Businesss Schools”. Pero esta es ya otra historia. Y no menos triste, por cierto.

El Estatuto es bueno, 21.06.06

Estamos de enhorabuena. Por fin ha salido adelante el traído y llevado Estatuto –me empeño expresamente en adjudicarle nombre en román paladino–, respaldado por una ¿amplia mayoría? de tres cuartas partes del 49% de los ciudadanos catalanes que acudieron a las urnas. Aunque una es de letras, soy capaz de calcular que ello supone que el Estatuto ha sido aprobado –ergo impuesto– por sólo el 36% real de ciudadanos catalanes. Nos lo pinten como nos lo pinten. Todo un éxito… y más para una democracia comm’il faut. ¿A ver si al final va a resultar que el Estatuto es un “corrá”? Pero no banalicemos. El Estatuto es la madre de las Revelaciones, es el Génesis transcrito de un nuevo Estado de las Luces, el esforzado Prometeo que se subleva contra España para poder iluminar su aldea; cierto amigo mío dice que el Estatuto posee la transcendencia de la mismísima Anunciación: imagínense la escena –si Fra Angélico permite–, con la Virgen Cataluña escuchando la buena nueva de los crisoelefantinos labios del arcángel San Pasqual.
Repito, no obstante, que estamos de enhorabuena. Y ello por motivos varios. En primer lugar, es de esperar que después de la gozosa resolución se acceda a dejarnos tranquilos con esta mugrienta cortina temática que ha servido para encubrir asuntos más graves e importantes que ocurren en este lado de la cerca –es decir, España, pues es de imaginar que a partir de ahora las fronteras entre “nuestro país” y la recién nacida Catalunya estén más reforzadas. Por otra parte, es previsible que los billetes de avión con destino a Barcelona bajen de precio pues, como es sabido, viajar al extranjero es más barato que hacerlo en la Península. Pero sobre todo –lo que aquí más interesa– espero que a partir de hoy podamos disfrutar del derecho a hablar de Lérida o Gerona como de otros lugares foráneos, omitiendo ese absurdo y molesto modismo, tan inexplicablemente difundido, de decir Girona o Lleida. Nunca he entendido muy bien por qué hablamos de Inglaterra y no de England, o de Austria y no de Österreich, o de Francia y no de France, y en cambio las estultas normas de lo políticamente correcto mandan decir en público Girona y Lleida –y también A Coruña y Ourense, que van a ser los siguientes en ponerse a la cola de nuestro complaciente Poder Ejecutivo. Aunque en realidad sí intuyo cuál es el motivo de semejantes torpezas lingüísticas –lingüísticas en primera instancia–, pero prefiero callármelo, no vaya a pasarme a la vuelta de la esquina lo que a Albert Boadella o a Arcadi Espada, a los que se sacude el polvo porque no asumen que “la cultura és un dret” (Maragall dixit, en referencia sin duda a la cultura de la incultura, al “dret” de la imposición y del mamporro).
El abuso lingüístico, que roza lo inconstitucional y deleznable, perpetrado no por la totalidad, sino por determinados sectores en Cataluña (ese 36% de los catalanes de pro) ya es un hecho consumado desde hace muchos años, con lo que el Estatuto viene únicamente a refrendar una costumbre inmemorial: si a alguien le pareciera excesiva esta afirmación, me limitaré a poner de ejemplo que los impresos de acceso a la Universidad en determinadas facultades catalanas aparecen estrictamente en catalán y en inglés; las páginas web correspondientes, aun en su versión castellana secundaria, declaran abiertamente que ciertos contenidos no están disponibles en castellano (véase la página de la UAB, donde la especificación de tribunales, lugares de examen y resultados de las pruebas de acceso se encuentran sólo en catalán; por su lado, la UB indica capciosamente que los alumnos pueden elegir su lengua de enseñanza, al tiempo que aconseja expresamente la realización de cursos de catalán, pues en la práctica es el profesor, o incluso la Universidad, quien determina la lengua empleada). Si tal hacen las instituciones, y sobre todo la Academia, imagínense una horda de indocumentados que piensan –o mejor, atisban, y esto con dificultad– que “la cultura és un dret”, porque alguien se empeña en contárselo a la babalà; como es lógico, esos llegan a las manos.
Así que el Estatuto va a ser bueno para todos. A ver si algunos catalanes se sosiegan ya y los que somos partidarios de la pluralidad –lingüística y no sólo– podemos seguir gozando –verbigracia– de Ausiàs March o Jordi de Sant Jordi o Joan Salvat-Papasseit o Joan Margarit en su lengua original. Sense obligació, de gust.

Censura y barbarie, 24.05.06

Estamos atravesando una época realmente negra. Después de un periodo ya extinto en que pareció atisbarse un destello de progreso –o más bien la ilusión de ese destello, que después ha quedado en cartón piedra: utopía y desencanto, Magris dixit– nos encontramos en plena apología del retroceso, lo mismo en Occidente que en Oriente, en el norte que en el sur. Leo en la prensa con gesto resignado la última boutade con sello made in China: el director de cine Lou Ye, que ha realizado una película que ahora se presenta en Cannes sobre la matanza de Tiananmén, ha sido amenazado con la imposibilidad de volver a rodar otro trabajo en cinco años, por haberse plantado en Francia sin permiso del gobierno chino y, sobre todo –suponemos–, por tocar temas non gratos. Qué horror, dirán ustedes. Y es verdad. Hubiera sido más sencillo dejar que la maquinaria del cine en sí misma –un poco lerda a veces, pero no siempre– siguiera su curso, porque al decir de la crítica, la película es bastante soporífera y no parece que vaya a llegar lejos. De momento, el toque de Pekín ha granjeado a la obrita una expectación de la que, de otro modo, probablemente no hubiera gozado. Pero eso es la censura: no sólo regresión, sino también estupidez –desconcertante fenómeno descrito por Cipolla– y ceguera.
Ahora bien, si esto ocurre en el Extremo Oriente, no creamos que en el Occidente Extremo estamos más a salvo. Y esto empieza ya a sonar peor. De determinados regímenes cabe esperar, no sin disgusto, manifestaciones de semejante índole pero, ¿qué decir de las restricciones duramente ejercidas en el beatífico marco del “menos malo de los sistemas posibles”? Hay que constatar no sin espanto que cada vez son más los países supuestamente progresistas que se están sumando al adictivo deporte de la amputación radical. De Estados Unidos, el sancta sanctorum de las libertades venales, nos llegan constantemente noticias de drásticos recortes de canciones, de películas, de noticias; algo que el mundo civilizado tolera con gracejo, porque estos americanos –comentamos– son “la pera”, vaya cómo se molestan por una nimiedad cualquiera: y ahí queda todo, mientras por la comisura de la boca nos asoma un pedazo de hamburguesa democrática y de postre, para entonar, nos pedimos un decoroso Rize con leche.
Los modos perversos en seguida se propagan y además, como las penas que los borrachos ahogan sin éxito en sus vasos, saben nadar y atravesar el charco. Así que henos aquí, en Europa, la ancestral patria de las conquistas sociales, siguiendo hechuras sonrojantes de allende los mares que debiéramos condenar abiertamente, y desde luego no imitar. Pero todo apunta a que se están perdiendo sin remedio los papeles. Recientemente Francia se ha pasado su histórica Revolución y sus significados por el mismísimo Arco de Triunfo –que es lo suyo– al censurar la representación de una obra de Peter Handke en la Comédie-Française de París, por la presencia privada del escritor austriaco en el entierro de Milosevic. Por su parte, es cierto que los chinos amenazan a Lou Ye –de momento sólo eso– con no olerse ni otra peli en cinco años por bocazas, pero en Viena ya le han caído a David Irving tres recios años de cárcel por sostener teorías heterodoxas sobre los entresijos del nazismo; un extraño y desventajoso paralelo, quién lo duda.
Está claro que la barbarie está de moda. La barbarie en su sentido etimológico: los bárbaros en su origen eran “los otros”, los que no hablaban la lengua adecuada, es decir, la nuestra. De hecho, con la voz helénica barbarós se designaba al tartamudo. Y no es extraño. Cada vez han de ser más los tartamudos; los tartamudos por la disidencia de la única lengua oficial reconocida, por el miedo de no poder decir lo que se piensa –por disparatado o enojoso que parezca–, en tanto que otros dicen el horror continuamente, sin el mínimo temblor, y nada ocurre: sinuosas filigranas de una muy degradada tolerancia que ha perdido el poder de convicción, la dignidad y la rectitud de sus principios por el sórdido camino de la manipulación. La censura empieza a revivir tiempos dichosos. Y esto no ha hecho más que comenzar. Entre las verdades oficiales que no admiten discusión y el maniqueísmo más dogmáticamente represivo sólo media un paso: los polis y los cacos, los buenos y los malos. Los vivos y los muertos.

Lecturas transversales, 12.04.06

Acaba de celebrarse en Cáceres el I Congreso Nacional de Lectura, y paralelamente en Madrid, en la casa de América, se ha organizado una Conferencia Europea –en el marco del programa Cultura 2000, que más que marco parece cajón de sastre, porque ahí cabe de todo– para tratar de fomentar “una Europa lectora, más libre y cívica”. En ambos foros –palabreja que ahora está de moda, sobre todo en el ámbito político– se ha llegado a la conclusión de que es necesario que los españoles leamos más. Así las cosas, a ver si, para empezar, nuestros “diputados y diputadas” se aplican el cuento –o la novela o el ensayo o lo que haga falta. En la clausura de la Conferencia Europea, Carmen Calvo se ha mostrado muy contenta –lo cual no es de extrañar, por otra parte, dado que acaba de salvar la pelleja en el reciente corte de cabezas Zapatero consule, cuando la lógica señalaba su cuello como uno de los más apetecibles– y ha apostado, con palabras dignas de Proust, por “la necesidad de políticas transversales, con la implicación de la iniciativa pública y privada, y en los distintos formatos, con el propósito final de que todo confluya hacia la lectura como la gran actividad humana de reflexión”. Es evidente que Calvo ha conservado su cartera –la ministerial, y en consecuencia la otra– por la complejidad conceptual de su discurso. Y por la loa de la transversalidad, claro, que nadie duda a estas alturas que es la panacea para todos los males del siglo XXI, junto con la sostenibilidad y tres o cuatro crípticas “idades” semejantes.
De cualquier modo, no sé de qué se quejan nuestros políticos, nuestros intelectuales y nuestros editores. Porque en España se lee, y mucho. Vaya si se lee. Sólo hay que echar un vistazo a las listas de los libros más vendidos en nuestro país: no salen por menos de un kilo de papel y letras cada uno. De calidad mejor no hablar, pero de cantidad, lo que se quiera. Algunos de estos títulos, incluso, se leen con suma aplicación; conozco el caso de un afanado lector de la Historia del rey transparente que, además de dedicarle varios meses al grueso volumen, subrayaba párrafos y hacía cuidadosas anotaciones con lápiz en los márgenes, como si de un valioso códice medieval se tratara; a los tres cuartos de hora se quedaba dormido en el sofá. Con aquel épico lector, seguramente transversal, aprendí que en España leer es sufrir, que es tradición muy arraigada en nuestros lares: los libros más vendidos y más gordos son como los pesados pasos de la Semana Santa, cuya sola contemplación causa admiración y angustia a un tiempo.
Está claro, pues, que no cabe albergar dudas acerca del ímprobo esfuerzo que los españoles dedican a desembarazarse de las páginas de los libros que más compran: además de la historia del rey de marras, las múltiples entregas de Harry Potter, Los pilares de la tierra, La Hermandad de la Sábana Santa, El último catón, la cuadrilogía de mi amigo Dan Marrón e incluso el Quijote –que también ha ascendido a la lista de los más deseados y adquiridos, quién sabe si leídos, después de convertirse en marca registrada– bastarían por sí mismos para agotar el potencial de celulosa de la Amazonía al completo y enriquecer a psicólogos, oftalmólogos y fabricantes de lentes progresivas. Algo que probablemente está ocurriendo ya. ¿Quién da más?
Ahora bien, si de lo que se está hablando es del ampuloso propósito de lograr “una Europa más libre y cívica”, tal vez debiéramos empezar por otros planteamientos. Aun respetando el natural derecho de todo lector a comprar lo que mayormente le apetece, quizá sería cuestión de devolver a la literatura a su debido lugar; de que los editores se planteen si su prioridad es publicar o vender; de que el sistema educativo enfatice con honradez e inteligencia los contenidos literarios; de que el sistema político-económico admita que la formación humanística es necesaria antes que inútil; de que se recupere el aprecio por la cultura y la civilización; de que se entienda el espíritu crítico como una virtud y no como un elemento socialmente conflictivo. Ninguna de estas cuestiones es “transversal”, sino central, onfálica. Al margen de la huera palabrería desplegada en encuentros, conferencias, foros, ¿quién está dispuesto verdaderamente a asumir los riesgos de una ciudadanía crítica y formada? Mejor será que nos dejen tranquilos, no lo vayan a poner peor.

Género y génera, 01.03.06

Al fin. Ya era hora de que la Real Academia Española se pronunciara con explicitud sobre el engendro. No sé ustedes, pero yo –mujer y filóloga– me fatigo enormemente cuando escucho a nuestros políticos dirigirse a nosotros a diario con el doblete “ciudadanos y ciudadanas”, “todos y todas”, etcétero y etcétera. Algunos medios de comunicación se han hecho eco de la consigna oficial y también nos cuentan lo que dicen los diputados y las diputadas, o que los parlamentarios y las parlamentarias del PSOE no han logrado llegar a un acuerdo con los parlamentarios y las parlamentarias del PP. Uff. La razón de este modismo agotador es supuestamente igualitaria –“paritaria”, si hemos de secundar de nuevo la abstrusa terminología política (será por semejanza con paritorio). Aunque puestos a igualar, no acabo de entender por qué se dice “todos y todas” y no “todas y todos”, que lo de poner por delante el masculino, aun mediando conjunción copulativa (con perdón), parece sugerir una preeminencia subterránea del macho, ¿o no?
Realmente, es difícil rastrear cuál fue el origen abominable de “la cosa”: tal vez aquel célebre “jóvenes y jóvenas”, llamado a hacer historia en los usos idiomáticos de nuestro país, o quizá el creciente auge de asesores áulicos (donde áulico no quiere decir precisamente que hayan pasado por las aulas) sobre materias inverosímiles. Es evidente que estos asesores desconocen el principio de la navaja de Ockham (aquello de no multiplicar los entes lingüísticos innecesariamente). Es evidente que estos asesores no han oído la existencia del principio délfico “conócete a ti mismo” (por fortuna, porque de saberlo ya habrían ido con escoplo y martillo a añadir “y a ti misma”). Es evidente que estos asesores no se manejan con el castellano más elemental.
Así que la RAE se lo ha tenido que explicar a un miembro (quizá miembra) de la Comisión Parlamentaria andaluza: que no, que tanto doblete es improcedente, que no hay que confundir el sexo con el género. Y es que la culpa va a ser de la Academia, que dice ahora “no confundamos sexo con género” cuando antes (con motivo de la ley de violencia “de género”) les dijo a nuestros indocumentados legisladores “no confundamos género con sexo”; a lo mejor por eso no hicieron ni caso entonces, ni creo que lo hagan ahora. Los académicos se han esforzado en explicarlo a los políticos. Les han dicho que cuando hablamos de “gatos” es como hablar de gatos y gatas, que cuando hablamos del “hombre prehistórico” es como hablar del hombre y la mujer prehistóricos, que el masculino gramatical genérico no tiene nada que ver con el machismo y sí con la economía lingüística. Pero la corrección de la lengua naufraga en aras de lo políticamente correcto: porque es obvio que la abolición del masculino genérico traerá la equiparación de derechos del varón y la mujer, la supresión de las diferencias salariales, el término del terrorismo doméstico, la implantación del respeto social hacia el sexo femenino. Que se enteren las jóvenas de que, por serlo con ‘a’, se acabaron de un plumazo sus problemas. Y por si alguien tiene dudas, ya lo ha expresado con meridiana precisión María del Mar Moreno, presidenta de la cámara parlamentaria andaluza: hay que eliminar el sexismo en la lengua “en el marco de las políticas más generales de transversalidad de género de exigencia comunitaria”. Ahora sí que nos ha quedado claro. Ya sólo nos cabe esperar que quienes nos mandan manden mejor que hablan.