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Libros y huesos, 03.08.08

Hace un par de días leía en los periódicos que aproximadamente un 30% de los españoles no coge nunca un libro. Es dura de pronunciar, esa palabra, en relación con el acto de leer: “nunca”. Confieso, no obstante, que el porcentaje me ha parecido escaso. A juzgar por las conversaciones casuales que se oyen en cualquier lugar, por la penosa programación televisiva y radiofónica a que sin compasión se nos somete, por la infracalidad de muchos textos periodísticos, incluso por la vergüenza ajena que se siente al escuchar los debates e intervenciones de algunos de los miembros y miembras de nuestra sinclase política, se intuye que el tanto por ciento de desconocedores de ese extraño objeto llamado libro debe de ser mucho más elevado. Las estadísticas, ya lo dijo Borges, son como la democracia: el arte de mentir con números; y si no las manipula alguien inteligente –como a Churchill le gustaba hacer y admitir– pueden hacernos luz de gas.
Conforme se lee menos en este país de nuestras entretelas, nuestros escritores también bajan la guardia; el gaditano Eduardo Mendicutti acaba de denunciarlo en Santander, en los cursos de verano de la UIMP: “en el autor de ahora se prima la velocidad y la sencillez lingüística, se ha huido de la preocupación por el lenguaje”. Cierto. Así nos va. Las nuevas generaciones –y no tan nuevas– se han entregado ciegamente a la dictadura de la imagen. Como masticar es costoso, ya sólo se traga. A este paso, de puro desuso, acabaremos por perder los dientes.
No es extraño, pues, que en detrimento de la letra impresa, las series de TV –algunas buenas, otras no tanto– vivan hoy su edad de oro. Y que algunos de a pie se crean héroes de peli por un día. Como el amigo de Cai que en esta semana denunció a la estudiante de Medicina que exhibía unos huesecillos humanos en el alféizar de su ventana; una actividad de lo más común, por otra parte: ¿quién no tiene unas tibias oreándose en el balcón mientras se cuece el caldo? Pero el vecino justiciero debió de pensar que vivía un capítulo de Dexter y que la alumna era una forense pulcra y asesina con un siniestro modus operandi, así que alertó inmediatamente a los polis. Por el momento el diligente mozo no ha conseguido salir en Salsa Rosa, pero todo se andará.

Estadísticas, 10.02.08

Las páginas de Cultura de los periódicos empiezan a resultar peligrosas para la salud. No hay apenas día en que no nos asustemos, en que no leamos una noticia sonrojante, en que no perdamos los papeles. Andalucía vuelve a dar la campanada, situándose entre las comunidades españolas con menos afecto a los libros, sean estos de la naturaleza que sean, que tampoco se trata de ponernos finos. Aquello que decía Alonso –Dámaso: especifico por si acaso– de que “Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas)” se ha trasladado al sur peninsular, donde unos cuantos bípedos usurpan el nombre de humanos –con vida inteligente, o sea– más en potencia que en acto. Al final, va a ser cierto que las estadísticas, pérfidas como ellas solas, se empeñan en sacarnos los colores, pues es sabido que sobremanera se ocupan de lo que falta, nunca de lo que sobra. Ya hace bien poco vinieron los del PISA con sus numeritos a ponernos pingando, diciendo que los alumnos andaluces están a la cola de todas las colas en lo que a viveza intelectual se refiere. Si juntamos el hambre con las ganas de comer, acaba saliendo lo que sale: que por aquí no damos pie con bola en lo que a las letras se refiere.
Ante semejante panorama, no deja de enaltecer los corazones la última promesa electoral de Manuel Chaves: la posibilidad de que en las Escuelas de Idiomas andaluzas se enseñe el catalá, el euskara y el galego –si el PSOE gana las elecciones, por supuesto–, algo que sin duda va a redimirnos de los problemas (in)culturales propios de nuestra comunidad autónoma. Ya me imagino a las masas arremolinadas a las puertas de las precarias EOI –que hoy por hoy a duras penas dan abasto–, renegando del inglés y el francés y arrojándose en brazos del salchichón de Vic y la sardana (o el txangurro o el ribeiro, cada cual ad libitum). Nadie podría poner en duda que tal medida es de una necesidad insoslayable, aunque no sepamos por qué. Se me ocurre que, tal vez, al figurar los catalanes y los vascos siempre los primeros en las estadísticas –como tienen mucha “tela”, seguro que las amañan–, quizá estudiándoles la lengua se le pegue algo a Andalucía. Por probar que no quede. Todo sea por salir más guapos en los números.

Brines y la no Universidad, 17.10.07

La semana pasada se falló en Granada el IV Premio García Lorca de Poesía, uno de los premios más importantes del ámbito andaluz, aunque su alcance sea internacional. Ángel González, Blanca Varela y José Emilio Pacheco constan en la nómina de autores ya premiados, a los que viene a sumarse la designación en este año del levantino Francisco Brines, poeta de larga trayectoria (en una de sus expresiones grandilocuentes habituales afirmó García de la Concha que Brines estaba “en el canon de la poesía española contemporánea”, aunque no sepamos muy bien cuál es ese canon) y miembro de la Real Academia Española de la Lengua (ocupa el sillón X que a su muerte dejó vacante Buero Vallejo).
De Brines se ha dicho repetidamente –de nuevo en estos días– que es integrante y hasta representante de la Generación de los 50, algo que no es ni estricta ni laxamente cierto. La propia heterogeneidad de la “Generación” (discutida etiqueta) de los 50 y la propia cronología de la producción de Brines desmienten ese supuesto. Los poetas de los 50 únicamente guardan en común ser alumbrados a un panorama agitado por una vieja disputa de rescoldos reavivados, cual era la contienda entre la poesía de la comunicación y la poesía del conocimiento. A partir de ahí cada uno siguió su propio camino. Y, en todo caso, el primer libro de poemas de Francisco Brines es galardonado con el Adonais en 1959 y aparece en 1960.
La obra de Francisco Brines se atrinchera en la memoria como estrategia de supervivencia contra el tiempo, y también contra la vida que se escapa dejando incertidumbre como único rastro perceptible entre las manos. Una memoria que se abastece de palabras usadas no tanto con amor (“No tuve amor a las palabras”) como con desnudez; una impudicia formal que ilumina ese existir fugaz que a todos abandona irremediablemente. El caudal de la memoria en Brines funciona como hilo que entreteje su obra entera, como algo que le permite incluso despedirse del lector (Ensayo de una Despedida es de hecho el título de su poesía completa publicada por Tusquets en 1997) con sentido de unidad, con conciencia de ofrecer algo cerrado y coherente, perfecto. Sin embargo, no por ello es la obra del poeta de Oliva ajena a una serena evolución, ya desde la prístina lucidez de Las Brasas (1960), pasando por la crónica distante de Materia narrativa inexacta (1965), el meditabundo oficio de Palabras a la oscuridad (1966, Premio de la Crítica), el pesimismo reflexivo de Aún no (1971) o Insistencias en Luzbel (1976), el recuerdo obsesivo del viaje y el amor en El otoño de las rosas (1986, Premio Nacional de Poesía), hasta llegar al fin a la percepción crepuscular de La Última Costa (1995). Evolución presidida siempre por un concepto que Francisco Brines mismo admite como fundamental: el de Revelación, que abarca el descubrimiento de la intimidad, de la existencia y del tiempo (primero histórico, luego más sabio y eterno), todo ello hecho poema a través de la memoria. Es precisamente mediante esa luz reveladora como puede ir el poema construyéndose, a pesar del olvido que todo lo devora. La Revelación actúa en cierto modo como el Lazarillo que conduce al Poeta Ciego, aunque éste sepa perfectamente el camino que quiere tomar: el Lazarillo no marca la senda, sólo los pasos para transitarla sin tropiezos. Todo ello impregnado de un hedonismo decadente que llena de tiempo y de tersura el verso.
En la
prensa granadina se lee que un amplio sector de los estudiantes de Filología Hispánica desconoce la obra de Francisco Brines. Algo que resulta desconcertante, dada la notable tradición poética de Granada dentro de la Península. Las excusas resultan de lo más rocambolesco: unos no tienen tiempo para leer –natural en estudiantes de Filología–, a otros los absorbe el Siglo de Oro y no quieren salir de él (¿?), otros ni siquiera conocían al poeta; una estudiante afirma que el premio tendrían que habérselo otorgado a alguien con suficiente edad (sin duda los 75 son señal de inmadurez). El reportaje, escandaloso y vergonzante por igual (para colmo, los interfectos dan su curso, nombre y apellidos, no fueran a perderse en el anonimato sus rebuznos), es claro ejemplo del precario estado de la enseñanza universitaria en España. Por mi parte, me atrevo a sugerir que la Junta debería no tanto subvencionar a algunos para que sigan estudiando como a otros para que dejen de hacerlo. No se demoren, que es urgente.

Las vergüenzas de la Nacional, 05.09.07

Parece que la más nacional de nuestras bibliotecas patrias se ha empeñado en mostrarnos sus vergüenzas y surtirnos con chascarrillos constantes acerca de sus deshonrosas menudencias. La verdad es que todo comenzó, como siempre las cosas, por el principio: en el principio no era el verbo, sino la rosa; quiero decir –no nos metamos en jardines–, la rosa Regàs. Con el ominoso nombramiento se inició un periodo aún más siniestro de nuestra digna institución, que se sumaba a su proverbial y ya clásico –en España estos asuntos suelen ser un clásico– mal funcionamiento. De modo que a los obstáculos para el préstamo y disfrute (carné y sólo un folio y un lápiz), los precios abusivos de fotocopiado y microfilmación, la arbitrariedad en la reproducción de ejemplares (si ibas por la mañana te decían que no, si volvías por la tarde te decían que sí), se añadió la turbia personalidad de una directora que mejor hubiera hecho quedándose en casa escribiendo… a poder ser, por favor, sin trascender la más estricta intimidad.
Doña Rosa no tardó en dar la primera campanada intentando retirar la estatua de Don Marcelino Menéndez Pelayo de su emplazamiento habitual en el vestíbulo bibliotecario. Doña Rosa, insigne autora de Luna lunera, se sentía molesta con la presencia del rancio don Marcelino, a pesar de que en el fondo le caía bien porque había escrito “aquello de los Heterodoxos”; había que desratizar, pues, el vestíbulo, que ya se había encargado la interfecta de atornillar unas placas doradas pero discretitas con los nombres de unos republicanos que por allí pasaron. Por si estos dislates no eran suficientes, la egregia directora entusiasta de la III República –no sé por qué no se me arregla llamarle escritora– nos ha ilustrado repetidamente con delicados brotes de su arriate intelectual, tales como afirmar que la democracia inglesa lleva funcionando 800 años (¡¡!!). También de su refinado intelecto han surgido caras y ridículas iniciativas como “Don Quijote hip hop”, cuando necesidades más prioritarias de la Biblioteca han sido desatendidas por supuesta carencia presupuestaria (mejor no hablar de las conferencias de amigos con post-cena en Nicolás pagada por el españolito y las tres secretarias y los cinco chóferes). Y sin embargo, no contenta aún, la superdirectora –“no la toques ya más, que así es la rosa”– se va dejando buen sabor de boca: unos valiosos mapamundis robados de unos incunables prestados al tuntún y varios ejemplares a los que –ahora empiezan a percatarse– se les han arrancado las hojas. Eso sí, la web de la Biblioteca reza en su cabecera: “Custodiamos todos los libros”. Menuda broma. Así que no se entiende que el nuevo ministro-orquesta de cultura, César Antonio Molina, diga que Rosa Pedrisco no ha hecho nada en estos años: vive Dios que ha hecho, y si no la defenestra a tiempo… la Nacional acaba como la de Alejandría, tirando humo y llenando de carbonilla las mesas del Gijón.
Estas zarandajas de nuestro amado país siempre acaban conduciendo a la misma reflexión: ¿a quién debe encomendarse la gestión de determinadas instituciones, esencialmente de las relacionadas con el patrimonio cultural? ¿quién debe ser, por otra parte, el que designe los altos cargos de estas instituciones? Sin duda resulta lamentable que los puestos institucionales de dirección se hayan convertido en recompensa que los políticos en ejercicio arrojan a sus perros más fieles y de lengua más pastosa. Tiene su lógica que un ordenanza tenga que prepararse un temario de oposiciones para abrir y cerrar una puerta y que un director de no-sé-qué-tinglado pueda ser el más burro de la clase, ¿acaso no? A ello se suma la ya añosa polémica entre la gestión y la intelectualidad: los “gestores” –habitualmente economistas– se empeñan en tratar los recursos patrimoniales como chorizos al por mayor, porque no aprecian la diferencia entre un incunable y un pedazo de chatarra –salvo que la chatarra se vende mejor–. En el polo opuesto, los “intelectuales” –dejando a un lado que en este siglo no existen, porque los pocos que había se están muriendo– carecen en ocasiones de la formación específica para afrontar las obligaciones de unos cargos que conllevan múltiples implicaciones (ser un infraescritor o un pesebrero no faculta para dirigir una biblioteca or whatever, por más que haya quien piense lo contrario). Si a ello añadimos la escasa consideración que puede alcanzar el patrimonio cultural en un país donde se tira a las cabras desde los campanarios mientras algún que otro político jalea… pues ya tenemos el puzzle completo.
Entre tanto, lo de siempre. Las bibliotecas extranjeras –no digamos las norteamericanas– nos dejan en pañales en lo que respecta a calidad de custodia, digitalización y préstamo. Pero aquí todos tan contentos, porque Spain is different y en eso radica nuestro encanto. Así que si alguien tiene echado el ojo a la editio princeps del Quijote, que se anime y trinque: ningún director “jasp” le va a salir al paso
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¿Promoción de la lectura?, 21.03.07

Por lo que parece, desde la Unión Europea se ha acometido una nueva campaña de promoción de la lectura: junto a la bajada de precios desde la implantación del euro, otro motivo para encontrarse a gustito en la UE. La innovadora medida lleva por nombre “impuesto a bibliotecas”, y en síntesis consiste en gravar el préstamo bibliotecario a particulares. Sí, no están leyendo mal, ni tampoco me lo invento. Al parecer, los países más avanzados de la avanzada Europa ya se encuentran en pleno disfrute de la gozosa medida, y España es requerida para pasar por las Horcas Caudinas del estipendio en cuestión. La razón aducida para el engendro es la del respeto a los derechos de autor, a la traída y llevada propiedad intelectual. Tiene gracia el asunto si se piensa que los derechos de autor son los menos derechos entre todos los posibles, y así suele entenderlo el respetable –y más aún el no tanto-. Para que se hagan una idea de lo feo del panorama, les confiaré que a mí, por ejemplo, hace poquitos meses, un catedrático de universidad –pobre alma mater– me sustrajo la propiedad intelectual del diseño de un libro, y el hombre –por pura confusión, naturalmente– insistía en que mis derechos no eran míos sino suyos… Pero volvamos a la cosa, que hoy se debate Ley del Libro en el Congreso.
En nuestro país hay un poco de miedo por las amenazas del viejo y culto continente; en particular, el Tribunal Europeo estipuló en octubre de 2006 que España habría de pagar una multa de 300.000 euros diarios si no accede a introducir el impuesto de marras. Es verdad que lo de los 300.000 euros diarios -¿durante cuánto tiempo, oh cielos?–, dicho así, abulta bastante. Pienso que podríamos declararnos insolventes, como Farruquito, a ver si nos reducen la pena a la mitad: al pobrecito bailaor le ha resultado. Otra opción es depositar como fianza a valiosos representantes de la cultura nacional –a Farruquito mismo, o a nuestra querida ministra, yo qué sé– en tanto el conflicto se resuelve.
El caso es que la medida encierra sus paradojas, ya que se supone que es para beneficio de los autores, para que nuestros derechos no se resientan y para que pasemos menos hambre, pero por el momento unos cuantos autores en España ya se han pronunciado –nos estamos pronunciando– contra ella. Para los del Centro Español de Derechos Reprográficos, CEDRO –de tal palo tal astilla–, que son más papistas que el Papa –o sea, que los propios autores– resulta indispensable que el que toma prestado pague, por una cuestión de principios (aunque a mí más se me antoja cuestión de fines). Estoy pensando en solicitar el impuesto revolucionario a los prestatarios de mis libros: que tiemblen todos, que voy a pedirles un canon. Y luego me compraré una ouija para quedar con Mallarmé, Browning y Cervantes y entregarles sus legítimos beneficios.
A mí esto de pagar en las bibliotecas se me parece a lo de la circulación sanguínea: vamos, que todo pasa una y otra vez por el mismo sitio. Los gobiernos, estatales o autonómicos, compran fondos bibliográficos con dinero público (de los contribuyentes) para bibliotecas pagadas con dinero público (de los contribuyentes) y ahora la UE pide que se cobre un canon a los usuarios (que por supuesto son contribuyentes) por el préstamo de los libros que previamente, como contribuyentes, pagaron. De donde se deduce que los lectores han pagado cada libro no una, sino unas cuantas veces. Y que si a los autores no nos llega más dinero es que un virus por el camino lo intercepta. Me parece que este caso no lo resuelve ni House.
Veremos cómo salimos del atolladero, no vayan a endilgarnos –de nuevo a los contribuyentes– los 300.000 del ala. De todos modos, espero que a nuestros gobernantes se les ocurra para dispensarnos del canon ante la UE una excusa mejor que la que ya han avanzado que tienen en la manga: eso del retraso cultural de hace cuarenta años. Mal asunto: por aquel entonces, como no se podía leer a Lorca, se leía poco a Dostoievski; hoy, como se puede leer a Lorca, se lee masivamente a Dan Brown. O sea que calladitos, no sea que todavía nos aticen con más fuerza. Y si la tormenta arrecia, la solución es fácil: no leer, que es malo para la salud y la cartera.

Por qué leer, 10.05.06

Hace menos de un mes vi una de esas viñetas geniales y demoledoras de Andrés Rábago, más conocido por todos como El Roto, en la que aparecía un personaje recriminando a otros dos: “Ya no se puede ir por ahí con un trabuco, los atracadores han de ser gente con formación”. Razón tenía. La escena, aparte de remitirnos sarcásticamente a las leoninas condiciones del trabajo y del sistema de valores de la contemporaneidad, ponía el dedo en la llaga de un aspecto fundamental: que hay que leer, o sea.
En estos días estamos inmersos en la gran fiesta de la Feria del Libro. Es frecuente que a los escritores que merodean por ella se les haga la clásica pregunta: “¿y usted por qué escribe?”. Cada uno sale del trance como puede –la pregunta tiene su miga–, aunque al final los recursos de la fauna literaria son limitados y acaban todos por ponerse pelín trascendentes y repetirse un poco, que lo que de verdad nos interesa a los humanos –escritores y no– son en realidad muy pocas cosas, y las preguntas importantes que nos autoformulamos pues son menos aún (Gauguin, como es sabido, fue capaz de sintetizar las tres principales). La cuestión en cuestión se les hace más a los poetas que a los prosistas, y es una de las más temidas entre todas las posibles; no conozco poeta que no tenga una poética de bolsillo, a modo de “chuleta” espontánea, por si le asaltan con la inconveniencia. Y es que parece que el de poeta es oficio muy raro, porque a nadie le preguntan nunca, por ejemplo, por qué es abogado o promotor inmobiliario.
A mí –que escribo simplemente porque me gusta y porque además íntimamente lo necesito– me parece que el interrogante ha de ser otro, más que nada por aquello de buscar una respuesta menos personal y de interés más general (procedimiento deductivo, en síntesis): ¿por qué leer? Leer debería entenderse como un acto cotidiano, lo mismo que comer o lavarse las manos. Porque leer sirve para muchas cosas, y para muchas cosas prácticas, por añadidura. Suele decirse que leer nos adentra en mundos maravillosos, que nos hace viajar sin movernos del sofá, que nos permite paladear aspectos diversos de la cultura. Todo eso es cierto, pero habrá quien prefiera mundos prosaicos, quien no sienta necesidad de viajar, quien tenga aficiones no declaradamente culturales. Eso sin contar con que una concepción elitista y oscura de la lectura puede conducir a la demencia misma; que se lo digan si no a Melville, que acabó desesperado, sin un duro y como jaula de grillos por empeñarse en leer a Shakespeare, a Montaigne o a Coleridge. Ante esta perspectiva, cualquiera contestaría lo que Bartleby: “Preferiría no hacerlo”.
Sin embargo, leer posee aplicaciones reales que cualquier programa de incentivación de la lectura –cualquiera de esos que están ahora tan de moda– debería recalcar. Y es que leer sirve, por ejemplo, para entendernos a nosotros mismos sin necesidad de que ningún gurú –tradúzcase sociólogo– nos lo explique, que es como decir para ser más independientes y más libres. Leer sirve para ser capaces de votar –o no votar– sin que nos engañen con el cuento de la lechera, que no es precisamente la muestra más florida de nuestro acervo literario. Además, leer sirve para ser humildes, para darnos cuenta de que alguien lo dijo todo antes y mejor que nosotros, para eludir esa dolorosa limitación suspendida sobre nuestra cabeza como la espada que levitaba sobre Damocles en el festín de Siracusa. Leer sirve para saber que hay otros seres y modos no muy lejos, a la vuelta de la esquina. Leer sirve para tener ganas de luchar porque aprendemos que quienes vivieron antes que nosotros en un mundo cochambroso –no menos cochambroso ni deshumanizado que el presente– pudieron dejarlo atrás y superarse luchando. Leer sirve para saber lo que ya se logró en el pasado, con el fin de progresar y no seguir intentando obtenerlo estérilmente en el presente, ni mucho menos perderlo. Leer sirve para espantar al anticristo del poder despótico y desenfrenado. Leer sirve para salvarte la vida cuando todo lo demás naufraga. Y, en el peor de los casos, si nada de lo anterior se cumple, leer puede servirnos para ser atracadores dignos -con la debida formación, naturalmente.

Lecturas transversales, 12.04.06

Acaba de celebrarse en Cáceres el I Congreso Nacional de Lectura, y paralelamente en Madrid, en la casa de América, se ha organizado una Conferencia Europea –en el marco del programa Cultura 2000, que más que marco parece cajón de sastre, porque ahí cabe de todo– para tratar de fomentar “una Europa lectora, más libre y cívica”. En ambos foros –palabreja que ahora está de moda, sobre todo en el ámbito político– se ha llegado a la conclusión de que es necesario que los españoles leamos más. Así las cosas, a ver si, para empezar, nuestros “diputados y diputadas” se aplican el cuento –o la novela o el ensayo o lo que haga falta. En la clausura de la Conferencia Europea, Carmen Calvo se ha mostrado muy contenta –lo cual no es de extrañar, por otra parte, dado que acaba de salvar la pelleja en el reciente corte de cabezas Zapatero consule, cuando la lógica señalaba su cuello como uno de los más apetecibles– y ha apostado, con palabras dignas de Proust, por “la necesidad de políticas transversales, con la implicación de la iniciativa pública y privada, y en los distintos formatos, con el propósito final de que todo confluya hacia la lectura como la gran actividad humana de reflexión”. Es evidente que Calvo ha conservado su cartera –la ministerial, y en consecuencia la otra– por la complejidad conceptual de su discurso. Y por la loa de la transversalidad, claro, que nadie duda a estas alturas que es la panacea para todos los males del siglo XXI, junto con la sostenibilidad y tres o cuatro crípticas “idades” semejantes.
De cualquier modo, no sé de qué se quejan nuestros políticos, nuestros intelectuales y nuestros editores. Porque en España se lee, y mucho. Vaya si se lee. Sólo hay que echar un vistazo a las listas de los libros más vendidos en nuestro país: no salen por menos de un kilo de papel y letras cada uno. De calidad mejor no hablar, pero de cantidad, lo que se quiera. Algunos de estos títulos, incluso, se leen con suma aplicación; conozco el caso de un afanado lector de la Historia del rey transparente que, además de dedicarle varios meses al grueso volumen, subrayaba párrafos y hacía cuidadosas anotaciones con lápiz en los márgenes, como si de un valioso códice medieval se tratara; a los tres cuartos de hora se quedaba dormido en el sofá. Con aquel épico lector, seguramente transversal, aprendí que en España leer es sufrir, que es tradición muy arraigada en nuestros lares: los libros más vendidos y más gordos son como los pesados pasos de la Semana Santa, cuya sola contemplación causa admiración y angustia a un tiempo.
Está claro, pues, que no cabe albergar dudas acerca del ímprobo esfuerzo que los españoles dedican a desembarazarse de las páginas de los libros que más compran: además de la historia del rey de marras, las múltiples entregas de Harry Potter, Los pilares de la tierra, La Hermandad de la Sábana Santa, El último catón, la cuadrilogía de mi amigo Dan Marrón e incluso el Quijote –que también ha ascendido a la lista de los más deseados y adquiridos, quién sabe si leídos, después de convertirse en marca registrada– bastarían por sí mismos para agotar el potencial de celulosa de la Amazonía al completo y enriquecer a psicólogos, oftalmólogos y fabricantes de lentes progresivas. Algo que probablemente está ocurriendo ya. ¿Quién da más?
Ahora bien, si de lo que se está hablando es del ampuloso propósito de lograr “una Europa más libre y cívica”, tal vez debiéramos empezar por otros planteamientos. Aun respetando el natural derecho de todo lector a comprar lo que mayormente le apetece, quizá sería cuestión de devolver a la literatura a su debido lugar; de que los editores se planteen si su prioridad es publicar o vender; de que el sistema educativo enfatice con honradez e inteligencia los contenidos literarios; de que el sistema político-económico admita que la formación humanística es necesaria antes que inútil; de que se recupere el aprecio por la cultura y la civilización; de que se entienda el espíritu crítico como una virtud y no como un elemento socialmente conflictivo. Ninguna de estas cuestiones es “transversal”, sino central, onfálica. Al margen de la huera palabrería desplegada en encuentros, conferencias, foros, ¿quién está dispuesto verdaderamente a asumir los riesgos de una ciudadanía crítica y formada? Mejor será que nos dejen tranquilos, no lo vayan a poner peor.

Cervantes nuestro, 28.09.05

Hace unos cuantos días me encontraba charlando con uno de mis libreros favoritos cuando en la librería –hasta ese momento vacía– entró un cliente con cierto aspecto de urgencia. Sin dudarlo se encaminó hasta el librero y le solicitó con suma educación que quería “un Quijote”, al tiempo que musitaba algo azorado que desconocía el título exacto de la obra. A mi amigo librero, tan sabio como poco observador (ambas suelen ser características habitualmente coexistentes), no se le ocurrió otra cosa que arrollar al cliente con los eximios fastos editoriales del cuatricentenario: que si quería el Quijote de Mingote, que si el de la RAE (tales siglas debieron sonar al peticionario como si de las mismísimas SS se tratase), que si el de Francisco Rico… A estas alturas de la enumeración del catálogo de las naves, la indignación del cliente rebosó su propio vaso. Menos mal que, por fortuna, el hombre era de buenos modos, así que se limitó a precisar, no sin cierta irritación: “no, no, si yo quiero el de Cervantes”. Así se habla –pensé yo para mis adentros–, eso es tener las ideas claras, nada de gato por liebre. Al buen librero se le quedó el gesto como embalsamado y le indicó al comprador que sí, que por supuesto, que tenía una edición barata en dos tomos, mientras lo acompañaba hasta el estante en que la citada edición se encontraba. El cliente quedó allí dando vuelta entre las manos a la edición económica, y después de unos minutos se volvió enfurruñado hacia nosotros y dijo que no, que no se la llevaba, saliendo a continuación apresuradamente del comercio. “Natural”, le dije yo a mi amigo, “qué pretendías, después de haber intentado engañarle. Un poco más y le ofreces el Quijote de Avellaneda, o peor aún… el de Trapiello”.
A ver si nos enteramos de que Cervantes es legítima propiedad de todos los españoles, algo así como el toro de Osborne, que tan dignamente preside la Red de Carreteras Españolas desde tiempo inmemorial, tal vez incluso más allá de la remota época de la sangrienta suovetaurilia mediterránea. Con tales cosas no se juega. Para eso, además, se celebran los centenarios y hasta los cuatricentenarios: no por resaltar y aumentar y poner en sana circulación el valor de la “cosa” celebrada, sino para tener plena conciencia –al menos durante un año– de nuestro patrimonio y que no nos lo quieran escamotear, por si queremos explotarlo. Y a eso –a explotarlo– se dedican unos cuantos. De ahí que el logo con las aspas de Don Qvixote de La Mancha –caballero ingenuo cuando La Mancha no era todavía Comunidad Autónoma compuesta– haya dejado su sello en este año hasta en los envases de papel higiénico. Faltaría más; cada español con su Quijote hace lo que le da la gana, incluso –y sobre todo– en el cuarto de baño (por el este peninsular, sin duda menos identificado con nuestro manchego universal, es de suponer que lo hagan con Tirante-el-Blanco.CAT).
En realidad, y por llegar más lejos en lo del uso y abuso de la propiedad, pienso que –por supuesto, antes del final del cuatricentenario y con el logo citado– acabará por promoverse una edición especial de las aventuras de nuestro caballero Don Qvixote en ligero formato apto para lectura en inodoro, orientado a aquellos que gustan del placer de saborear su patrimonio durante la sentada cotidiana. No cabe duda de que los españoles, tan propietarios de nuestras propias cosas, saludaríamos a su autor como saludó aquel colega a Alexander Pope tras su traducción de la Odisea: “Bello libro, señor Pope, pero no diga que es de Homero”. Por fortuna, todavía quedan lectores inocentes que saben poner a abusadores y avispados varios en su debido lugar: si ha de ser un Quijote, pues que sea el de Cervantes.