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Adiós, muchachos (26.10.2008)

Han transcurrido ya muchas semanas desde aquel agosto de 2005 en que este viaje comenzó. Y siento quizá que ha llegado el momento de abrir la puerta y despedirse. Incluso la multiplicación de los panes y los peces debe tener un final... o el milagro dejará de serlo. Quienes por aquí han pasado seguirán siendo compañeros de aventuras.
Por el momento migro hacia otra casa. Allí serán todos bienvenidos. Mientras hago las maletas y me marcho suavemente, procurando no hacer ruido, les dejo en buena compañía.
Hasta siempre.




Lo prometido es deuda...

Prometí que escribiría más exhaustivamente sobre la exposición de Adriano en el Museo Británico. Quienes estén interesados pueden leer mi promesa aquí.
Ave.

El horror, 25.08.08

El horror, ese ente tortuoso que invocaba Walter Kurtz justo antes de morir en El Corazón de las Tinieblas, puede arrastrar al ser humano a las conductas liminares más insospechadas. Ante el horror, los códigos éticos más y mejor instaurados se desmoronan, lo relevante y lo irrelevante se trastocan, lo inimaginable se torna posible. Aún recuerdo, hace ya bastantes años, en un vídeo sobre la liberación de Auswitch, la impresión que me causó ver a una de las famélicas supervivientes, todavía harapienta, en el campo y en mitad del desorden de la liberación, arreglándose el pelo ante un pequeño espejo, quizá consciente vagamente de que estaba siendo filmada en un instante trascendental para la posteridad. Coquetería pavorosa, femíneo instinto desubicado. Cosas del horror.
Por desgracia, los conflictos bélicos suelen propiciar que la brújula humana extravíe su norte en mitad de un horror que escapa a las reglas, precisamente, de lo humano. También las grandes catástrofes, en que la muerte –esa enorme tragedia individual que ha alentado en las páginas de novelas y ensayos durante siglos y siglos– pierde su carácter distintivo para convertirse en un suceso casi banal, promueven los más extraños comportamientos. Tras el espantoso suceso de Barajas, en medio aún del desconcierto y del desconocimiento y de los interrogantes y del dolor, algunos supervivientes del horror empiezan a mostrar secuelas de un anormal desequilibrio, favorecido sin duda por lo extremo de las circunstancias. Peter Stafenides, sueco, médico de profesión, esposo de una de las escasas supervivientes del desastre, ha anunciado sin remilgos no sólo la venta al mejor postor de la primera entrevista que conceda su mujer cuando se encuentre fuera de peligro, sino la confirmación efectiva del trato con los periódicos Aftonbladet y Verdens Gang. Ambos medios, supuestamente prestos al carroñeo pero al tiempo aquejados de un pudor políticamente correcto, se han apresurado a negar la transacción. Mientras, Stefanides, que insiste en la realidad del trato, ya está previendo públicamente qué hacer con la suma, ajeno a los dictados comúnmente aceptados de la ética. Sus razones tendrá. El horror, con seguridad, está entre ellas.

Cave catum, 11.03.08

-No me gusta nada su aspecto -dijo el Rey-. Sin embargo, puede besarme la mano si quiere.
-Mejor no -observó el Gato.

Alicia en el País de las Maravillas, Lewis Carroll

Feliz Año Nuevo