Acabo de regresar de la capital británica, de un viaje de trabajo (de trabajo placentero) en que he logrado arañar tiempo para asistir a uno de los conciertos de los Proms y a la magna exposición que sobre el emperador Adriano se exhibe en el British Museum. Tenía relativa curiosidad por ver cómo tratarían los ingleses la figura del emperador de origen andaluz –Adriano, nacido en realidad en Roma, era de familia con decidida raigambre bética–, uno de los emperadores más respetados y polifacéticos de la historia latina… y uno de los pocos emperadores, por lo demás, que murió de muerte natural, ajeno a dagas y venenos. La exposición arranca y muere en la literatura: desde las célebres Memorias de Adriano de Yourcenar, cuyo manuscrito se exhibe en una vitrina como un objeto más de culto (reconocimiento que se me antoja absolutamente merecido) hasta los reflexivos versos Animula, vagula, blandula… atribuidos al emperador, flota en todo el montaje un homenaje a las palabras, también a las de los escritores clásicos, que sirven de guía en las diferentes secciones de la exposición comisariada por el conservador Thorsten Opper.Guerrero. Soñador. Visionario. Son los tres adjetivos con que se sintetiza en la muestra el quehacer y el vivir de Adriano. Y en todos ellos, y en la propia existencia del emperador, sus raíces andaluzas tuvieron un peso decisivo. Así al menos parece entenderlo el comisario, que subraya la ascendencia surhispánica de Trajano, predecesor y padre adoptivo de Adriano, e igualmente las raíces parentales de este último, cuya familia no sólo dotó al Senado con varios miembros, sino que además estos mismos y otros similares comenzaron a conformar una nueva elite senatorial bien distinta a la imperante hasta el momento. Los productos mediterráneos, y en particular el aceite, proporcionaron una vida muelle a los béticos y sobre todo a las familias que dominaban el entorno. Esa molicie permitió, a su vez, la excéntrica vida de Adriano –el primer emperador barbado, dicho sea de paso–, sus viajes y su gusto por lo griego, su tendencia a la literatura, la filosofía, la belleza… en combinación con un imparable cursus honorum y una mano firme en que se aunaron la violencia más implacable y la ternura homosexual más desbordada: los mil rostros de un andaluz inmortal.

En todas estas obras, así como en los destellos de paisajes y árboles también presentes, siempre la luz acontece por la espalda, alumbrando el presente desde el pasado y a la vez proyectando la sombra alrededor. Pero además la luz se filtra a través de la pintura y de la trama del papel, ofreciendo un misterio velado como aquellas evoluciones orquestales de Toru Takemitsu de su Jardín Espiritual –otra vez Oriente revoloteando no por casualidad en los papeles japoneses utilizados por Bermejo– o la estela luminosa de sus pájaros blancos persiguiendo a un único pájaro oscuro hacia el Jardín Pentagonal…

En el caso de Jean-Michel Basquiat, su personal debilidad intenta combatirse con rasgos hiperbólicos: hipérbole en el tamaño de sus obras, hipérbole en la escatología de su discurso y de sus temas, hipérbole en la obsesión escrituraria y expansiva, hipérbole en su arrogante signo –su corona omnipresente– contra el mundo. Hipérbole desesperada, lucha feroz, exceso de artillería y aspaviento contra una realidad que, por el contrario, destruye con la eficacia aterradora e implacable del sigilo.


De ese silencio, temible muchas veces, sereno otras, enigmático siempre, participan con especial dedicación no sólo los acantilados o los paisajes de montaña o hielo, sino también las estancias personales del artista, sus “gabinetes” austeros cuajados de libros y de elementos propios de la Historia Natural: animales disecados, caracolas diversas…; gabinetes sin paredes, accesibles, abiertos a la Naturaleza e impregnados de su también tácita sabiduría. Y los pájaros: tantos, tan variados en especies y proporciones, que parecen evadidos del Catalogue de Messiaen y prestos a idéntico recogimiento canoro.
Quizá en este último camino deba intensificar Mazarío su investigación, desbrozar las orillas y arrancar las malas hierbas para llegar a una esencia que en estos nuevos cuadros, a pesar de algunos apuntes de interés, aún se le escapa. O tal vez es que estemos demasiado acostumbrados a esas escenas suyas en que la serenidad es elocuente y la figura humana un leve hilo de cometa que puede conducir a un estrato insospechado, allí donde la gravedad no existe y las palabras se desparraman por el aire en un discurso alejado de la convencionalidad –algo bastante parecido, en suma, a la umbría caverna de la poesía–. En muchas de estas tablas se sigue apreciando esa maestría en el manejo de los planos tan característica de José Luis, ese misterio en el decir callado –un tanto delvauxiano– de las figuras flotantes o en los paisajes recoletos, esa limpieza en un mantel extendido sobre un velador junto al mar, esa asimetría que cuestiona el corazón de las certezas, esa sorpresa en el ángel incorpóreo que se asoma para anunciar lo inesperado; ángel trasunto, tal vez, del pintor, que a su modo susurra lo inefable: Mazarío en su ventana que es un lienzo.











Humano, demasiado humano, sí, Darío Villalba. Tanto que apenas puede resistirse.






