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Bestiarium Palatii II, 02.09.08

Tras la clausura de la última jornada fistivalera, me veo en la necesidad de compartir aquí la detección de un par de especies nuevas:

Nalgae inquietae
Dícese del espectador que, incapaz de estarse quietecito en la butaca, se mueve continuamente y sin cesar a lo largo de todo un concierto o representación, dificultando con ello la visión del desdichado que se encuentra a su espalda. Existe una variante peculiar, en que el movimiento sólo se produce en el tercio superior del cuerpo: se trata del Caput Oscilantisimum, cuya cabeza pendulea de un extremo a otro de la butaca, obligando sincronizadamente a hacer lo mismo a quien se halla detrás; es esta, por tanto, variante peligrosa por su capacidad de contagio.

Telephonans perpetuus
Trátase del individuo que no puede prescindir de su móvil durante un espectáculo. Cabe documentar dos subespecies: aquel que permite que el aparato suene por razones inexplicables, a pesar de los avisos de magafonía, y que se corresponde con el Telephonans Stultus Ruidosus; y el Telephonans Stultus Fotofilicus, adicto a la luz que emana de la pantalla del móvil, que consulta y enciende cada diez minutos de espectáculo.

Por lo demás, he descubierto ayer mismo una variante de la Scalatrix Intrepidans mencionada en la Lección Primera. Se trata de la Deslizatrix Sutilis Contorsionans, que en esta ocasión no trepa por encima de las barras de separación, sino que hábilmente y con exhibición sin par se desliza por debajo de las mismas.

Lección de Zoología: Bestiarium Palatii, 28.08.08

A continuación esbozaremos un pequeño muestrario de los especímenes asistentes a los actos fistivaleros celebrados en el Gran Palacio Musical y sus aledaños. Conste que el presente bestiario es una selección de los ejemplares detectados por esta modesta investigadora en su particular trabajo de campo. Tal vez la lista pueda completarse con más especies por parte de otros investigadores más esforzados que la que suscribe. Todo sea por el bien de la ciencia. Así pues:

Toseturus terminalis gravisEn general, apelativo aplicado a todos aquellos que sufren y sufrirán per saecula saeculorum ataques de tos fulminantes entre movimientos sinfónicos o en los momentos clave de una obra de teatro, neutralizando los sonidos provenientes del escenario. Si el sujeto persiste en su agonía de forma desconsiderada, puede llegar a alcanzar la categoría insidiosa de Gonadotocus carraspei, espécimen que los ignaros designan con cacofónico término vulgaris (algo similar a “tocapelotas tosedor”).

Scalatrix intrepidansDícese de la asistente a los espectáculos fistivaleros que, acuciada por el hambre nocturna, se precipita antes de la conclusión del espectáculo por encima de las barras de separación de butacas, escalándolas, en lugar de utilizar los pasillos conducentes de forma humana y natural hacia la salida. No es infrecuente que la contorsionista sea dama de edad avanzada.

Roncati duobusTrátase de los matrimonios bien avenidos que, ante el aburrimiento suscitado por determinados espectáculos fistivaleros, suelen abandonarse al unísono y armónicamente en brazos de Morfeo.

Exterminator divanorum palatiiVariatio peligrosa e individual de la especie anterior. Úsase en el caso de sujetos que, abatidos por los estertores del sueño ante una sinfonía de Bruckner, caen sobre la butaca delantera desvencijando al tiempo la propia, incluso en repetidas ocasiones. Caso extremo y único documentado en el FIS 2007.

Abanicanda menopausa sinpausa
Dícese de la supuesta dama que por causa de su calidaria aetas tiene una concepción solidaria del aire de su abanico, extendiendo su alcance y el ruido en él empleado a las butacas contiguas. Habitualmente no conoce la fatiga.

Palmatorius impenitentisEspécimen inclinado de forma inevitable a la incontinentia ovationis, oseasé: aplauso desmesurado con independencia de la calidad del espectáculo presenciado, y con frecuencia a destiempo (en mitad de una sinfonía, antes de concluir el cantante un aria, et coetera). No es extraño que padezca esa terrible enfermedad llamada auricula in sphintere (vulg.: oreja en el ojete) que puede aquejar también a algunos críticos.

Momificatus Sanctiemeterii-Tuta-VitaeComo su propio nombre sugiere, se trata de individuos panteónicos que ocupan la misma butaca palaciega desde los tiempos en que estaban aceptablemente vivos (ab urbe condita). Conocidos coloquialmente como STV (de Santander de Toda la Vida, o sea).

Instructor momiarum et aliarum herbarum
Trátase de aquel ignorántulo que, habiendo leído las notas del programa de mano previamente a la representación o concierto correspondiente, se dedica a explicárselas en pequeñas y supuestamente sabias dosis a otras especies menos aventajadas en la lectura, entre las que suelen contarse los Momificati STV citados con anterioridad o cualquier otro género de confiados y sufridos oyentes.

Criticus semperdigestus biberiusqueDícese del esforzado crítico que hace gala de estómago agradecido e inclinación natural hacia el consumo indiscriminado de líquidos espirituosos. Todo ello suele cristalizar en la redacción de críticas exageradamente complacientes.

Garrulus melocriticusComo variante del anterior, aparece este espécimen aún más peligroso por su manifiesta ignorancia. Su estulticia le induce a creer que un pianista puede interpretar él solito un concierto para piano y orquesta, o bien espera sin decencia la interpretación por una orquesta de una polonesa chopiniana. Con frecuencia inserta haches en lugares inadecuados: verbigratia, Elgar queda transformado en Helgar.

Monachus superbius infinitusSiguiendo la vieja consigna luterana –“monachatus non est pietas”–, existen religiosos que, más atentos a los placeres mundanos que a sus votos, dan rienda suelta a sus variados apetitos y a su soberbia, para encubrir los cuales suelen apelar a la organización y dirección de eventos musicales infinitamente consuetudinarios. Es esta una especie peligrosa por cuanto resulta específicamente difícil apartarla del ejercicio de semejantes gozos y consiguientes disimulos.

Comentarium Texticulorum, 20.08.08

Estimados amigos y lectores todos:
Hoy vamos a realizar un ejercicio de comentario de textos, con vistas a iluminar algunas de las figuras retóricas más comunes de la lengua española. Para que el ejercicio alcance mayor objetividad y validez empírica, he recurrido a diferentes textos de un eximio –aunque vivo– intelectual cántabro. Las fuentes originales de los textos, de su puño y lengua, pueden encontrarse aquí y aquí. Enumeremos:

REDUNDANTIA REDUNDANTIONIS
“No hay duda de que el Festival Internacional de Santander ha adquirido a lo largo de sus 57 años una identidad singular y que ha logrado ya una «forma de ser» reconocida por su prestigio y la coherencia de sus anuales convocatorias ininterrumpidas. El Festival es ya una «forma de ser» que ha venido siendo desde hace 57 años, ha configurado sus perfiles y ha venido gestando una identidad que hoy es inconfundible e inevitable como referencia cultural”.

EXULTATE JUBILATE
“He de confesar que, desde hace muchos años, siento el inicio de cada Festival como un acontecimiento mágico, catártico en el sentido liberador de tanta tensión acumulada a lo largo del año gestador, y expectante ante la renovación de la magia escénica y la mística sonora que nutren sus esencias. Magia escénica desbordada con la plenitud de la Ópera, el Ballet y el Drama y mística sonora inundando cada rincón de nuestra amada Cantabria”.
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PANTA REI
“Ya este 57 Festival Internacional discurre, tras su brillante noche inaugural, por los Marcos Históricos como río caudaloso regando la sensibilidad de tantas gentes y se detendrá en el solaz capitalino del Palacio de Festivales”.

EXAGERATIO SUPERHIPERBOLICENSIS
“Y como cada año, desde hace 38, el Ciclo Estival de Música Coral y de Órgano de la Bien Aparecida que desde la cima callada de sus montañas proyecta el haz sonoro del Festival de Santander hacia todos los rincones de Cantabria, cuyos Marcos Históricos citan y concitan con su atractivo la presencia de las gentes de todo el mundo”.

POROSITAS INCOMPRENSIBILIS
“La memoria de Argenta se filtra inevitable por los poros del Universo Sinfónico, un espacio que se ornamenta con las mejores orquestas del mundo y los directores más destacados, un espacio cuyo punto álgido contemplará la apoteosis beethoveniana que Ataúlfo nos legó”.

Podríamos proseguir con la lección, pero para no saturar las meninges blogueras, aplacemos la cita para próxima ocasión.
Si alguno de los alumnos detecta en los textículos otras figuras literarias además de las ya apuntadas, se agradecerá su pública exposición para ilustración de sus compañeros.

A la sombra de libros en flor, 30.07.08

Cuando Tanizaki escribió su Elogio de la Sombra en la década de los 30 del pasado siglo XX, apenas sospechaba que su pálida protesta contra la estridencia de la luz contemporánea por su invasión de la belleza, la intimidad y hasta la ética habría de alcanzar la calidad de manifiesto ineludible contra la caótica estridencia que por lo común nos avasalla. Recuerdo que leí aquel librito minúsculo y poderoso, y casi inencontrable, en una revista peruana, años antes de que Siruela lo editara, y cuando apareció en esta editorial lo regalé en su primera edición –luego se popularizó en exceso– a varios amigos, en la esperanza de contribuir a una rebelión pacífica pero efectiva contra la iluminación impúdica y sus manifestaciones.
Me acuerdo de estas impresiones al asistir a la nueva exposición de Fernando Bermejo en ese espléndido espacio expositivo que es la Galería DelSolSt. Y me acuerdo porque la oscuridad es parte esencial del montaje, tanto casi como la propia obra, que sin esa penumbra no se entiende, o al menos perdería plenitud. Si Tanizaki predicaba la necesidad de la tiniebla para la salud del alma, la tiniebla de la que emerge la recoleta luz de las obras de Fernando es sin duda una caricia en lo hondo, un inesperado pálpito de belleza sorprendida. Ya ha sido así en otras series de Bermejo, como “El Bosque de Paz” o “El Jardín” o “El Traficante de Estrellas”, en que el artista frecuentaba la hospitalidad de lo umbrío, de la ermita abandonada, del espacio naturalmente desolado. Ahora, en la exposición “La Librería” de la Galería DelSol se busca nuevamente esa complicidad en relación con un objeto y las acciones que nacen y mueren en él: el libro, pero también la lectura y su estar, su acumularse en un estante o una mesa, su indolente exhibición, su evocación más íntima, su transformarse en un ser vivo más de la Naturaleza.
En el principio fue el libro, como en el principio fue también lo oscuro y la luz que lo quebró. Un libro abierto, sus páginas blancas, tienen la elocuencia misma de las obras de Fernando Bermejo cuando brotan de la sombra. El libro entonces se transforma en una flor, que alumbra como una llama breve en los cuadros de La Tour. Así se siente ante la impresionante instalación de cajas de luz que preside la gran pared frontal de la galería, a modo de gran biblioteca, en cuyas baldas reposa una pequeña parte de la serenidad del mundo.
A la presencia de “la librería” se añade la de otras obras que remiten a viajes íntimos del ser humano: la ironía de una soledad más teatral que auténtica (“Ficción-Realidad”), la percepción de un horizonte que varía conforme al equipaje personal de quien pasea, mira o aguarda (serie “Avenida”), la ternura casual de un perro cotidiano (“Perro”), la vida nocturna latente más allá del frío icono de una gran ciudad (“Edificio”).
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En todas estas obras, así como en los destellos de paisajes y árboles también presentes, siempre la luz acontece por la espalda, alumbrando el presente desde el pasado y a la vez proyectando la sombra alrededor. Pero además la luz se filtra a través de la pintura y de la trama del papel, ofreciendo un misterio velado como aquellas evoluciones orquestales de Toru Takemitsu de su Jardín Espiritual –otra vez Oriente revoloteando no por casualidad en los papeles japoneses utilizados por Bermejo– o la estela luminosa de sus pájaros blancos persiguiendo a un único pájaro oscuro hacia el Jardín Pentagonal…
En un lateral, una pregunta y su respuesta adquieren forma improvisada de escultura. Qué es el arte: un breve rastro de luz en la pared sombría, el peldaño final de una escalera que conduce a su callado resplandor.
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Gorjeos y gorgojeos, 24.07.08

Con fecha 13 de junio de este año El Diario Montañés publicaba una información relativa a la presentación del cartel del 57 Festival Internacional de Santander (ver).
Vicky Civera (Port de Sagunt, Valencia, 1955) es la autora del cartel en cuestión y –siempre según el periódico– ha explicado en un texto lo que intenta comunicar con esta obra:
“Sobre unas líneas horizontales, de música y agua, un barco emblemático se acerca al 57 Festival internacional, entrando por la bahía. Con gesto y saludo alegre, los personajes/notas del cartel (arriba) le dan la bienvenida. Saludo sobre un fondo rojo, mate y poroso, casi aterciopelado, que recuerda el intenso color de las amapolas tiñendo un extenso campo en verano. Rojo intenso, expansivo, pero a la vez delicado y contagioso, como el susurro musical que envuelve: desde el gorgojeo [SIC] alegre de los pájaros que revolotean y se esconden por el campo, hasta el leve zumbido del batir de las alas de los innumerables y frágiles insectos que lo habitan”.
Me gustaría formular unas preguntas:
1.¿Dónde está la bahía? (señalar en el cartel, doy premio)
2.Las amapolas, ¿crecen en el campo o en el mar? Si no crecen en el mar, ¿qué hacen en el cartel?
3.¿Por qué el susurro musical es rojo y no de otro color? (sí, ya me sé lo de la sinestesia)
4.Según mis noticias ‘gorgojo’ es un “insecto coleóptero de pequeño tamaño, con la cabeza prolongada en un pico o rostro, en cuyo extremo se encuentran las mandíbulas. Hay muchas especies cuyas larvas se alimentan de semillas, por lo que constituyen graves plagas del grano almacenado” (DRAE), mientras que ‘gorjear’ significa “dicho de una persona o de un pájaro: hacer quiebros con la voz en la garganta” (DRAE). ¿Los pájaros del FIS, pues, gorjean... o cazan gorgojos?
5.¿Por qué “se esconden los pájaros por el campo”? ¿Qué –o a quién– temen?
6.Admitamos que los insectos son frágiles, pero ¿qué pintan los insectos del campo en la bahía junto al barco emblemático que se acerca hasta las notas que alborozadas lo reciben y…? Uf, no sigo, que esto me recuerda aquel poemilla subido de tono de Catulo en que el barco simbolizaba… Dejémoslo.
Me lo expliquen todo bien. Espero.

Basquiat: temporada en el infierno, 17.07.08

Negro de raíces haitianas y portorriqueñas. Neoyorquino de un Brooklyn agreste y degradado. Marginal no por educación sino por elección. Heroinómano. Grafitero y pintor de formación autodidacta. Estrella fugaz en el cielo del arte norteamericano en los 80. Enfant terrible. Millonario en el infierno. Veintisiete años: fin de trayecto. Con semejante cóctel es fácil fabricar una leyenda de maldito. A Electra le sienta bien el luto y al mundo del arte le sienta bien el morbo. Marchantes, críticos y galeristas mercadean con el sufrimiento de los artistas descarriados para cautivar a los coleccionistas influyentes. Rothko le hizo un gran favor a su cotización y a sus especuladores privados segándose el cuello con una cuchilla de afeitar. Jean-Michel Basquiat se dejó la vida en una sobredosis hace veinte años y hoy sus cuadros se venden por diez millones de euros (el último que ha salido a subasta estaba en manos del grupo musical U2). ¿Qué queda del arte cuando se le despoja de la hojarasca del negocio? ¿Qué queda del arte de Jean Michel-Basquiat cuando se le desliga de su turbia y agitada biografía?
La Fundación Botín, en colaboración con la Fundación Memmo de Roma, presenta la oportunidad de contestar a estas preguntas en la que, sin exageración alguna, cabe calificar como la “exposición del verano” en Santander: una gran retrospectiva de la obra de Jean-Michel Basquiat, conformada por más de cuarenta obras –incluyendo un casco y un caballete y así mismo algunas piezas nunca vistas hasta ahora, como “Su mayordomo esnifando pegamento” (1984) o “Samo está en algo” (1981)– y comisariada por Olivier Berggruen (de quien conservamos fresco aún el recuerdo de la extraordinaria muestra sobre Klee hace un par de años). En su presentación, el comisario apuntó algunos de los elementos más obvios del arte de Basquiat: su fragmentación, la presencia y exorcización de fantasmas, el empleo de la escritura; también algunas de sus referencias más evidentes: Dubuffet, Pollock, Twombly… Pero la auténtica exposición aguarda ser descubierta en el paseo del visitante.
Nadie puede negar que la contemplación de la muestra es impactante. Jean-Michel Basquiat fallece en su veintena avanzada, y este aspecto golpea con brutalidad la vista del espectador. Los cuadros de Basquiat son de una fragilidad tan tierna como angustiosa, con la ternura y la angustia que se desprenden de su propia imagen, captada en algunas fotografías diseminadas por las salas. Hay vidas, hay rostros, que a pesar de la intensidad de su tragedia nunca pierden su halo de asombro y de debilidad. No es extraño que Basquiat haya sido comparado ocasionalmente con Rimbaud, el poeta-niño, el poeta torturado e inocente al tiempo, el poeta, también, de precoz muerte. Basquiat y Rimbaud pasaron una temporada en un infierno del que sus obras dan fe con lírica, terrible ingenuidad. Su contienda no es madura, exhala el aroma convulso de la adolescencia en crisis.
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En el caso de Jean-Michel Basquiat, su personal debilidad intenta combatirse con rasgos hiperbólicos: hipérbole en el tamaño de sus obras, hipérbole en la escatología de su discurso y de sus temas, hipérbole en la obsesión escrituraria y expansiva, hipérbole en su arrogante signo –su corona omnipresente– contra el mundo. Hipérbole desesperada, lucha feroz, exceso de artillería y aspaviento contra una realidad que, por el contrario, destruye con la eficacia aterradora e implacable del sigilo.
Las figuras de Basquiat son figuras de intencionado aprendizaje, de dibujante fascinado por los recovecos del cuerpo humano y por los estragos de la muerte. En sus figuras respira el magistral y minucioso esquematismo que guiaba a Henry Carter cuando dibujaba los cadáveres que diseccionaba Henry Gray –otro habitante del infierno que sucumbió en sus treinta y cuatro–. Además de los tormentosos expresionistas abstractos que rastreaba y exploraba en los libros, los cuerpos de la Anatomía de Gray (el célebre manual de Medicina que vio la luz en 1858 y del que Basquiat se empapó en su niñez, mientras se recuperaba de unas lesiones por atropello) acompañaron al artista toda su vida. Esas figuras en las que algunos críticos han visto mera impericia de grafitti en lugar de transparencia conceptual apelan a lo esencial de un discurso que, sin embargo, es profundo y perplejo: lo sencillo es, por supuesto, lo más difícil de entender. Esas cuestiones son las que Basquiat plantea con maniacos grafemas en pos de la ansiada permanencia, son las que rubrica con su corona o su pequeño copyright, siguiendo las maneras de Cy Twombly cuando escribía en sus lienzos “Cy was here”, un poco al modo del soldado Kilroy, quien perseguía en la reiteración de esa brevísima inscripción un conjuro personal –hondo y pueril, tal vez– contra el aliento de la muerte.

Wolf Vostell: la vida es ruido, 28.06.08

Coincidiendo prácticamente con el décimo aniversario del fallecimiento del artista germano, en abril de 1998, acaba de inaugurarse en la Galería Nuble de Santander una exposición dedicada al recuerdo de la obra de Wolf Vostell. La muestra cuenta con casi una treintena de piezas –pinturas, dibujos, vídeos, esculturas– procedentes de la colección personal del artista, localizadas en su mayoría en las décadas de los 80 y los 90, aunque no falta algún guiño a los 70 (particularmente emotivo en el caso del impactante gouache dedicado a La Quinta del Sordo) en incluso a los 60 (sin duda es una de las joyas de la exposición la exhibición de Sun in your head, que constituyó el primer video-film realizado por Vostell, en el entorno del movimiento Fluxus, a partir de la “deconstrucción” o distorsión de las imágenes de un programa de televisión).
El mundo es caos, el mundo es tiempo, es erosión, es el surgimiento de los seres y su descomposición. El arte está ahí para dar fe, también para nacer y morir en y con el mundo. Tal vez por ello Vostell planteó con contundencia aquella ecuación recíproca: Arte=Vida, Vida=Arte, que trascendió con mucho los prístinos y balbuceantes presupuestos del movimiento Fluxus a los que precedió; una tendencia más afanada quizá en situarse contra todo que en encontrar su auténtico lugar, y que según uno de sus integrantes, Robert Filiou, nunca apareció ni desapareció. La banda sonora original de un mundo en descomposición debe ser una música atomizada hasta sus últimas partículas, una música que se desmiga y que desde sus propios desperdicios se repone y recompone transfigurándose en sonidos nuevos. Creo que la relación de Wolf Vostell con la música no ha sido suficientemente rastreada. A mediados de los 50, Vostell había conocido a Karlheinz Stockhausen y había trabado contacto con los experimentos alumbrados en el estudio de música electrónica de Colonia. De esa amistad surgirían posteriormente colaboraciones que darían lugar a los primeros décoll/ages del artista de Leverkusen, que combinaban lo visual y lo electroacústico. Poco después, Vostell conocerá también a John Cage. A comienzos de los años 50, y a partir de las White Paintings de Rauschenberg, Cage había “compuesto” su célebre y controvertido 4’33’’, una obra en absoluto silencio en que lo innovador no era el silencio en sí, sino la intervención de los “intérpretes”, del ruido ambiental, del espacio circundante; del mismo modo que no era el blanco absoluto lo innovador en Rauschenberg, sino el polvo y los reflejos en la superficie de sus cuadros.
Esta concepción –la de la música y su hermana rebelde, el ruido, que se inmiscuyen en el arte y lo modifican– acompañará a Vostell durante el resto de su vida artística. Ya Kandinski afirmó que “el arte suena”, y en verdad el arte de Wolf Vostell suena. Suenan sus figuras entre grotescas y dramáticas con baconiana sensación de finitud, como su Maja o su Abrazo o incluso su Judith de la Quinta del Sordo; suenan el dolor y la extrañeza de su Metamorfosis; suenan las turbias aguas corruptas del Rhin, los reflejos tortuosos del Pont Neuf; suena el doloroso acoplamiento de ángeles y hombres expulsados del placer en Archai; suenan los aviones sobre la ciudad arrasada y humeante, la cruenta y desolada Música de Sarajevo; suenan los televisores y los transistores, emitiendo perturbaciones, interferencias, aullidos conmovidos desde sus honduras electrónicas. Los cuadros de Wolf Vostell suenan, y su ruido es un aldabonazo sobre la animalización de lo humano, sobre la violencia de lo fugaz, sobre la agresividad y la destrucción, sobre la mecanización que todo lo consume, sobre el palimpsesto implacable y pavoroso de la vida.

Melancolía y silencio, 10.06.08

El pintor escribe en su mesa sobre la muerte de un hombre, de un hombre que muere en un oxímoron, dejándose arrastrar por el ciclo de la vida. El hombre es un cazador que en realidad no caza. El cazador pasea, contempla la mudanza en la estación, se da cuenta de que la Naturaleza nace y muere cada año, de que él también debe nacer y morir en la Naturaleza, con el último soplo helado del invierno. El cazador porta un rifle que no usa, porque no puede ni debe intervenir en el curso de las cosas. Un spleen baudeleriano se apodera del hombre en ese instante y todo continúa hasta dejar de ser. El pintor de gabinete tiene a siniestra unos pájaros, un grabado de Goya a sus espaldas y la ternura indiferente del mundo alrededor.
Emilio González Sáinz ha regresado a Santander después de su última exposición –“Marzo”– presentada el pasado verano en la galería Siboney de nuestra ciudad, y ha regresado además con una muy amplia muestra de su obra, que bajo el título de “El cazador melancólico”, puede contemplarse hasta el 29 de este mes de junio en el Centro Casyc de la calle Tantín. Se trata en particular de sesenta y nueve piezas entre pinturas (óleos sobre lienzo) y acuarelas, realizadas entre los años 2007 y 2008; piezas que oscilan entre el pequeño y el medio formato: una distancia que González Sáinz domina y a la que ya nos tiene acostumbrados.
Recuerdo que el personaje del cazador ya estaba presente en el imaginario de Emilio hace años; recuerdo en particular que en su exposición de 2004, “Paisaje de invierno”, esa figura le acechaba ya, de modo encubierto, en forma de poema agazapado en su escritorio; tal vez con Goya a sus espaldas. En aquella exposición estaba el azul –que es los azules– de Patinir, la descubierta lentitud del John Franklin de Nadolny, los hombres frente al mar de Caspar David Friedrich o los patinadores de Henry Raeburn y Brueghel, y más tarde aún, en exposiciones subsiguientes, todos ellos siguieron estando, hasta hoy. Los años han pasado y el cazador entre tanto, ha ido cambiando, tornándose reflexivo y melancólico. La melancolía ha crecido en el cazador de González Sáinz… al tiempo que el silencio en sus cuadros. O al menos eso me parece.
Nunca las obras de Emilio han sido ruidosas; siempre preciosistas, minuciosas, recoletas, han tendido por instinto a la quietud. En esta muestra, no obstante, la quietud ha dejado paso al silencio, a un mutismo que encuentra en sí reflejo y hasta eco. Tal vez el agua, los charcos que en estos lienzos se repiten con especial intensidad, actúen a modo de espejos callados, diseminados en el camino de la búsqueda del Hombre, como poemas semienterrados en la hierba. Lo mismo las naturalezas muertas. Incluso la incertidumbre con la que lucha ‘El loco’ en su turbadora y fascinante serie de acuarelas se produce a modo de ventisca en una película en off; la tragedia es más tragedia cuando su voz no nos acosa: el auténtico terror por fuerza es mudo.

De ese silencio, temible muchas veces, sereno otras, enigmático siempre, participan con especial dedicación no sólo los acantilados o los paisajes de montaña o hielo, sino también las estancias personales del artista, sus “gabinetes” austeros cuajados de libros y de elementos propios de la Historia Natural: animales disecados, caracolas diversas…; gabinetes sin paredes, accesibles, abiertos a la Naturaleza e impregnados de su también tácita sabiduría. Y los pájaros: tantos, tan variados en especies y proporciones, que parecen evadidos del Catalogue de Messiaen y prestos a idéntico recogimiento canoro.
En su bóveda la noche escribe su tratado con silentes palabras de luz. Una mujer nada suavemente bajo su dictado, concentrada en “su música callada, su soledad sonora”. Emilio en su estudio retirado entrega criaturas al feraz sigilo de los astros.

Callada ingravidez del mundo, 21.05.08

Hace escasos días ha iniciado José Luis Mazarío un nuevo viaje pictórico que parece trazado, como en los mapas y en la mente de los hombres antiguos, más allá de los confines conocidos de la Tierra, más allá de la geometría con que escancia su lenguaje el mundo cotidiano. Los nuevos cuadros de Mazarío nos sumergen en un ámbito donde los humanos pierden pie y donde todo está en un lugar distinto a donde se supone que debe encontrarse. O tal vez sea, simplemente, que la distorsión emocional de Mazarío nos hace percibir lo que en el fárrago de los días que con nosotros viajan no solemos percibir; decía Perec en su Especies de espacios que no sabemos mirar, y tal vez debamos asomarnos a nuestras ventanas interiores –esos leves marcos con que José Luis pespuntea sus miradas– para ver mujeres que vuelan o noches de amor sin luna.
En la Galería Siboney y hasta el 10 de junio ha reunido Mazarío una treintena larga de obras, salidas en su mayoría de un intenso proceso de casi aislamiento y absoluta dedicación entre los años 2007 y 2008. Con excepción de algunos lienzos de mayor tamaño –en todo caso no muy grandes, no más allá de un metro–, la exposición “Caos y armonía” se nutre de obras sobre tabla en pequeño, e incluso muy pequeño, formato (pueden encontrarse varias piezas de tan solo 20x20 cms., como por ejemplo una deliciosa vanitas iluminada por un único, humilde e inquietante punto de luz). Es evidente que la media y pequeña distancia constituyen el ámbito en que Mazarío se halla más a gusto, seguramente también en el que más sentido cobra su peculiar lenguaje. Debe señalarse, no obstante, la presencia en esta exposición de una distinción muy marcada entre dos paletas no sé si contrapuestas pero sí distantes. Por un lado, encontramos al Mazarío más habitual de contornos oscilantes y tonos oscuros, plúmbeos y acuáticos, de figuras alígeras y evanescentes como salidas de un cuadro de Chagall, frente a un universo más nuevo y restallante, impregnado de figuras compactas y temas orientalizantes o indígenas, de volutas plenas de colores incendiados –rojos, naranjas, amarillos, turquesas…- y perfiles torturados, que recuerdan ora el más agresivo fauvismo, ora el primitivismo de Gauguin o Matisse.

Quizá en este último camino deba intensificar Mazarío su investigación, desbrozar las orillas y arrancar las malas hierbas para llegar a una esencia que en estos nuevos cuadros, a pesar de algunos apuntes de interés, aún se le escapa. O tal vez es que estemos demasiado acostumbrados a esas escenas suyas en que la serenidad es elocuente y la figura humana un leve hilo de cometa que puede conducir a un estrato insospechado, allí donde la gravedad no existe y las palabras se desparraman por el aire en un discurso alejado de la convencionalidad –algo bastante parecido, en suma, a la umbría caverna de la poesía–. En muchas de estas tablas se sigue apreciando esa maestría en el manejo de los planos tan característica de José Luis, ese misterio en el decir callado –un tanto delvauxiano– de las figuras flotantes o en los paisajes recoletos, esa limpieza en un mantel extendido sobre un velador junto al mar, esa asimetría que cuestiona el corazón de las certezas, esa sorpresa en el ángel incorpóreo que se asoma para anunciar lo inesperado; ángel trasunto, tal vez, del pintor, que a su modo susurra lo inefable: Mazarío en su ventana que es un lienzo.

Hierro a través, 08.05,08

Hace escasamente una semana cumplió Santander una de las muchas deudas pendientes que mantenía con nuestro poeta más querido. A propósito empleo esta etiqueta, porque si ha habido en esta tierra un poeta apreciado, un poeta conocido, un poeta que no ha dudado en hablar sin protocolos con la gente en cualquier parte, un poeta accesible para los escritores jóvenes, un poeta incansable a la hora de firmar e ilustrar libros, ese ha sido José Hierro. Por si esto fuera poco, por si no le bastara siquiera haber elevado la poesía a género frecuentado (no olvidemos su best-seller, Cuaderno de Nueva York) ni haber recibido todos los premios que recibió en su fecunda trayectoria ni haber emocionado sistemáticamente a auditorios enteros en sus generosos recitales, por si todo esto fuera poco, digo, Pepe hizo siempre tan suyo el nombre de Santander que pocas personas tienen conciencia de que el poeta nació en realidad en Madrid.
Hace escasamente una semana, pues, se decidió al fin Santander a testimoniar su homenaje al poeta mediante una escultura a él dedicada, obra de Gema Soldevilla; un proyecto que llevaba durmiendo largo tiempo y que finalmente ha visto la luz… y el mar. El cubo diseñado por Soldevilla, con una plasticidad e inteligencia muy poco habituales en la escultura urbana no sólo de nuestra ciudad, sino de tantas otras en nuestro país, reproduce en el vacío –y ya es difícil esto– una de las dos señas de identidad de Pepe Hierro: su peculiar, rotundísima cabeza (su otro elemento identificativo lo constituían, sin dudar, sus manos), perfilada en y a través de siete paneles de acero con lograda textura de madera. La cabeza de Pepe, modelada así en el aire, se llena de lírico mar por su situación concreta, en el tramo final del paseo marítimo, ya junto a Puertochico. De este modo se ha querido respetar el deseo del poeta de permanecer junto a las olas, si bien ya se han elevado voces de protesta contra la localización del monumento, que para muchos entorpece la limpia visión que hasta el momento se disfrutaba de esta zona; a mí, por el contrario, la ubicación me genera una sensación de fin de viaje, dado que la escultura se ha situado al término mismo del paseo, casi como si no restara más espacio para colocarla… pero por lo demás no me molesta mirar a través de la cabeza de un poeta; será que yo soy rara.
Más extraño, sin duda, pareció el propio acto de inauguración, en que, por motivos inexplicables –mejor no entrar en semejante tesitura–, apenas hubo presencia de personas del mundo de la cultura, menos aún del mundo de las letras. Lástima. Algo que forma parte del peculiar anecdotario santanderino y de lo que cada quien, en su nivel, debiera extraer su moraleja.
Han pasado ya más de cinco años desde la muerte del añorado Pepe Hierro, y este es uno de los primeros aldabonazos materiales del recuerdo desde entonces. Pepe Hierro no cuenta siquiera con una calle o plaza en esta ciudad que tanto quiso, reconocimiento que en cambio se ha otorgado a personajes infinitamente más irrelevantes. Del asunto de la estancada Fundación Hierro mejor no hablar, que ya lo he hecho en otras ocasiones y no me gusta repetirme; por ende, ya sabemos que hay prioridades “infinitas” en la cultura regional. Así que por el momento conformémonos con el acto poético de soñar Hierro a través, que más gestos no hay en lontananza.

Límites... de la cultura, 03.04.08

El pasado martes se inauguró en la Sala Mouro del Faro de Cabo Mayor la exposición Límites, una propuesta que, con origen en el pasado otoño, congregó entonces a lo largo de varias jornadas a la poesía, la literatura y la fotografía en torno a un hilo temático común, como es el de los lindes en el territorio de la creación, y que en esta particular muestra del Faro reúne aquellos trabajos alumbrados y desarrollados en noviembre. La exposición se completa con un espléndido catálogo, diseñado con sobrio y exquisito gusto por el asimismo comisario de la exposición, Jesús Alberto Pérez Castaños. Nada de esto, en verdad, sería específicamente reseñable en un entorno en que predominaran las iniciativas culturales bien organizadas, con la debida consideración a los artistas y al público, llevadas a buen término y convenientemente arropadas en recursos y difusión. Bien al contrario, no es extraño por estos lares –también por muchos otros– que se piense que las iniciativas culturales constituyen una penosa obligación que hay que cumplir para lavar la imagen, y que por ello lo que conviene es mirar el céntimo de euro y hasta el espacio en que se celebran, porque, en definitiva, ya se sabe que la cultura es cosa de pocos y cosa, además, poco rentable. Y así piensan, en efecto, quienes no saben ver más allá de sí, quienes ignoran que la cultura en otros países está moviendo cantidades económicas apabullantes que suponen un elevado tanto por ciento de su PIB, quienes no tienen la menor idea de que la cultura es capaz de generar muchos puestos de trabajo, quienes no pueden concebir que la cultura es un regalo perdurable que requiere de cuidado a largo plazo en lugar de migajas y desplantes inmediatos, quienes ni siquiera se imaginan que hay grandes ciudades que viven de y gracias a la cultura.
De modo que cuando en nuestro Santander tiene lugar un acontecimiento cultural bien tratado, el asunto se convierte inexcusablemente en noticia. Límites ha sido una de esas ocasiones, auspiciadas, todo hay que decirlo, por la celebración de los 75 años de la Autoridad Portuaria, institución con una larga y encomiable trayectoria vinculada al patrocinio del arte, la música y la literatura; trayectoria que es de esperar, por el bien de la cultura de Cantabria, que no decaiga. Si al interés de la Autoridad Portuaria se une el entusiasmo de quienes tienen probada capacidad de proponer proyectos y sacarlos adelante, e igualmente la entrega de quienes participan y asisten, pues nos encontramos con un proyecto como Límites. Esperemos que haya más, con el fin de que la maltrecha “Atenas del Norte”, como en un tiempo quiso titularse esta ciudad, pueda mirar hacia delante con su propio nombre y el de las personas que la hacen posible. Para los descreídos, traigo hasta aquí la atinada sentencia de Plutarco: cultura es lo que permanece cuando todo lo demás se olvida. Ahí queda eso.

La Filmoteca y su circunstancia, 14.03.08

Parece ser que al fin se reanuda la actividad de la Filmoteca de Cantabria en la última semana de marzo, después de diez meses de silencio y cierre. La causa de la suspensión de la programación en un espacio cultural que contaba con una notable acogida entre el público de Santander fue en apariencia insustancial… o no tanto: la sala en cuestión no contaba –inexplicablemente, dado el carácter de las instituciones implicadas– con la debida licencia municipal de apertura y autorización para la actividad desempeñada. Tiene guasa que las instituciones oficiales se pasen por el arco de triunfo una normativa que se exige con rigor a todo establecimiento de nueva creación. El caso es que, para más inri, la supuestamente grave ausencia de esta preceptiva autorización no impidió el funcionamiento de la sala desde 2001 a 2005, en que las denuncias de los vecinos de las inmediaciones por causa del ruido acarrearon la apertura por el Consistorio de un expediente de tramitación de la licencia de marras, que implicaba la consiguiente necesidad de remodelar la sala. El Gobierno entonces se pone estupendo y se niega a cumplir tales exigencias, aduciendo en los tribunales indefensión ante el Consistorio. Mejor no imaginárselo. Todavía después de todo esto, y en mitad de tan ridículo partido de ping-pong, la sala siguió funcionando en precarias e ilegales condiciones, hasta que en junio de 2007 se cierra. En resumen: hemos asistido a una desavenencia jurídica que en realidad más bien parecía encubrir un penoso y surrealista enfrentamiento entre instituciones de diferente color político, a la par que una chapuza de singular calibre de esas a las que por estos lares ya estamos más que acostumbrados.
Los grandes perdedores de todo este asunto han sido, como siempre, los de a pie. Sin contar con los innecesarios y desproporcionados gastos que ha generado para el bolsillo de los ciudadanos este complejo y absurdo proceso de “tocamientos” y malentendidos (el dinero de nuestros impuestos también parece ser, como nuestra amada Cantabria, infinito), los asistentes habituales a la Filmoteca se han visto privados durante diez meses de un atractivo servicio cultural por la mala cabeza de los gestores implicados, menos interesados en la iniciativa en cuestión que en la foto de prensa correspondiente: así nos luce el pelo en este país –por no decir en esta región, no vaya a pensarse que personalizo–. Y es que para este servicio cultural, que no sólo acogía cine, sino también producciones escénicas y algún que otro concierto, en ningún momento se ha buscado un espacio alternativo que pudiera servir de “sustituto” provisional con el mismo espíritu y de manera sostenida mientras se desfazía el entuerto. Todavía ahora estamos temerosos, aguardando que se abra la caja de Pandora y se desperdigue alguna otra calamidad en la rueda de prensa que próximamente se nos avecina.
Por otra parte, es de esperar que la programación resulte más encauzada y selecta que en los últimos tiempos previos al cierre, en que, salvo excepciones, lo que dominaba era un pêle-mêle insoportable de ciclos difusos y mezclados sin venir a cuento, proyecciones dispersas y una poco edificante reincidencia en títulos no siempre afortunados que habían pasado por las salas comerciales en la quincena anterior. Una filmoteca no debe ser un local crematísticamente rentable sino un servicio cívico inteligente, de modo que ojalá con la calma de las aguas retorne el buen gusto a un espacio que, durante un periodo de su existencia, aportó pasajes de auténtico interés a la cultura cinematográfica de esta ciudad.

Prácticas de riesgo, 05.03.08

Hace unos días se paseaba por Santander el escritor Álvaro Pombo, haciendo gala de su reciente condición de candidato en el seno de las filas de ese nuevo partido cuyas siglas son UPD. El novelista venía al Paraninfo de la Universidad de Cantabria a presentar su propuesta a los santanderinos, al tiempo que, en una de sus ya habituales “astracanadas” –es un decir–, afirmaba contundente que esperaba no salir elegido, dado que lo suyo no era la política. No deja de sorprender semejante aseveración en el número uno de la lista de UPD para el Senado. ¿Tan poca fe deposita el señor Pombo en las huestes de su partido, que opina que ni siquiera encabezándolas con su preclaro verbo obtendrán un resultado decente? ¿Qué significa en realidad para don Álvaro la posibilidad de la experiencia senatorial? Aquí sólo caben dos posibilidades: o el bueno de Pombo está documentándose “de tapadillo” para una nueva novela ambientada en las mansardas del madrileño Palacio de Montalbán –qué horror– o bien se está cubriendo las espaldas por si acaso, que lo de ser político en estos tiempos es práctica de alto voltaje; como mínimo, te arriesgas a que un paisano tuyo –Eduardo Noriega, por ejemplo– quiera matarte en un lugar tan grotesco (para estos menesteres, se entiende) como la bella Plaza Mayor de Salamanca… o junto a nuestra nunca bien ponderada Grúa de Piedra, por aquello de introducir una exótica variante local.
Después de todo, tal vez se trate, simplemente, de que lo que ahora está de moda es dedicarse a cualquier cosa menos a lo que se supone que uno se tiene que dedicar. Porque no se dirá que no asusta esta tendencia ultimísima de las Universidades –la de Cantabria no es una excepción– a meter con calzador la política en su entorno, cuando lo estrictamente esperable de la Universidad, como buena alma mater que se le ha otorgado ser, parece la adecuada nutrición espiritual de sus alumnos lactantes… La Universidad se entrega, en cambio, a facilitar la propaganda natural perseguida por los aspirantes al control de la res publica, en la misma medida en que los novelistas se dedican a encabezar listas políticas que les importan "un figo" –en palabras de Berceo–. Al fin y al cabo, en un mundo en mutación perpetua en el que hasta los filósofos más vetustos a la par que reputados se ocupan en detallar sus multilingües experiencias en el catre como si tal cosa (al amigo George Steiner le han aconsejado pésimamente su editor o sus decrépitas hormonas), ya no pinta feo ir de rebajas, incluso en los almacenes de lo intelectual. La cuestión es reciclarse a cualquier precio, incluso siendo este precio más moral que crematístico. La mezcolanza de política y cultura, tabú sagrado donde los hubiere, amén de práctica de riesgo ético por los siglos de los siglos, ha dejado paso a un amigable intercambio de fluidos que no sólo no está mal visto sino que hasta se antoja plausible. Cosas de la contemporaneidad.

Elektra en sombra, 27.02.08

En esta semana ha tenido lugar en Santander una muy interesante iniciativa cultural que, desgraciadamente, ha pasado bastante inadvertida. Me refiero a la retransmisión en directo vía satélite en las salas de Cinesa y desde el Liceu barcelonés de la ópera Elektra, de Richard Strauss. Hablar de Elektra es hablar de uno de los momentos más importantes de la historia de la ópera, lo mismo por su extraordinario libreto, firmado por Hugo de Hofmannsthal, que por la música en sí. Richard Strauss se jugó su nombre en 1909 al proponer una obra que rozaba lo atonal, con una orquestación de más de cien instrumentos (las críticas del momento bromearon con la posibilidad de incluir una horda de animales salvajes en el foso) que apabullaba a los cantantes más bragados. Hoy, noventa y nueve años más tarde, sabemos que Strauss se jugó su nombre, sí, y salió más que victorioso de la apuesta.
La retransmisión de la ópera fue impecable, y eso que asistí con serias reservas al respecto. La calidad visual, la sincronización entre imagen y sonido, la coherencia de los subtítulos… todo ello inmejorable. En lo que se refiere al espectáculo en sí, cabe resaltar la buena concepción del montaje de Guy Joosten y la espléndida interpretación, lo mismo vocal que dramática, del elenco, con especial brillo de una inconmensurable Deborah Polaski (Elektra), seguida de cerca por Ann-Marie Backlund (Crisótemis) y por la ya veterana Eva Marton (Clitemnestra). El precio de las butacas, absolutamente irrisorio (14 euros), dio oportunidad de contemplar un espectáculo de primera categoría desde una perspectiva privilegiada, eludiendo los 180 euros que suponen el precio de las entradas “first-class” en el Liceu.
La parte triste del cuento vino cuando pude constatar que en la correspondiente sala de Cinesa donde aquella maravilla ocurría, una sala con capacidad para 200 personas, apenas estábamos presentes unas 25. ¿Dónde estaban los aficionados a la ópera que se baten en duelo por una entrada para un espectáculo muchas veces mediocre en el FIS? ¿Dónde estaban quienes este verano pagarán 150 euros por una butaca para ver al correoso José Cura disfrazado de Sansón –o tal vez de Dalila– y que además, como nos descuidemos, quizá nos llame malolientes, insulto que dedicó a los espectadores del Teatro Real que en su Il Trovatore de 2000 le recriminaron su mal hacer?
Es verdad que el evento Elektra no se publicitó de forma apabullante, en lo que parece un imperdonable fallo de la organización. Pero la noticia como tal apareció, y estoy segura de que la leyeron al menos 200 personas. Una lástima que una iniciativa tan magnífica haya quedado sepultada entre las sombras, y probablemente en tal penumbra haya lastrado su continuidad.

¿Experiencia?, 30.12.07

Con fecha 29.12.07, D. Fernando de Vierna publicaba en El Diario Montañés una nota (“Desmemoria no, experiencia”) con consideraciones y comparaciones varias acerca de la Fundación Gerardo Diego y la hipotética de José Hierro, haciendo además algunas menciones a mi artículo “Cuestión de desmemoria” aparecido en estas mismas páginas (23.12.07). Me gustaría realizar, por necesarias, un par de precisiones a las palabras del señor De Vierna.
Respecto a su observación, entiendo que no malintencionada, de que yo formaba parte de la Junta de Gobierno de la Sociedad Menéndez Pelayo cuando se realizó la cesión del edificio de la calle Gravina a la Fundación Diego, he de clarificar que esto no es en absoluto cierto. Si bien es verdad que el proceso, el larguísimo proceso de esa cesión, se remató formalmente en aquellos momentos, el asunto ya se había ventilado con bastante antelación por parte del presidente de la citada Junta, D. Benito Madariaga, en lo que se refiere a compromiso, redacción de contrato, confección de planos, elección de arquitectos, etc. De hecho, la mencionada cesión provocó graves conflictos dentro del seno de la Junta, que por razones obvias de respeto, elegancia y discreción no voy a desgranar aquí. Indico esto porque parece inferirse de las palabras del señor De Vierna que yo me hallé en algún modo implicada en semejante decisión, y me parece esencial clarificar que ni yo ni nadie de los que recién formábamos parte de la Junta en aquellos momentos tuvimos capacidad de intervenir en un proceso que ya estaba más que encauzado con anterioridad. No se encontrará mi firma en un solo papel, ni tampoco nadie me la requirió, porque en tal asunto yo no pintaba nada. No es infrecuente la emisión de opiniones sobre temas que conocemos de manera sesgada; ese es un pecadillo en el que seguramente todos hemos incurrido alguna vez, pero hay que ser muy cautos a la hora de citar nombres y apellidos cuando se desconocen hechos relevantes, porque entonces el pecadillo deviene pecado, o incluso delito, más grave.
En cuanto a la posibilidad de que la Fundación Hierro se convierta en un almacén de restos bibliográficos sufragado por las instituciones cántabras, creo que de mis palabras no cabe deducirse semejante despropósito. Lo que yo sugería explícitamente era la puesta en común del Centro de Poesía de Getafe con la hipotética Fundación Hierro para realizar una adecuada distribución de funciones y fondos, con criterios académicos y objetivos. Además, la Fundación no debería limitar su función a la de mero contenedor, algo tan decididamente paupérrimo como innecesario, sino que debería convertirse principalmente en centro instigador de difusión, investigación y reflexión en torno al legado de Hierro, dado que este legado no se encuentra en la situación idónea en la actualidad –en mi texto me permitía apuntar la carencia de una edición de la obra de Hierro y de estudios serios al respecto–, y de forma subsidiaria en torno a la poesía española contemporánea.
Por último, el señor De Vierna parece establecer una comparación entre la Fundación Diego y la de Hierro que no resulta adecuada. Las instituciones implicadas no son las mismas, los poetas no son los mismos, sus familiares y circunstancias no son los mismos, los fondos no son los mismos, la situación, en definitiva, no es la misma. No estoy en condiciones de afirmar si la situación es mejor o peor, pero por supuesto no es la misma. Por lo demás, que una fundación ya existente funcione bien o mal no presupone necesariamente que otra aún en proyecto deba funcionar del mismo modo.

Cuestión de desmemoria, 21.12.07

Parece que hubiera transcurrido menos tiempo, pero lo cierto es que desde aquel 21 de diciembre de 2002 en que José –Pepe– Hierro se marchó, han pasado ya cinco años. En el recuerdo están aquellas palabras que se escribieron en la prensa con motivo de la triste ocasión, y la resma de amigos súbitamente aparecidos a la sombra del poeta que ya no tenía oportunidad de protestar por semejante indecoro, y también la precipitación en la formación de comisiones y recomisiones que, a la postre, poco hicieron. Pues, más allá del par de precarias lecturas y de la desastrosa exposición que promovieron unos pocos, arrogándose arbitrariamente el papel de legatarios intelectuales del poeta en esta tierra, nada de interés se hizo ni quedó en torno a la figura de Hierro. Con el paso del tiempo y su acción inexorable, los buenos propósitos –si es que alguna vez los hubo– naufragaron, y el resto de ruidosas manifestaciones han venido resultando cada vez más espaciadas, menos asiduas, menos grandilocuentes: menos presentes, en suma. De modo que los innúmeros amigos, estudiosos, conocedores y plañideros de Pepe Hierro han ido diluyéndose poco a poco… y no queda sino un erial desolador y desolado. Ya nadie rememora anécdotas y, por supuesto, nadie piensa en llevar a cabo ningún proyecto con visos de permanencia y, sobre todo, de respeto y auténtica enjundia académica o editorial. En este país nuestro en que la cultura es con mucho la más pobre de entre todas las hermanas pobres, ningún proyecto serio merece la menor consideración; es más rentable vivir al día del óbito con su correspondiente jarana inmediata que planificar actuaciones patrimoniales que en un futuro puedan devenir auténticamente interesantes, que es como decir no efímeras; y es que desde determinadas instituciones se sigue pensando que con cuatro panderetazos y aguardiente infinito se celebra mejor la memoria de un muerto ilustre que con un trabajo serio encomendado a profesionales solventes, trabajo que a la vez, puestos a soñar, bien pudiera haberse combinado con un programa responsable –no digamos inteligente– de promoción y difusión, siquiera a nivel local, de la figura en cuestión. Con lo que entre hipido e hipido, así nos va...
En resumen: cinco años después de la partida del que posiblemente ha sido nuestro poeta popularmente más reconocido, más leído y más “poeta” –no olvidemos esa estadística abrumadora del Cuaderno de Nueva York: un libro de poesía por vez primera en las listas de los libros más vendidos durante numerosas semanas–, las obras completas de José Hierro siguen durmiendo un sueño plácido en ese etéreo limbo que ni siquiera para el Vaticano existe ya; no contamos con un solo estudio, extenso e intenso, a la par que riguroso, de auténtica referencia, sobre la obra del poeta; y la Fundación José Hierro en Cantabria, entendida como activo centro de aglutinación cultural, poético-literaria, documental, académica y de investigación, es una entelequia. En tal sentido, la Fundación Gerardo Diego, afincada en nuestra ciudad en la que antaño fuera casa de Don Marcelino Menéndez Pelayo, supone el ejemplo más cercano de una institución que, animada por un espíritu que en principio pudiera y debiera ser bastante similar, se ha consagrado a conservar, difundir y ensalzar el legado del poeta que con fervor custodia. Si bien es cierto que en el caso de Hierro existe el llamado Centro para la Poesía que, ubicado en Getafe, lleva ya su nombre y es dirigido por su nieta –tras la muerte de Margarita Hierro–, no parece que Getafe y Santander deban ser iniciativas excluyentes si se perfila –tan difícil no parece– una adecuada distribución de funciones.
Lo escrito permanece, decían los latinos. Por fortuna, la obra de Pepe Hierro es permanente, indestructible. La única realidad indestructible, a pesar de la desmemoria que aqueja al tiempo y las personas.