Como es sabido, Emilio Castelar y Ripoll, reconocida gloria de la elocuencia política, era de Cádiz. Tan reconocida e indiscutida fue su gloria que allá por 1869 se acordó bautizar con su nombre a la plaza en que se encontraba su casa natal. En 1904 se decidió colocar una lápida conmemorativa de la efeméride precisamente en la entrada de la casa –el portal número 1–, para que las generaciones venideras no olvidaran el genio verbal y parlamentario de su paisano Castelar. Dos años más tarde, se encargó a Eduardo Barrón un monumento dedicado a don Emilio, y ese monumento aún pervive, presidiendo la misma plaza, aunque su denominación actual es la de Candelaria.Así hemos recorrido un largo éxodo, peor aún que el bíblico –por no hablar del interminable de Otto Preminger– sin otra figura política digna de suceder al eximio Castelar. Pero he aquí que por fin la misericordia divina se ha apiadado de este pobre pueblo elegido, y ha concedido un relevo, una voz que habrá de perdurar en los corazones de los gaditanos durante décadas. Me atrevo a sugerir a nuestros gestores municipales la formación de una comisión de urgencia para designar una avenida con el nombre de Bibiana Aído. Se me ocurre, tal vez, que puede modificarse el nombre de la Avenida de Gómez Ulla, que además es vía universitaria, a tono, pues, con el perfil de cualquier miembra congresual de pro. Se me ocurre también que nuestra cálida Facultad de Letras puede ser transformada en una biblioteca para mujeres y mujeras, con un anexo incorporado a modo de vestuario, en el que aquellas descarriadas que no cumplan con los patrones y patronas de la moda occidental puedan reconvertirse al new style del particular Vogue ministerial. Se me ocurre la colocación de un monumento en forma de gran boca oratoria frente al pájaro constitucional. Se me ocurren en realidad muchas cosas, todas ellas nunca vistas e increíbles –como las llamas de Orión en Blade Runner–, pero ya entiendo que estos asuntos deben dejarse en las meninges sabias, en las meninges de quienes gozan de una logorrea que no se la salta un gitano –o gitana–. Así que a callar y a seguir esperando. Si nadie lo remedia, el espectáculo sólo acaba de empezar.




Hace poco más de un mes, el 27 de febrero de 1976, se cumplió el 32 aniversario de la proclamación de la República Árabe Saharaui Democrática en un territorio que, de algún modo, sigue bajo la responsabilidad ética de España, por más que España se pase por las corvas toda ética. Desde hace ya 32 años se alienta la indigencia del pueblo saharaui con absoluto desparpajo, desde todos y cada uno de los gobiernos de España que han venido sucediéndose desde aquel postrer estertor franquista por el que se confinó a los saharauis en la más descarnada hostilidad del desierto del Sahara, la Hamada argelina. Por lo demás, es sabido –aunque internacionalmente se mire hacia otro sitio– que los saharauis son represaliados por la policía marroquí en las ciudades ocupadas del Sahara Occidental mientras el Gobierno Español no se acaba de animar a cumplir con lo estipulado por el Derecho Internacional en materia de descolonización, algo que bien se reclama para otros Estados de reconocido peso específico… y económico –verbigracia, el israelí. Para rematar la oprobiosa situación, la comunidad internacional viene sometiendo a los refugiados en los campos de Tinduf a todo tipo de privaciones, incluyendo las alimenticias básicas: los envíos con ayuda humanitaria disminuyen porque quienes duermen en hoteles de cinco estrellas y tragan a todo papo y elucubran sin recato en los foros al efecto creen que es más sano en el desierto un ligero picoteo que una copiosa comilona, aparte de que, como pude leerle a un observador bien enterado en estos temas –mi amigo F. Llorente–, alguna “luminaria” ha decidido que son 96.000 los saharauis refugiados en los campos, en lugar de los casi 200.000 reales. Dividir los recursos a la mitad estimula el espíritu solidario y el sentido de la continencia, quién lo duda.







