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MÚSICA EN EL JARDÍN DE LA EDAD MEDIA

Los acontecimientos de las últimas semanas han propiciado la proliferación de un espíritu sombrío. La presencia constante de la amenaza de la enfermedad, sumada a las medidas de excepción que se han impuesto para intentar atajarla, sugiere de manera natural la percepción de la propia debilidad y, con ella, una mirada hacia tiempos pretéritos que en el imaginario colectivo guardan similitudes con nuestro entorno convulso. No es extraño entonces el singular revival que ha experimentado recientemente en la prensa la Edad Media, escenario fértil en plagas devastadoras y catástrofes bélicas y hasta ecológicas. Si además de la muerte generalizada pensamos en cuál podría ser el sonido de aquella época poco complaciente con los hombres, no es difícil evocar aquel siniestro apunte del historiador Huizinga: las carracas que acompañaban las comitivas fúnebres y las campanas que convocaban a reunirse para la difusión de las peores noticias constituían la banda sonora de esta edad paradójicamente impávida.
Pero en la Edad Media no solo había oscuridad y guerras y apestados. También había jardines y sus flores. Y dentro de las flores, cobró especialísimo protagonismo la rosa, brote de simbolismo extraordinario, muy próximo a tres esenciales elementos: el amor, el deseo y, por supuesto, el miedo. La historia de la rosa, de la rosa simbólica, es una historia oscilante, pendular y compleja: la rosa ha conocido la adoración, ha conocido el aborrecimiento, ha conocido el olvido y ha conocido la sacralización. Si hubiera de compararse con un personaje de carne y hueso, sería algo así como una Helena de Troya: temida aunque hermosa, sincera y ladina, princesa y puta, cautivadora y cautiva, suscitadora de amores y odios, bandera de guerras (Guerra de las Dos Rosas), cantada («una rosa es una rosa es una rosa») y denostada (Ángel González la llamaba «menti-rosa»). 
Puede decirse que la rosa entra en el mundo civilizado occidental, quiero decir, de modo «lógico», intelectualmente sopesado, de la mano de los griegos. Homero menciona una rosa plebeya, silvestre, de tan solo cinco hojas, que tiene una función medicinal: la producción del óleo con el que Afrodita unge el cuerpo de Héctor en la Ilíada. El afecto de Afrodita por la rosa fue inmediatamente compartido por todas las divinidades, y en el valle de Frigia crearon un jardín que quedó al cargo del Rey Midas, un vergel donde solo crecían rosales exquisitos, custodiado por una verja de oro. Ya en estos principios mitológicos se aprecian algunos asuntos que posteriormente repuntarán en la Edad Media, aunque reelaborados, como son el vínculo de la rosa con la mujer, con el amor venusino, con la pureza (en la persona de la doncella rescatada) y con el jardín amurallado.
Si en Roma la rosa había adquirido el esplendor máximo de su paganidad, el Cristianismo se encargó de arrebatárselo. Prudencio calificó a la rosa de planta espiritualmente venenosa. El Cristianismo Primitivo, poco dado a los placeres ni a la celebración de lo terreno, favoreció el retroceso de una flor que evocaba la vitalidad mundana. El advenimiento de los bárbaros hizo el resto: nada quedó en pie de la gloriosa cultura romana, todo fue destruido, y si cayeron poderosas instituciones y ciudades, mucho menos podían resistir los modestos cultivos y las flores. Era el comienzo de la Edad Media. La cultura grecorromana y las rosas hubieron de refugiarse en el mismo lugar: los monasterios. De algún modo, la rosa abandona su existencia bacanal y retorna a su origen de tesoro recoleto custodiado entre paredes. Como el hijo pródigo, regresa avergonzada al jardín, al hortus conclusus, que por un lado evoca el frustrante sentimiento del Edén Perdido; por otro, constituye una realización idílica del paradigma cristiano en que la Virgen suele aparecer en un jardín cercado sentada sobre un lecho de rosas, con un pequeño Jesús entre los brazos que toca un instrumento musical; y, por último, en una cuasi herética combinación de ambos, suele ser el escenario en que, entre arquitecturas ambiguas, fuentes rumorosas, especias excitantes, árboles exóticos y rosas fragantes, se resalta la pureza de María como inocencia paradójicamente apasionada, como bomba espiritualmente sexual. La música y el jardín, y dentro del jardín las rosas, pronto entrelazarán una profunda y provechosa amistad. Como muestra de la importancia del hortus conclusus, puede recordarse esa hermosa pieza perteneciente al gótico tardío (siglo XV), cuyo autor es el español Rodrigo de Ceballos, que lleva precisamente este título y que es una musicalización de un fragmento del Cantar de los Cantares. La confusa ambigüedad reinante en el jardín cercado, con la rosa como símbolo de amor puro pero intenso y la vinculación de la Virgen María con un extraño protocolo amoroso queda a su vez bien representada en la música de uno de los grandes maestros del Ars Subtilior, Elzear Genet, también conocido como Carpentras; se trata de «Haec est illa dulcis rosa. Salve», bello motete a cinco voces, donde se realiza un elogio cortés de la belleza mariana. (Ambas piezas pueden encontrarse en el disco La rosa, el lirio y el arándano. Jardines medievales, a cargo del Orlando Consort, bellamente editado en formato libro-disco por HM).


Cuando las turbulencias fueron amainando y los bárbaros fueron desbastándose, se empezó a pensar en vivir un poco más civilizadamente. Será Carlomagno quien recupere el esplendor de la vida cortesana en sus residencias de Ingelheim y Aquisgrán e incluso, sorpréndanse, imponga por decreto el cultivo de la rosa en su Capitulare de Villis vel Curtis Imperii. A partir de aquí la suerte de la rosa comienza a remontar. Las damas la adoran y de la adoración de la mujer a la asociación femínea con la flor y de ambas con el amor, siempre en el entorno del jardín, solo media un paso. Curiosamente, en esta transformación ideológica de la flor hay un elemento nuevo y fundamental: la música. Erwin Panofsky apunta que es frecuente en el arte medieval la representación de jardines en que una mujer toca el laúd o huele una rosa. Las damas en los bailes tocan su cabeza con arreglos de rosas, en las danzas de los siglos XII y XIII las parejas llevan en las manos ramos de rosas que se intercambian al compás de flautas y dulzainas. Frente a las canciones de inspiración popular o goliardesca, en que la rosa tiene connotaciones lúdicamente eróticas («Una joven portaba una túnica roja; si la acaricio,  la túnica se estremece; una joven se me mostraba como una pequeña rosa, con su rostro radiante y su boca una flor»), la literatura más culta se impregnaba también de este espíritu y reelaboraba estos temas en obras que acogían las corrientes líricas del amor cortés, que se desarrollaban siempre en el ámbito del huerto (del huerto cerrado, amurallado), cuyo objetivo esencial era la conquista de la Dama-Rosa, para lo cual se recurría a todo tipo de argucias, las musicales incluidas. Como muestra del papel crucial de la rosa en el amor cortés puede traerse a colación una hermosísima composición de John Dunstable, la ballata «O rosa bella», que conocerá recomposiciones posteriores y que se expresa en los términos siguientes: «Oh, rosa bella, dulce alma mía, no me dejes morir por esta cortesía. Tan triste como estoy, podría morir tras servirte con perfección y lealtad. Oh, dios del amor, qué doloroso es amar; ve cómo muero por este pacto amoroso. Auxíliame en mi enfermedad: corazón de mi ser, no permitas que muera». (Esta versión, que se sitúa en los más audaces inicios de la interpretación de la música antigua, allá por el año 1983, se encuentra en Mi verry joy, precioso disco del Medieval Ensemble of London, encabezado por Peter y Timothy Davies, registrado en el sello L'Oiseau Lyre).


Es evidente que en este contexto no podemos dejar de citar el Roman de la Rose, donde el jardín es lugar y metáfora, y el amante es jardinero, raptor y músico. El Roman de la Rose fue escrito hacia 1225 por Guillaume de Lorris  y continuado por Jean de Meun en la segunda mitad del siglo XIII. La parte redactada por Guillaume de Lorris es ante todo un «arte de amar», con forma alegórica. Pero en realidad el éxito de la obra se debe a la extensísima continuación de Jean de Meun, que refleja un momento crucial de la Historia occidental: los ideales corteses se habían hundido, la sociedad feudal empezaba a debilitarse y la crisis se extendía a todos los ámbitos. Jean de Meun, erudito, estoico y neoplatónico, y uno de los autores satíricos más crueles de su época, aprovecha para denostar el concepto de la Dama-Rosa como mera fuente de placer y la adecuada recolocación del amor en el contexto de la procreación; para ello se sirve de descripciones misóginas, agresivas y a veces procaces —como el episodio final, con la grosera desfloración de la Rosa—, que en realidad constituyen una profunda crítica a las costumbres relajadas del estamento nobiliario de su tiempo y una denuncia de la gran hipocresía que encerraba la cacareada delicadeza del amor cortés, el cual no suponía sino «un freno para el desenfreno».
De la indiscutible celebridad y propagación del Roman de la Rose, texto de influjo ovidiano que fue fundamental para la historia de Europa, se hicieron eco de forma inmediata músicos de la talla de Guillaume de Machaut y Solage, también Jacques de Cysoing o Brunel de Tours, amén de numerosos compositores de los que solo nos ha quedado la música pero no sus nombres. Todos ellos, en plena época gótica, rescataron episodios especialmente significativos de la obra («En el vergel de las rosas», «Beso precioso», «Yo os suplico dulce rosa»...) en un viaje trovero apasionante entre las producciones del Ars Nova y del Ars Subtilior. En este sentido, me permito recomendar el disco Le Roman de la Rose, del conjunto Per-Sonat, encabezado por Sabine Lutzenberger, que incluye una carola —danza popular citada en el Roman— y una bella canción de Guillaume de Machaut que describe el amor que la Rosa prendió como una flecha en el ojo y el corazón del caballero. Entre los diez mandatos del Amor que proporciona el Roman de la Rose se encuentra, y no por casualidad, el de cantar, tocar instrumentos y bailar con gracia. En el Episodio de Pigmalión se enumera la variedad de instrumentos con que se podía intentar atraer el favor de la dama, aun no siempre con éxito.


Con la rosa ya instalada en el hortus conclusus —aunque ya hemos visto que de conclusus, poco—, y desde sus evocaciones más sagradas, se tenderá un puente hacia la más intachable feminidad y el amor más puro: María, invocada como Rosa Mystica, Rosa Fragans, Rosa Rubens, Rosa Novella. Como Madre, María, la Rosa entre las Rosas, es capaz de conjurar el mal, la muerte, de donde es frecuente que la rosa en cuanto flor se use en su asociación mariana para ahuyentar la desgracia y el terror. En los tiempos de las sucesivas pestes europeas —ya inmersos en el siglo XIV, en pleno apogeo del miedo— los pétalos de rosa se usaban como amuletos y para intentar purificar las ropas, lamentablemente en vano, de los afectados por la enfermedad. (Este concepto de María se puede escuchar en el disco Rosa das Rosas. Il simbolo della Rosa nel Medioevo, a cargo del ensemble Chominciamento di Gioia, en el sello III Milenio).


La Rosa Diosa del Amor Espiritual no conseguiría, sin embargo, neutralizar la visión más estrictamente placentera que de la flor tenían otros poetas coetáneos, cuya estela, por lo demás, otros continuaron. No olvidemos aquel malicioso romance anónimo que reza, con clara alusión a la rosa como pérdida de la virginidad: «Yo m'iba, mi madre / las rosas coger. / Hallé mis amores / dentro en el vergel. / Dentro del rosal / matarme'an.» En los jardines amorosos de la Edad Media había mucha ropa que lavar y la música, como se ha visto, nos ha legado sobrado testimonio.

Crestas y vaguadas, 04.10.08

El gran historiador del arte y de las ideas Erwin Panofsky escribió allá por los años 60 del pasado siglo un libro irrepetible llamado Renacimiento y renacimientos en el arte occidental. La cosa iba de que, si bien todos estamos al tanto de la existencia y caracteres de ese periodo de esplendor que se ha dado en llamar Renacimiento, existen además otros periodos, más o menos sistemáticos a lo largo de la Historia, a los que también cabe apelar con ese nombre, siquiera con minúscula (por ejemplo, el renacimiento carolingio del año 1000). A la par que esta teoría, o en realidad sustentándola, argumenta Panofsky que nuestra Historia es como una cinta que describe ondulaciones –crestas y vaguadas– que determinan de modo ineludible la brillantez o zafiedad respectivamente de los diferentes periodos cronológicos que atraviesa el Hombre en su carrera (ya sea con Bonos del Estado o en la compaña de la Puri), de forma que a una etapa de magnificencia cultural antecede necesariamente una ciénaga intelectual.
Y todo esto me viene a la cabeza cuando pienso en el paso por el Teatro de Falla de Cádiz en esta semana de ese grupo británico de… individuos (músicos no son, artistas tampoco, en todo caso acróbatas) llamado Stomp –gráfica onomatopeya–, al parecer avalados por un éxito arrollador cosechado en lugares múltiples del mundo, que les han granjeado no sé cuántos millones de espectadores. El espectáculo de Stomp es plenamente contemporáneo. Quiero decir que encaja en la estética y en las necesidades intelectuales (o más bien en la carencia de ellas) propias del Hombre de hoy. Lo que por parte de Stomp es, no sé si inteligente, pero sí decididamente avispado. Ahora bien, lo que a mí me incomoda sobremanera es detenerme a pensar que unos individuos que sólo hacen ruido –un ruido infernal, por cierto– durante más de una hora, valiéndose de todo tipo de trebejos, despojos y cachivaches derelictos, puedan arrastrar el aplauso de los espectadores del modo en que lo hacen. El espectáculo de Stomp es intencionadamente chirriante, residual, de vertedero. A tono con los tiempos, repito. Pero no se me vaya a entender mal. La culpa no es de Stomp, sino de esta maldita vaguada en la que chapoteamos torpemente. Si Mozart desde su cima levantara la cabeza... y viera esto:

Parole, 14.06.08

Hace un par de días ejercí como jurado -¿jurada?– en un importante premio de poesía. La importancia del certamen no disuadió a algunos osados de participar en tan alta empresa literaria, y en tal empeño no dudaron en ofrecer flores nuevas al refulgente metal de la lengua española. Uno había que se “descarcañalaba por fuera” (¿?) y otro que apelaba a extraños “chupiteles invernales” (¡!) cuyo significado ninguno de los miembros del jurado –tampoco las miembras- logramos desentrañar. Acongojados y acongojadas en nuestro torpe entendimiento ante estos crípticos términos, hubo quien propuso para el externo descarcañalamiento del afligido vate un uso importado de Hispanoamérica, mientras que por el otro flanco de la mesa se avanzó tímidamente la posibilidad de considerar ‘chupitel’ un anglicismo de próxima e ineludible inclusión en el diccionario. Otro de los miembros del jurado se puso súbitamente violento sin razón aparente, pero le sugerimos salir por un instante de la sala y hacer una llamada de teléfono para desfogarse y reciclarse, y hete aquí que volvió muy macho, pero suave como una seda. Sintiéndonos finalmente satisfechos y satisfechas por lo bien que resolvimos el conflicto, nos satisfizo también en el acto, digo en el acta, añadir una petición de propuesta a la RAE de revisión de sus recursos léxicos, decididamente limitados y retrógrados.
Después de perder gran cantidad de tiempo en dirimir estas sandeces nos aplicamos a lo sustancial, que era la elección de un poemario comm’il faut, bien escrito, sin supuestos americanismos ni anglicismos ni mandangas ni mandangos. Por suerte, no emergieron más egregios lexicógrafos, y siendo los que había escasos en número –sobre su “género” o especie, prudente es no precisar–, rápidamente quedaron sepultados en el magma de los ignaros acelomados y pseudobípedos de cuyo nombre es mejor olvidarse… dejando vía expedita a lo esencial de la palabra: la que brilla en el cálamo de los cultos y discretos y se envilece en la desenfrenada boca de los necios. Un sevillano –Manuel Jurado– se llevó el galardón, con un libro en verdad excelente titulado Los dioses vulnerables. Vulnerables, sí, sobremanera en estos tiempos: ante los lerdos ni los dioses siquiera están a salvo.

Gallinas en Moscú, 08.06.08

Los alumnos del Conservatorio Manuel de Falla de Cádiz han regresado al fin a casa –con sus instrumentos de cuerda bajo el brazo– después de vivir una de esas excitantes historias de aeropuertos con que las autoridades y responsables de seguridad en el entorno aéreo se encargan de amargar el viaje al más pintado –si me apuran, hasta al mismísimo Miguel de la Quadra Salcedo–; siempre, naturalmente, por nuestro propio bien, como una toma de aceite de ricino. Es más que probable que a los chicos gaditanos que se fueron a Moscú con la ilusión de haber sido invitados por el Conservatorio Chaikovski no se les va a olvidar la experiencia. Hay que matizar, no obstante, que la odisea vivida en el aeropuerto moscovita –cualquiera que este fuese, de los cinco que allí funcionan– exige una reflexión serena; no debe confundirse una legislación absolutamente protectora de todo lo relacionado con el arte –y quién en su juicio podría dudar, sino en esta culta España nuestra, de que un instrumento musical es arte– con una normativa aeroportuaria absurda o un trato denigrante específico.
A mí en particular se me antoja loable que se vigile la posibilidad de traficar con instrumentos musicales. Regresada como estoy de un viaje por Italia en que pude contemplar en la Accademia florentina una selección de bellísimos Amati, Stradivarius y otras maravillas semejantes, entiendo perfectamente que este asunto debe ser objeto de cuidadosa atención. Lo que ocurre es que España la cultura y la música importan menos aún que un figo, y el tratamiento que reciben música y músicos por parte de nuestras instituciones es tan estulto y lamentable que se encuentra normal llegar con un violín a Rusia –donde, a contrario, la consideración hacia las artes es extrema– como Paco Martínez Soria a Madrid con una gallina en el cesto.
La diferencia estriba en que a estos chicos les echaron el alto con lógica en el aeropuerto de Moscú por no llevar en regla los papeles de sus instrumentos –responsabilidad, por supuesto, no de los estudiantes, sino de quienes organizaron el viaje– y a mí en Madrid Barajas me paró los pies un Einstein de seguridad empeñado en que mi perfume Rive Gauche de Yves Saint Laurent (qepd) era un arma de destrucción masiva. Pero es que los del Este son muy raros.

Educación, 02.05.08

Qué difícil es delimitar el ámbito preciso de la educación. En estos días en que asistimos a la penosa batalla (ya sentencia) legal acerca de dónde clavar los postes de la valla, cabe preguntarse por qué continúa siendo la educación un arma arrojadiza y, sobre todo, un instrumento de manipulación de las conciencias con vistas a la formación de ciudadanos que ejecuten órdenes transmitidas a través de un chip instalado allá por donde Descartes situaba la glándula pineal, esa minúscula cosita que ponía en relación el alma con el cuerpo.
Con independencia de que estemos más o menos acordes con la redacción concreta de los textos que integran la polémica asignatura de Educación para la Ciudadanía, lo que debe hacernos reflexionar es la base ¿jurídica? sobre la que se sustenta la sentencia con que el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía anula determinados contenidos de la asignatura en cuestión: y es que parece ser que plantear el respeto entre hombres y mujeres e intentar educar a los jóvenes en ese ideario obvio “invade la ética, el derecho y la moral”, aparte de suponer una vulneración de la “neutralidad obligada del Estado”. Mientras leo en la prensa estas descabelladas elucubraciones del TSJA, y a punto de caer en la tentación (irresistible, es cierto) de creer que la oligofrenia se ha apoderado de algunos de sus miembros, me pregunto por qué hay jueces que sistemáticamente se pasan por las corvas nuestra ley de leyes, esto es, la Constitución Española, con la mayor de las impunidades. El artículo 27.2 de la CE afirma que “la educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales”, artículo que, al parecer, nuestros sesudos jueces ignoran.
Apelar al supuesto derecho de los padres a educar a sus hijos en exclusiva dentro del ámbito doméstico (¿a la manera de Josef Fritzl, por ejemplo?) es una pretensión peligrosa, además de una entelequia en el sistema en que vivimos; por algo firmamos ya hace algunos siglos un Contrato Social con aceptación de áreas comunes y separación de poderes… aunque hace tanto de esto que algunos –en especial nuestros jueces– ya no lo recuerdan.

Límites... de la cultura, 03.04.08

El pasado martes se inauguró en la Sala Mouro del Faro de Cabo Mayor la exposición Límites, una propuesta que, con origen en el pasado otoño, congregó entonces a lo largo de varias jornadas a la poesía, la literatura y la fotografía en torno a un hilo temático común, como es el de los lindes en el territorio de la creación, y que en esta particular muestra del Faro reúne aquellos trabajos alumbrados y desarrollados en noviembre. La exposición se completa con un espléndido catálogo, diseñado con sobrio y exquisito gusto por el asimismo comisario de la exposición, Jesús Alberto Pérez Castaños. Nada de esto, en verdad, sería específicamente reseñable en un entorno en que predominaran las iniciativas culturales bien organizadas, con la debida consideración a los artistas y al público, llevadas a buen término y convenientemente arropadas en recursos y difusión. Bien al contrario, no es extraño por estos lares –también por muchos otros– que se piense que las iniciativas culturales constituyen una penosa obligación que hay que cumplir para lavar la imagen, y que por ello lo que conviene es mirar el céntimo de euro y hasta el espacio en que se celebran, porque, en definitiva, ya se sabe que la cultura es cosa de pocos y cosa, además, poco rentable. Y así piensan, en efecto, quienes no saben ver más allá de sí, quienes ignoran que la cultura en otros países está moviendo cantidades económicas apabullantes que suponen un elevado tanto por ciento de su PIB, quienes no tienen la menor idea de que la cultura es capaz de generar muchos puestos de trabajo, quienes no pueden concebir que la cultura es un regalo perdurable que requiere de cuidado a largo plazo en lugar de migajas y desplantes inmediatos, quienes ni siquiera se imaginan que hay grandes ciudades que viven de y gracias a la cultura.
De modo que cuando en nuestro Santander tiene lugar un acontecimiento cultural bien tratado, el asunto se convierte inexcusablemente en noticia. Límites ha sido una de esas ocasiones, auspiciadas, todo hay que decirlo, por la celebración de los 75 años de la Autoridad Portuaria, institución con una larga y encomiable trayectoria vinculada al patrocinio del arte, la música y la literatura; trayectoria que es de esperar, por el bien de la cultura de Cantabria, que no decaiga. Si al interés de la Autoridad Portuaria se une el entusiasmo de quienes tienen probada capacidad de proponer proyectos y sacarlos adelante, e igualmente la entrega de quienes participan y asisten, pues nos encontramos con un proyecto como Límites. Esperemos que haya más, con el fin de que la maltrecha “Atenas del Norte”, como en un tiempo quiso titularse esta ciudad, pueda mirar hacia delante con su propio nombre y el de las personas que la hacen posible. Para los descreídos, traigo hasta aquí la atinada sentencia de Plutarco: cultura es lo que permanece cuando todo lo demás se olvida. Ahí queda eso.

La Filmoteca y su circunstancia, 14.03.08

Parece ser que al fin se reanuda la actividad de la Filmoteca de Cantabria en la última semana de marzo, después de diez meses de silencio y cierre. La causa de la suspensión de la programación en un espacio cultural que contaba con una notable acogida entre el público de Santander fue en apariencia insustancial… o no tanto: la sala en cuestión no contaba –inexplicablemente, dado el carácter de las instituciones implicadas– con la debida licencia municipal de apertura y autorización para la actividad desempeñada. Tiene guasa que las instituciones oficiales se pasen por el arco de triunfo una normativa que se exige con rigor a todo establecimiento de nueva creación. El caso es que, para más inri, la supuestamente grave ausencia de esta preceptiva autorización no impidió el funcionamiento de la sala desde 2001 a 2005, en que las denuncias de los vecinos de las inmediaciones por causa del ruido acarrearon la apertura por el Consistorio de un expediente de tramitación de la licencia de marras, que implicaba la consiguiente necesidad de remodelar la sala. El Gobierno entonces se pone estupendo y se niega a cumplir tales exigencias, aduciendo en los tribunales indefensión ante el Consistorio. Mejor no imaginárselo. Todavía después de todo esto, y en mitad de tan ridículo partido de ping-pong, la sala siguió funcionando en precarias e ilegales condiciones, hasta que en junio de 2007 se cierra. En resumen: hemos asistido a una desavenencia jurídica que en realidad más bien parecía encubrir un penoso y surrealista enfrentamiento entre instituciones de diferente color político, a la par que una chapuza de singular calibre de esas a las que por estos lares ya estamos más que acostumbrados.
Los grandes perdedores de todo este asunto han sido, como siempre, los de a pie. Sin contar con los innecesarios y desproporcionados gastos que ha generado para el bolsillo de los ciudadanos este complejo y absurdo proceso de “tocamientos” y malentendidos (el dinero de nuestros impuestos también parece ser, como nuestra amada Cantabria, infinito), los asistentes habituales a la Filmoteca se han visto privados durante diez meses de un atractivo servicio cultural por la mala cabeza de los gestores implicados, menos interesados en la iniciativa en cuestión que en la foto de prensa correspondiente: así nos luce el pelo en este país –por no decir en esta región, no vaya a pensarse que personalizo–. Y es que para este servicio cultural, que no sólo acogía cine, sino también producciones escénicas y algún que otro concierto, en ningún momento se ha buscado un espacio alternativo que pudiera servir de “sustituto” provisional con el mismo espíritu y de manera sostenida mientras se desfazía el entuerto. Todavía ahora estamos temerosos, aguardando que se abra la caja de Pandora y se desperdigue alguna otra calamidad en la rueda de prensa que próximamente se nos avecina.
Por otra parte, es de esperar que la programación resulte más encauzada y selecta que en los últimos tiempos previos al cierre, en que, salvo excepciones, lo que dominaba era un pêle-mêle insoportable de ciclos difusos y mezclados sin venir a cuento, proyecciones dispersas y una poco edificante reincidencia en títulos no siempre afortunados que habían pasado por las salas comerciales en la quincena anterior. Una filmoteca no debe ser un local crematísticamente rentable sino un servicio cívico inteligente, de modo que ojalá con la calma de las aguas retorne el buen gusto a un espacio que, durante un periodo de su existencia, aportó pasajes de auténtico interés a la cultura cinematográfica de esta ciudad.

Prácticas de riesgo, 05.03.08

Hace unos días se paseaba por Santander el escritor Álvaro Pombo, haciendo gala de su reciente condición de candidato en el seno de las filas de ese nuevo partido cuyas siglas son UPD. El novelista venía al Paraninfo de la Universidad de Cantabria a presentar su propuesta a los santanderinos, al tiempo que, en una de sus ya habituales “astracanadas” –es un decir–, afirmaba contundente que esperaba no salir elegido, dado que lo suyo no era la política. No deja de sorprender semejante aseveración en el número uno de la lista de UPD para el Senado. ¿Tan poca fe deposita el señor Pombo en las huestes de su partido, que opina que ni siquiera encabezándolas con su preclaro verbo obtendrán un resultado decente? ¿Qué significa en realidad para don Álvaro la posibilidad de la experiencia senatorial? Aquí sólo caben dos posibilidades: o el bueno de Pombo está documentándose “de tapadillo” para una nueva novela ambientada en las mansardas del madrileño Palacio de Montalbán –qué horror– o bien se está cubriendo las espaldas por si acaso, que lo de ser político en estos tiempos es práctica de alto voltaje; como mínimo, te arriesgas a que un paisano tuyo –Eduardo Noriega, por ejemplo– quiera matarte en un lugar tan grotesco (para estos menesteres, se entiende) como la bella Plaza Mayor de Salamanca… o junto a nuestra nunca bien ponderada Grúa de Piedra, por aquello de introducir una exótica variante local.
Después de todo, tal vez se trate, simplemente, de que lo que ahora está de moda es dedicarse a cualquier cosa menos a lo que se supone que uno se tiene que dedicar. Porque no se dirá que no asusta esta tendencia ultimísima de las Universidades –la de Cantabria no es una excepción– a meter con calzador la política en su entorno, cuando lo estrictamente esperable de la Universidad, como buena alma mater que se le ha otorgado ser, parece la adecuada nutrición espiritual de sus alumnos lactantes… La Universidad se entrega, en cambio, a facilitar la propaganda natural perseguida por los aspirantes al control de la res publica, en la misma medida en que los novelistas se dedican a encabezar listas políticas que les importan "un figo" –en palabras de Berceo–. Al fin y al cabo, en un mundo en mutación perpetua en el que hasta los filósofos más vetustos a la par que reputados se ocupan en detallar sus multilingües experiencias en el catre como si tal cosa (al amigo George Steiner le han aconsejado pésimamente su editor o sus decrépitas hormonas), ya no pinta feo ir de rebajas, incluso en los almacenes de lo intelectual. La cuestión es reciclarse a cualquier precio, incluso siendo este precio más moral que crematístico. La mezcolanza de política y cultura, tabú sagrado donde los hubiere, amén de práctica de riesgo ético por los siglos de los siglos, ha dejado paso a un amigable intercambio de fluidos que no sólo no está mal visto sino que hasta se antoja plausible. Cosas de la contemporaneidad.