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Crestas y vaguadas, 04.10.08

El gran historiador del arte y de las ideas Erwin Panofsky escribió allá por los años 60 del pasado siglo un libro irrepetible llamado Renacimiento y renacimientos en el arte occidental. La cosa iba de que, si bien todos estamos al tanto de la existencia y caracteres de ese periodo de esplendor que se ha dado en llamar Renacimiento, existen además otros periodos, más o menos sistemáticos a lo largo de la Historia, a los que también cabe apelar con ese nombre, siquiera con minúscula (por ejemplo, el renacimiento carolingio del año 1000). A la par que esta teoría, o en realidad sustentándola, argumenta Panofsky que nuestra Historia es como una cinta que describe ondulaciones –crestas y vaguadas– que determinan de modo ineludible la brillantez o zafiedad respectivamente de los diferentes periodos cronológicos que atraviesa el Hombre en su carrera (ya sea con Bonos del Estado o en la compaña de la Puri), de forma que a una etapa de magnificencia cultural antecede necesariamente una ciénaga intelectual.
Y todo esto me viene a la cabeza cuando pienso en el paso por el Teatro de Falla de Cádiz en esta semana de ese grupo británico de… individuos (músicos no son, artistas tampoco, en todo caso acróbatas) llamado Stomp –gráfica onomatopeya–, al parecer avalados por un éxito arrollador cosechado en lugares múltiples del mundo, que les han granjeado no sé cuántos millones de espectadores. El espectáculo de Stomp es plenamente contemporáneo. Quiero decir que encaja en la estética y en las necesidades intelectuales (o más bien en la carencia de ellas) propias del Hombre de hoy. Lo que por parte de Stomp es, no sé si inteligente, pero sí decididamente avispado. Ahora bien, lo que a mí me incomoda sobremanera es detenerme a pensar que unos individuos que sólo hacen ruido –un ruido infernal, por cierto– durante más de una hora, valiéndose de todo tipo de trebejos, despojos y cachivaches derelictos, puedan arrastrar el aplauso de los espectadores del modo en que lo hacen. El espectáculo de Stomp es intencionadamente chirriante, residual, de vertedero. A tono con los tiempos, repito. Pero no se me vaya a entender mal. La culpa no es de Stomp, sino de esta maldita vaguada en la que chapoteamos torpemente. Si Mozart desde su cima levantara la cabeza... y viera esto:

Sonatina de Otoño, 21.09.08

Hoy empieza el otoño (o al menos así nos lo enseñaban hace años, cuando la educación era medianamente digna, que ahora las estaciones sobrevienen cuando les da la gana) y con él empieza el “nuevo curso”, como dicen algunos afectados reporteros de la cosa… nuevo curso que trae aparejado lo de siempre: la chapuza nacional, o sea; que esta no entiende de modas ni modernidades.
No se sabe si profes y ordenanzas regresaron trastornados de sus jolidais en Reikiavijk o en Estepona, pero lo cierto es que a la hora de examinar a los chicos septembrinos de la Selectividad que nada selecciona, han repartido dos exámenes –el propio de septiembre y el ya realizado en junio– en la prueba correspondiente a la asignatura de Matemáticas Aplicadas a las Ciencias Sociales. Ya tenemos el lío padre. Los beneficiados en la distribución no quieren oír hablar de la repetición de las pruebas y los perjudicados claman justicia. Lo normal. Al final quedará todo en agua de borrajas, pues mucho es el esfuerzo para cosa tan nimia: la legalidad, la responsabilidad y las buenas prácticas en este país importan un figo, y por otra parte tampoco los chicos merecen tanto desvelo, que el informe PISA ya les ha dejado a la altura del betún con examen “repe” o no.
La noticia ha sido profusamente comentada en la edición digital del Diario de Cádiz. Y ahí, en los comentarios de los lectores –que es en lo que las ediciones digitales aventajan a la tradicional prensa en papel–, puede uno desde hacerse cruces hasta explicarse el porqué de tanto despropósito. La mayor parte son comentarios de alumnos: para que luego se diga que no leen periódicos, mis angelitos. Pero… con unas faltas ortográficas y expresivas de cortar la respiración: ‘a’ del verbo haber sin h, ‘asines’ por doquier (sin duda étimo latino de ese orejudo espécimen hoy conocido como ‘burro’), sintaxis ininteligible…
Los muchachos se indignan con toda su precariedad lingüística ante la posibilidad de que lo acontecido reduzca sus opciones al concurrir a una carrera universitaria específica. No deberían preocuparse: cualquier lugar en el que caigan los padecerá por imperativo legal. Cosas de lo políticamente correcto, del “progresa adecuadamente” y de la ceguera general. La sonatina de otoño que cada año se renueva…

El horror, 25.08.08

El horror, ese ente tortuoso que invocaba Walter Kurtz justo antes de morir en El Corazón de las Tinieblas, puede arrastrar al ser humano a las conductas liminares más insospechadas. Ante el horror, los códigos éticos más y mejor instaurados se desmoronan, lo relevante y lo irrelevante se trastocan, lo inimaginable se torna posible. Aún recuerdo, hace ya bastantes años, en un vídeo sobre la liberación de Auswitch, la impresión que me causó ver a una de las famélicas supervivientes, todavía harapienta, en el campo y en mitad del desorden de la liberación, arreglándose el pelo ante un pequeño espejo, quizá consciente vagamente de que estaba siendo filmada en un instante trascendental para la posteridad. Coquetería pavorosa, femíneo instinto desubicado. Cosas del horror.
Por desgracia, los conflictos bélicos suelen propiciar que la brújula humana extravíe su norte en mitad de un horror que escapa a las reglas, precisamente, de lo humano. También las grandes catástrofes, en que la muerte –esa enorme tragedia individual que ha alentado en las páginas de novelas y ensayos durante siglos y siglos– pierde su carácter distintivo para convertirse en un suceso casi banal, promueven los más extraños comportamientos. Tras el espantoso suceso de Barajas, en medio aún del desconcierto y del desconocimiento y de los interrogantes y del dolor, algunos supervivientes del horror empiezan a mostrar secuelas de un anormal desequilibrio, favorecido sin duda por lo extremo de las circunstancias. Peter Stafenides, sueco, médico de profesión, esposo de una de las escasas supervivientes del desastre, ha anunciado sin remilgos no sólo la venta al mejor postor de la primera entrevista que conceda su mujer cuando se encuentre fuera de peligro, sino la confirmación efectiva del trato con los periódicos Aftonbladet y Verdens Gang. Ambos medios, supuestamente prestos al carroñeo pero al tiempo aquejados de un pudor políticamente correcto, se han apresurado a negar la transacción. Mientras, Stefanides, que insiste en la realidad del trato, ya está previendo públicamente qué hacer con la suma, ajeno a los dictados comúnmente aceptados de la ética. Sus razones tendrá. El horror, con seguridad, está entre ellas.

Usos y abusos, 16.08.08

Mientras asistimos al desdoro de la cacareada barbacoa playera y sus tan extravagantes como lamentables justificaciones (que si se pretende privar de la playa a los gaditanos, que si ya no dejamos beber en paz a la gente joven, que si las playas se degradan en todo el litoral hispánico y no sólo en Cádiz, que si sólo se reserva este espacio “para los pijos y los ricos”… ¡!), mientras, en definitiva, nos autoengañamos para abusar sin contemplaciones de una pequeña pero hermosa parte del mundo y participar en su destrozo sistemático, voluntario y estulto (aunque seguramente muchos de los autores de la masacre estarán muy concienciados con las gaitas del cambio climático), hay quien, por el contrario, demuestra que la playa se puede destinar a un uso humanitario… e incluso humano (esto es, civilizado).
Todos los años, desde hace quince, la asociación Salam-Paz facilita la estancia en Cádiz de una treintena de niños saharauis durante un par de meses, que suelen coincidir con el periodo de calor más duro en su lugar de origen. Durante este tiempo estos niños tienen la oportunidad de atisbar algo que no sé si se parece a la felicidad –tal vez ellos sepan ser más felices que nosotros, aun a pesar de las privaciones– pero sí al bienestar y al disfrute más natural e inocente; algo que puede convertirse en un recuerdo maravilloso de sus vidas o quién sabe si quizá en un horizonte con el sabor acre de lo inalcanzable… El caso es que para despedir a estos niños se ha organizado en la playa de La Caleta un almuerzo a base de bocadillos, cocacolas y la más pura diversión, consistente en algo tan sencillo como gozar del mar y jugar en la arena. Una experiencia dichosa para estos chicos que, con sana visión de la vida, no vieron necesidad de envilecer la playa con carbón, cascos de botellas, colillas ni bolsas inmundas, y que, en definitiva, no requirieron la actuación de servicios especiales de limpieza. Estos niños, que no son precisamente “ricos” ni “pijos”, apreciaron un bello escenario natural en todo su valor, y usándolo con decoro y respeto, se han llevado seguramente una imagen dulce en sus retinas para siempre. Ahí, en ese gran abismo existente entre el uso y el abuso, radica la ya histórica distancia entre la dignidad y la indignidad.

Desperdicios, 10.08.08

Hay pesadillas de las que uno se ve incapaz de liberarse, por más empeño que se ponga en ello. Algunas de estas pesadillas tienen incluso nombre propio. A diferencia de las angustias que asaltaban a nuestros antepasados en aquellos tiempos en que reflexionar no era pecado, y que caían en el terreno de la abstracción más inquietante, los monstruos del hombre contemporáneo gozan de espantosa corporeidad… y persistencia. En el ámbito de ese inhumano –por intelectualmente deleznable– periodo del año que se conoce como estío, proliferan horrores que justifican en sí mismos la duración más larga del invierno, por aquello de que restaurar la dignidad lleva su tiempo. Ni por esas. Hete aquí que aquel personaje de cabeza bamboleante y piernas ortopédicas que envilecía los veranos musicales de la Transición sigue ¡aún! de moda. Y qué decir de sus incombustibles melodías, “La barbacoa” y “El chiringuito”, que resplandecen con renovado furor. Que se lo pregunten si no a sus adeptos, los vándalos que otra vez en este año van a dejar hecha unos zorros la playa de la Victoria con sus infectas barbacoas y que de paso se atracarán de alcohol en los chiringos dispuestos al efecto, no vaya a ser que la fiesta no alcance la cota deseada de inmundicia. Triste canción de letra sobradamente conocida. En esta ocasión se cuenta con una novedad, como es la desinteresada distribución de bolsas para depósito de desperdicios; contentémonos si las citadas bolsas sirven al menos para contener las previsibles secreciones propias de los adictos a esta clase de festejos. Y otro apunte: las autoridades responsables del desafuero piden públicamente que no se lleve carbón a la playa… al tiempo que instalan contenedores para el carbón en la arena. Todo muy eco(i)lógico.
Pero la mugre de las barbacoas no es la única. Con suma consternación leemos que Farruquito ha suspendido “por razones de agenda” su previsto curso de flamenco en Cádiz. Vaya por Dios. A lo peor tiene cita para atropellar a alguien, porque no es posible que en el poco tiempo que ha estado entre rejas se le hayan acumulado los encargos. Cada taconeo de este tipo es un insulto a la viuda de Olalla. Pero está visto que por estos pagos nos acostumbramos fácilmente a la basura.

Ruido y alcohol, 21.07.08

El verano ha llegado y con él la licencia para caer en cualquier clase de vulgaridad y, de paso, incordiar impunemente al prójimo. El verano es la estación de la chancleta full time, de los sobacos asesinos, de la arena arrojada en tu terraza por la vecina de arriba, de las inmundas barbacoas en la playa, de las canciones cutres acosando sin tregua desde las fauces abiertas de los locales especializados en timar con garrafón. El verano en sí mismo es un ente perverso cuyo fin justifica sus medios, de manera que cualquier mal que provenga de él se entiende como aceptable y hasta normal, del mismo modo que los aquejados por la peste negra en aquella Europa del siglo XIV admitían con naturalidad que les salieran bubones en las axilas unos días antes de diñarla.
El verano es, también, el tiempo del ruido desconsiderado, en cualquier lugar, a cualquier hora. Una de las preocupaciones capitales denunciadas por el depredador veraniego tipo es el horario de cierre de los locales hiperdecibeliados y la imposibilidad de estar hasta las tantas en una terraza dando la matraca al vecindario; las leyes que existen al respecto y que, a saber por qué, se incumplen sistemáticamente, son vistas por esta destructiva especie como amenaza de acoso y derribo. Este depredador, además, asegura que el ocio nocturno pierde puntos si no se puede molestar al personal durmiente; el encanto turístico de la ciudad, afirma tal espécimen, se resiente, lo que es dar por hecho que al turista de verano lo que de verdad le pone es beber y fastidiar.
Está claro que quienes cantan las excelencias turísticas del ruido nocturno, a la par que insolidarios con sus semejantes, son sujetos poco viajados y poco duchos en tales materias. Las ciudades más turísticas de Europa, las que reciben millones de visitantes año tras año –París, Roma, Londres…- se sumen en el silencio más absoluto a las nueve de la noche. Sus viajeros no precisan de escándalo nocturno para entretenerse, antes bien, aprecian la calma y el descanso tras una jornada de intensa actividad. Mientras sigamos pensando que alcohol y ruido son nuestras mejores bazas veraniegas, seguiremos atrayendo chusma adicta al vandalismo, y serán otras las ciudades que se lleven el auténtico turismo: el que deja beneficios contantes y sonantes.

La Ley de Oro, 12.07.08

En su sutil a la par que hilarante tratado “Las leyes fundamentales de la estupidez humana” (incluido en su librito Allegro ma non troppo), el eminente profesor Carlo Maria Cipolla da cuenta de uno de los mecanismos más esenciales de la estulticia de los bípedos, en lo que él denomina como Ley de Oro: “Una persona estúpida es aquella que causa daño a una persona o grupo de personas sin obtener provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio”. Siempre he pensado que el opúsculo de Cipolla, que además incluye una ilustrativa parte práctica, debería ser materia obligatoria de estudio en las escuelas; así tal vez no se precisaría cursar polémicas asignaturas como Educación para la Ciudadanía y muchos celosos papás no se verían en la necesidad de ofenderse porque sea el Estado y no la Iglesia quien quiera inmiscuirse en la formación ética de sus hijos.
El caso es que me venía esta tercera ley fundamental de Cipolla a la memoria cuando leía hace un par de días que unos vándalos se han dedicado a saquear una necrópolis localizada en San Fernando, datada nada menos que en la Edad del Bronce, destrozando algunos de los restos que allí se custodiaban, sacados a la luz en una reciente excavación. Frente al simpático personaje literario del saqueador de tumbas que busca dientes de oro en las bocas de los muertos para comprarse un bocadillo, no cabe siquiera oponer la indignidad de esos estúpidos supinos que se han ocupado en despedazar los restos óseos descubiertos en las labores de investigación. En efecto, esos imbéciles lo son porque no sólo han causado un gran daño a la comunidad que desafortunadamente los acoge (que de este modo se ve privada de una parte importante de su Historia), sino que se han procurado un perjuicio a sí mismos, aunque por supuesto no lo saben: con su estúpida profanación han creado un vacío en la reconstrucción de la cadena evolutiva hacia sus antepasados, que en su caso particular se remonta mucho más allá de los homínidos y llega sin duda a la categoría de burdos cuadrúpedos sin conocimiento del lenguaje articulado.
Ahora sólo queda esperar que, una vez que el daño está ya hecho, quienes han de tomar cartas en el asunto no se pongan a tirarse las polveras y a acusarse como niños en el patio del colegio, en lugar de unir recursos, plantear soluciones y dar estopa a estos estúpidos para escarmiento de los abominables ejemplares de su raza.

De Cai, 18.05.08

Hace algunos días leía en una atinada columna publicada en estas mismas páginas que, de algún modo, resultaba lamentable que Cádiz y los gaditanos fueran conocidos esencialmente por el empleo de unas determinadas peculiaridades lingüísticas –en concreto, los apelativos ‘picha’, ‘chocho’ o ‘quillo’. Es bien cierto que, sin tener necesidad de renunciar a determinadas señas de identidad, no es aconsejable que esas señas nos esclavicen hasta el punto de erigirse en único rasgo distintivo, habiendo otros elementos tanto o más exportables que estos. De estas simplificaciones derivan “choteos” y tópicos que en nada nos benefician, y quien crea que afirmar tal cosa sea rematada hipérbole, que se pare a pensar en los pobres habitantes de Lepe, a quien todo quisque toma por el pito de un sereno.
El caso es que andaba yo pensando en estos temas cuando me percato de que los gaditanos no sólo ocupan titulares de prensa por semejantes patochadas, sino también por su contumaz afición a pasarse por las corvas el reglamento de Tráfico. Es de recordar, penosamente, que el primer detenido sin carné de conducir a raíz de las nuevas disposiciones de la DGT al respecto era oriundo de este suelo. En estos días continúa el goteo de infractores “de Cai”, que al parecer ocupan las primeras posiciones en el total hispánico –en proporción, se entiende– por su inobservancia de las reglas. Es cierto que en España tenemos alergia a comportarnos cívica y civilizadamente en relación con la conducción (entre otras cosas): los semáforos están de adorno, las pautas de velocidad son para los otros, las rayas continuas se hacen discontinuas cuando nos conviene… pero conducir sin carné de forma reiterada ya pasa de castaño oscuro. Y lo peor de todo esto es que se entiende que la situación tiene gracia, que se es más machote cuanto más se transgrede la ley, que “mola” comentar con los colegas ante unas cervezas que fíjate, por ahí ando sin carné y no pasa ná de ná, que a los de Cai esas pamplinas nos resbalan, quillo.
Es obvio que los logros de esta hermosa tierra son muchos, muy dignos y muy otros. Lástima que algunos tópicos promovidos por sólo unos pocos “de Cai” los echen por los suelos.

Educación, 02.05.08

Qué difícil es delimitar el ámbito preciso de la educación. En estos días en que asistimos a la penosa batalla (ya sentencia) legal acerca de dónde clavar los postes de la valla, cabe preguntarse por qué continúa siendo la educación un arma arrojadiza y, sobre todo, un instrumento de manipulación de las conciencias con vistas a la formación de ciudadanos que ejecuten órdenes transmitidas a través de un chip instalado allá por donde Descartes situaba la glándula pineal, esa minúscula cosita que ponía en relación el alma con el cuerpo.
Con independencia de que estemos más o menos acordes con la redacción concreta de los textos que integran la polémica asignatura de Educación para la Ciudadanía, lo que debe hacernos reflexionar es la base ¿jurídica? sobre la que se sustenta la sentencia con que el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía anula determinados contenidos de la asignatura en cuestión: y es que parece ser que plantear el respeto entre hombres y mujeres e intentar educar a los jóvenes en ese ideario obvio “invade la ética, el derecho y la moral”, aparte de suponer una vulneración de la “neutralidad obligada del Estado”. Mientras leo en la prensa estas descabelladas elucubraciones del TSJA, y a punto de caer en la tentación (irresistible, es cierto) de creer que la oligofrenia se ha apoderado de algunos de sus miembros, me pregunto por qué hay jueces que sistemáticamente se pasan por las corvas nuestra ley de leyes, esto es, la Constitución Española, con la mayor de las impunidades. El artículo 27.2 de la CE afirma que “la educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales”, artículo que, al parecer, nuestros sesudos jueces ignoran.
Apelar al supuesto derecho de los padres a educar a sus hijos en exclusiva dentro del ámbito doméstico (¿a la manera de Josef Fritzl, por ejemplo?) es una pretensión peligrosa, además de una entelequia en el sistema en que vivimos; por algo firmamos ya hace algunos siglos un Contrato Social con aceptación de áreas comunes y separación de poderes… aunque hace tanto de esto que algunos –en especial nuestros jueces– ya no lo recuerdan.

Ventanas, 12.04.08

Hace dos días, en Menorca, una mujer saltaba al vacío desde la ventana de un tercer piso empujada por el terror a su pareja. Pocas imágenes más gráficas que esta. Sabemos cotidianamente de asesinatos y golpes, de vejaciones físicas y psíquicas con que muchas mujeres arrostran un simulacro de vida que se asemeja en realidad mucho más a la muerte. Pero esa mujer de 26 años, por supuesto no más víctima que el resto de sus compañeras de horror, se me antoja en su caída el símbolo que debiera sublevarnos ante un tema al que no se concede aún la debida importancia: el terrorismo doméstico.
La mujer de Menorca no ha sido la única. En lo que va de año, se han arrojado por la ventana sendas mujeres en Valencia, Oviedo, Zaragoza y Málaga; todas ellas prefiriendo la muerte al maltrato. Esas cinco víctimas claman contra quienes piensan que este tema cansa, contra quienes creen que estas mujeres tienen lo que se buscan, contra quienes piensan que denunciar a los hombres es acosarlos, contra los machitos que se hacen las víctimas ante meras desavenencias de pareja, contra los jueces cavernarios que obstaculizan la Ley contra la Violencia de Género para que las malas bestias sigan campando por sus fueros.
Javier Arenas anuncia que su grupo presentará una propuesta de seguridad personalizada para mujeres maltratadas. Bien parece, aunque sería idóneo que tales proyectos no adquirieran tinte político, sino que sirvieran para hacer frente común contra una lacra deleznable. Es probable que la propuesta se frustre en una ciega colisión de partidos como la que nos abochorna en otros ámbitos, por no hablar de las voces que ya se han levantado contra los gastos que ocasionarían tales medidas; como si en esta España nuestra no se dilapidaran recursos en fastos y estupideces vergonzantes. Nuestros representantes prefieren meterse el dedo en el ojo en lugar de buscar soluciones en conjunto para los problemas que nos acucian. Así semos.
Mientras sigan arrojándose mujeres por las ventanas no deben cesar las protestas, las medidas legales, el escándalo social, el diálogo político. No mientras las ventanas sigan siendo la única esperanza para tantas mujeres de descansar en paz, aun a costa de dejarse el cuerpo hecho pedazos en el suelo.

Sahara, 06.04.08

Hace poco más de un mes, el 27 de febrero de 1976, se cumplió el 32 aniversario de la proclamación de la República Árabe Saharaui Democrática en un territorio que, de algún modo, sigue bajo la responsabilidad ética de España, por más que España se pase por las corvas toda ética. Desde hace ya 32 años se alienta la indigencia del pueblo saharaui con absoluto desparpajo, desde todos y cada uno de los gobiernos de España que han venido sucediéndose desde aquel postrer estertor franquista por el que se confinó a los saharauis en la más descarnada hostilidad del desierto del Sahara, la Hamada argelina. Por lo demás, es sabido –aunque internacionalmente se mire hacia otro sitio– que los saharauis son represaliados por la policía marroquí en las ciudades ocupadas del Sahara Occidental mientras el Gobierno Español no se acaba de animar a cumplir con lo estipulado por el Derecho Internacional en materia de descolonización, algo que bien se reclama para otros Estados de reconocido peso específico… y económico –verbigracia, el israelí. Para rematar la oprobiosa situación, la comunidad internacional viene sometiendo a los refugiados en los campos de Tinduf a todo tipo de privaciones, incluyendo las alimenticias básicas: los envíos con ayuda humanitaria disminuyen porque quienes duermen en hoteles de cinco estrellas y tragan a todo papo y elucubran sin recato en los foros al efecto creen que es más sano en el desierto un ligero picoteo que una copiosa comilona, aparte de que, como pude leerle a un observador bien enterado en estos temas –mi amigo F. Llorente–, alguna “luminaria” ha decidido que son 96.000 los saharauis refugiados en los campos, en lugar de los casi 200.000 reales. Dividir los recursos a la mitad estimula el espíritu solidario y el sentido de la continencia, quién lo duda.
En semejante clima de abusos, leemos que un centenar de saharauis guardan ordenada cola –no pierdan este esclarecedor detalle– ante la Oficina de Extranjería de Cádiz para pedir la nacionalidad española, apelando a la existencia real de antepasados, en algunos casos muy cercanos –padres, abuelos– que eran españoles antes de que España abandonara al Sahara a su suerte. La Subdelegación de Gobierno califica de “absurda ficción” la pretensión de estos saharauis y se queda tan campante, mientras en este país no se duda en meter a espuertas a todo el que lo solicite, venga de donde venga. La ley para la obtención de la nacionalidad española es muy clara al respecto: todos los extranjeros nacidos fuera de España pero de padre, madre, abuelo o abuela españoles de origen, pueden solicitar la nacionalidad con un año de residencia legal. Qué estrictas son las leyes para algunos, qué laxas para otros. Y qué poca la vergüenza histórica, ahora que la memoria ídem está tan de moda.

Cavernas, 30.03.08

A pesar de los esfuerzos de nuestros preclaros políticos por hacer gala de ese invento de fines electoralistas llamado paridad, consistente esencialmente no en otro asunto que en contrariar las enseñanzas del maestro Guillermo de Ockham duplicando innecesariamente los entes aludidos –“niños y niñas”, “ciudadanos y ciudadanas”, “diputados y diputadas”, y así en un interminable y fatigoso etcétera-, parece que las estructuras sociales se muestran bastante impermeables a las pantomimas protocolarias de nuestros estadistas, de modo que las cosas siguen como estaban hace años: fatal, o sea.
En el gaditano hospital de San Rafael las enfermeras quieren ponerse los pantalones pero no se lo permiten. El pantalón, como el brandy Soberano, es cosa de hombres. Para las féminas se ha designado un atuendo ejemplar a la par que discreto: falda, cofia y leotardito, como toda la vida. Eso sí, en palabras de Carmen de Porres, Secretaria Provincial del Sindicato de Enfermería, parece que la falda se hace cada vez más corta y el escote más generoso; a saber para placer de quién. A las aguerridas mozas que se atreven a desairar la orden se les aplica un ejemplar castigo: reducción de sueldo, que para eso están las nóminas de las mujeres; mucho pedir es que siquiera cobren, cuando lo natural sería que estuvieran en la casa, tejiendo jerseys y preparando el puchero, para recibir alegres y gozosas –y con falda, claro está- al pater familias. Lo raro es que a las revoltosas interfectas no las cojan y las arrastren por los pelos, como en tiempos de los Picapiedra, para hacerlas entrar en razón.
Parece mentira que a estas alturas de la peli andemos todavía con semejantes restricciones… y sobre todo con semejantes escarmientos. ¿No sería más sencillito dejar que cada quien elija su uniforme entre falda y pantalón según su comodidad y criterio? ¿Puede tolerarse que una empresa que presta un servicio público se pase por las corvas la Constitución, incurriendo en una actitud y en una penalización claramente ilegales por discriminatorias? ¿Hasta cuándo habremos de seguir sufriendo y tolerando estas perspectivas cavernarias? Dicen, y será verdad, que estamos en el siglo XXI… pero yo no me lo creo.

Dignidad, 23.03.08

En uno de estos días se dejaba constancia en las páginas del Diario de Cádiz, con alarmante titular, de un drama latente en el centro mismo de nuestra ciudad: “El botellódromo se degrada”, rezaba la noticia. Las pintadas en la Punta de San Felipe, además de la suciedad y los destrozos en el, por lo demás, precario mobiliario de la zona –esencialmente unas mamparas protectoras– no sólo van en progresivo aumento, sino que parecen ajenos a los cuidados municipales.
No reincidiré en las implicaciones del término botellódromo, sobre el que ya me explayé a gusto en este espacio hace algunos meses, aparte de que en este momento lo que parece suponer auténtica gravedad es el desastroso estado del lugar en cuestión. Hay quien se preocupa de que el escenario no resulta lo suficientemente higiénico para las antihigiénicas actividades que allí se desarrollan: bolsas de plástico, cascos de botellas y porquerías varias directamente relacionadas con las inocentes reuniones juveniles noctámbulas y noctívagas –que decía el poeta– proliferan por doquier. Asimismo, las mamparas de protección ya han debido reponerse, dado que habían sido previamente dañadas. Penoso decorado para una actitud igualmente lamentable. Hay quien se preocupa, pues, de que quienes ensuciaron y despedazaron con anterioridad no tengan la oportunidad de volver a ensuciar o despedazar impunemente: una preocupación tan legítima como otra cualquiera, claro está, aunque a mí se me antojan más acuciantes otras carencias de género bien diferente, más relacionadas con problemas sociales de evidente urgencia que no parece necesario enumerar.
En todo caso, lo que sí parece necesario es subrayar que en este país la diversión precisa del destrozo y el alcohol para ser tenida como tal. Los jovenzuelos del botellón participan no sólo de la vergonzante permisividad de sus papás, amparada en un progresismo mal entendido, sino incluso del ejemplo de los adultos que deterioran las playas en malolientes y masificadas barbacoas o envilecen con vómitos y desperdicios las calles gaditanas con la excusa de cualquier concentración festiva, llámese Semana Santa o Carnaval. Lo que aquí se degrada no es el botellódromo, sino la dignidad.

Doctores y asesinos, 17.03.08

Me hallaba yo dispuesta a escribir un comentario chusco sobre esta maratón que, en torno al personaje del Dr. House, ha tenido lugar en la FNAC de Sevilla hace unos días; una maratón de la que ha resultado vencedor un gaditano, Nicolás Ballesteros, entre miles de aspirantes de toda España a llevarse el goloso premio: un viaje a Los Ángeles. El asunto no fue moco de pavo (y no me refiero al irlandés eurovisivo): los finalistas del asunto permanecieron encerrados durante más de dos días sin dormir ni hablar con nadie, tragándose impertérritos setenta capítulos de la serie plagados de punciones lumbares, enfermedades tropicales, esclerosis tuberosas y demás galanterías propias del Hospital Princeton-Plainsboro, sin contar con las cortantes respuestas concentradas de House. Una admite abiertamente que la serie de marras le gusta, pero creo que compensa pagar los 600 euros que cuesta el billete a L.A. y no pasar por tal tortura. Ya sólo cabe esperar que Ballesteros no se ponga malito en las Américas y tenga que acudir allí al amigo Laurie.
El caso es, decía, que me hallaba dispuesta a escribir sobre estas cosillas amenas, cuando el humor se me cortó de cuajo: me entero de que ese mismo día han sido dos, no una sino dos, las mujeres que han muerto a manos de sus parejas, en esa escalada brutal y abominable que se ha dado en llamar “violencia de género”, y que yo más bien tildaría de “terrorismo doméstico”. Escucho esto con dolor e indignación –porque estas muertes también deberían dolernos e indignarnos– al tiempo que leo en la prensa que 160 casos de maltrato se encuentran detenidos en los tribunales porque unos cuantos jueces han presentado un porrón de cuestiones de inconstitucionalidad contra la LVG; inconstitucionalidad que en otros casos y a diario se pasan estos señores por el arco de triunfo. Probablemente se trate de los mismos jueces que dictaminan que una víctima viva por fuerza en el mismo domicilio del maltratador, que dejan a las víctimas sometidas al terror sin protección alguna, que estiman que una mujer puede ser violada si lleva minifalda. Malo es velar por asesinos. Mejor no pensar qué pueden hacer algunos de estos jueces cuando cruzan el umbral de sus casas.

Bufonadas, 03.03.08

Por mis noticias, ciertos "personajes" están ya movilizándose. Hay páginas web habilitadas ex profeso para ello (omito dar direcciones), y un clima insano que se está propiciando desde determinados ámbitos. Me refiero a los grupos de protesta por la presencia de Leo Bassi en Cádiz, que el 20 de abril llegará al Teatro Falla con su polémico montaje La Revelación. Una situación que no me resulta desconocida, pues la viví ya en Santander, con motivo de la representación del mismo espectáculo en esta ciudad. En aquel día de diciembre de 2006 recuerdo que acudí al teatro con miedo: miedo de sufrir alguna agresión por parte de quienes se habían erigido en defensores de la ley y el orden... vociferando a la entrada del local.
He de confesar que a la obra de Bassi me encaminaba con prejuicios no precisamente positivos, inducidos por intervenciones televisivas no muy afortunadas del cómico italiano. Sin embargo, me pareció indigno acatar los dictados de los violentos, y por otro lado, nadie en su juicio dejará de admitir que para evaluar algo es preciso conocerlo. Y he aquí que La Revelación se convirtió en una sorpresa, no sólo para mí, sino para muchos de los que allí estábamos, más presentes por la curiosidad y la defensa de la libertad de expresión que por admiración hacia el italiano. El espectáculo resultó ser divertido pero, sobre todo, reflexivo; un espectáculo reivindicativo de los derechos más elementales del ser humano y que repasó algunos de los problemas más candentes de la actualidad (la inmigración, la ecología, las políticas de ocupación, los conflictos bélicos) a partir de la revisión de dogmas asentados en la civilización cristiana, pero también en la islámica o la oriental. La Revelación no fue un alegato anticatólico ni antirreligioso, sino un toque de atención hacia las atrocidades cometidas por el Hombre desde el comienzo de los tiempos, y una apelación a la fuerza de la razón –referenciada por las imágenes proyectadas de Sócrates, Hipacia, Voltaire, Kant, Montaigne o Descartes– y al poder de la Naturaleza como entorno purificador contra el abuso y la opresión.
En fin: una bufonada más juiciosa que los gritos desaforados de quienes sin educación nos increpaban desde afuera. La ignorancia es madre del atrevimiento. También de la barbarie.

Petardos, 06.01.08

Los sufrimos el 24 y el 25, el 31 y el 1, y en las últimas horas han vuelto a acometernos las inefables hordas devotas del petardeo nocturno y estulto. Cualquier festiva excusa es buena: las fiestas en nuestro país no son fiestas si no hay sangre, borracheras o decibelios –y preferiblemente la santísima trinidad en su conjunto–. Semejante mal se padece desde tiempo inmemorial, y por ello las consecuencias son harto conocidas: ruido insufrible, destrozos varios en el mobiliario urbano, saturación en los servicios de urgencias por accidentes y quemaduras, niños y jóvenes con dedos de las manos amputados y, lo peor de todo, más de una víctima ajena a tales actividades que, no obstante, como la inocente muchacha jerezana de que hemos tenido noticia en estos días, comienza el 2008 sin un ojo y con la cara irremisiblemente destrozada.
El Padre Gobierno se afana a diario en velar por nuestro bienestar con muchas palabras y pocos hechos. Las cajetillas de tabaco rezan “fumar puede matar” y la Dirección General de Tráfico agita el dedo admonitoriamente diciendo que “las imprudencias se pagan”. Demasiada literatura para tantos brazos cruzados. Res non verba, aseveraban los latinos, pero como en España de latín ni idea, todos tan contentos al amparo de una ignorancia interesada. La ley antitabaco es el pito del sereno en la mayoría de establecimientos de hostelería y al guardia de turno le es más cómodo multar al señor que circula a 70 en carretera comarcal que al que lo hace a 200 en autopista. En cuanto a los petardos –me refiero a los que estallan, por no hacer juegos de palabras demasiado obvios–, a pesar de conocer sobradamente las desgracias que acarrean, nadie mueve un dedo para prohibirlos, y prohibirlos de forma efectiva, no tan sólo en un papel. En este país no se puede tener una pistola sin licencia, pero se consiente la venta de peligroso material pirotécnico, en la mayor parte de los casos a menores de edad; tampoco olvidemos la caterva de padres descerebrados que facilitan ellos mismos semejante material a los chicos, ni la siniestra figura del vendedor sin escrúpulos.
En mi carta de este año a los Magos de Occidente he pedido silencio. Sólo faltaría que los Reyes llegaran también tirando cohetes…

Vándalos, 03.01.08

Los vándalos, como es sabido, integran ese trío de pueblos germánicos, junto a suevos y alanos, que, hostigados por los hunos, se acercaron a nuestra península a practicar turismo, allá por los comienzos del siglo V. Los vándalos eran gente de orden para los suyos propios, menos para los demás, más o menos como todos los pueblos que se han dedicado a ocupar territorios ajenos. Eso ya lo sabían los griegos, que cuando hablaban de los bárbaros se referían a “los otros”, es decir, a todos los que no eran griegos. Los hispanos tardaron veinte años en verse libres de los vándalos, y en especial de los silingos, la rama mejor instalada, que acabó por marchar hacia África ante los requerimientos poco corteses de los romanos y sus aliados, los visigodos.
Suele designarse como vándalos a los individuos caracterizados por su salvajismo y su tendencia a causar destrozos en su entorno, generalmente en relación con bienes de propiedad y disfrute públicos. En esta, como en otras ocasiones, el Diccionario de la Academia, o el acervo popular, si se prefiere, incurren en delito de imprecisión y hasta injusticia. Los vándalos, más allá de su nombre, de vándalos tenían lo estricto y necesario para invadir unas tierras que no eran las propias: el reinado de Genserico y sus inmediatos sucesores en África se prolongó en plenitud y sin barrabasadas dignas de mención durante más de un siglo. En realidad, la acepción contemporánea del término ‘vándalo’ parece provenir de la Francia Revolucionaria, y en concreto del jansenista Henri Grégoire, que describió con tal adjetivo ante la Convención el comportamiento de las tropas republicanas. En España semejante acepción halló predicamento por razones obvias.
En los últimos días el vandalismo se ha adueñado de las calles gaditanas, cebándose particularmente en los adornos navideños propios de las fechas, aunque no es este un mal con calendario específico. A diferencia de los vándalos históricos, que batallaban por un lugar donde asentarse, los vándalos actuales arruinan patrimonio de su propiedad, y su victoria consiste en degradar la convivencia y el bienestar de todos. Por desgracia, la estupidez y la violencia caminan con suma frecuencia de la mano.

Mos maiorum, 16.12.07

Hace pocos días leíamos en las páginas del Diario de Cádiz acerca del mal estado, por falta de higiene, de los alimentos servidos a los residentes de un geriátrico de San Fernando. En esta sociedad nuestra en la que van proliferando los lugares donde aparcar todo aquello que nos estorba –desperdicios, animales, niños y viejos, que para algunos vienen a ser uno y lo mismo– ni siquiera se impone el decoro –ese sentimiento ético ya tan desdibujado– de alumbrar centros de depósito de mercancías humanas que respeten unas condiciones mínimas de dignidad y salubridad.
No me parece mal la alternativa de la residencia cuando ésta constituye una opción escogida individualmente por el residente; tampoco cuando dificultades familiares, que las hay, imposibilitan otra salida. El problema radica en los ancianos aparcados por hijos que no sólo prefieren deshacerse de sus padres para llevar una vida más cómoda, sino que son incapaces de realizar un seguimiento del estado y circunstancias de sus ascendientes, arguyendo viajes, ocupaciones y ridículas ficciones para no visitar jamás a sus progenitores. De este instinto inhumano derivan muchas de las aberraciones tácitamente admitidas –que abarcan desde la estricta indiferencia hasta el más denigrante maltrato– que se cometen con los ancianos en algunos de estos centros de aparcamiento. Las altísimas cuotas mensuales, que oscilan como media entre 1000 y 2000 euros, y que bajo ningún concepto se corresponden con el gasto real realizado por el residente, suponen en realidad un caro visado para la buena conciencia del hijo que desdeña la presencia de sus padres; un visado indecente que, por otra parte, el anciano se ve obligado a sufragar siquiera en parte, aportando íntegra su propia pensión, con lo que la ignominia del vástago –que sólo aparece en Navidad con una camisa de saldo o una colonia barata por regalo– es más flagrante aún.
Sabido es que el mos maiorum lleva tiempo abolido de nuestra “ética” de goce inmediato y egoísta. Pero no estaría de más que las instituciones correspondientes (Salud, Bienestar Social) velaran sin tregua y con mano dura por la profesionalidad de los geriátricos, si no por humanidad, al menos por vergüenza social.

¿Candidez?, 09.12.07

Lo que tenía que pasar ha pasado: los del PISA nos han “pisao” el callo y nos han dejado a la altura del betún; según parece, los infantes andaluces en torno a los 15 años son los más torpes de España en el ámbito académico, o al menos los más torpes de entre las diez comunidades que se han sometido al examen de grado en estulticia educativa; no contentos con la medallita, se han posicionado incluso por detrás de los alumnos turcos. Bravo.
A quien semejante estadística le asombre será porque su reino no es de este mundo. Llevamos trabajándonos el título durante varios años –un par de décadas, por ser más precisos– ante la alarmante indiferencia de padres apátridas, pedabobos y politicastros. De los indocentes no hablo, que ya tienen lo suyo con ver crecer cada día la cosecha. La autoridad del profesor se ha volatilizado, el incentivo al esfuerzo no existe y los alumnos pueden pasar curso con el morral cargado de suspensos. Estos males, propios del común de los alumnos hispánicos, se acentúan en Andalucía, donde se persiguen las enseñanzas humanísticas con ensañamiento criminal. La última defenestración, como sabemos, atañe a la música: una asignatura que en sí misma prácticamente no existía ha sido barrida de la ESO por Asturias… y Andalucía.
La Consejera de Educación, Cándida Martínez –quizá rindiendo honor a su nombre de pila– atribuye la catástrofe “al retraso histórico de la comunidad autónoma”. ¿A qué retraso se refiere? El PSOE ya lleva 25 años en el ruedo político andaluz, tiempo que no ha resultado suficiente para paliar el retraso jurásico pero sí para atontar a los chicos a base de bien. A no ser que doña Cándida esté pensando en el retraso intelectual derivado de la implantación socialista de la LOGSE (y que el PP no ha enderezado en sus dos legislaturas, dicho sea de paso), allá por las mismas fechas. Asegura doña Cándida que será necesario que pasen –o sea, que la diñen, pero dicho finamente– “algunas generaciones” (¿cuántas, Dios mío?) para subir el “listón” –palabrita como anillo al dedo–. Cuán largo me lo fiáis.
Semejantes declaraciones subrayan el penoso nivel en que nos encontramos en lo académico… y en lo político. Aunque prefiero no dilucidar si se trata de candidez, ¿o de perversidad, tal vez?

Machos, 25.11.07

Hoy se celebra –es un decir– el Día Internacional de la Violencia contra las Mujeres. Ayer, con tan ominoso motivo, tuvo lugar en Cádiz una marcha desde la Plaza de las Flores hasta la Audiencia Provincial. Más de 70 mujeres han sido asesinadas en España por sus amantísimas parejas en lo que va de este siniestro año que aún no ha terminado, y Andalucía es la Comunidad que registra mayor número de casos: una quincena. A ello hay que añadir las más de 300 mujeres que se suicidan cada año por el horror sufrido en el ámbito doméstico o sentimental.
Hace poco más de una semana leíamos el alarmante despunte que está experimentando en Cádiz la actitud del ibérico machito de charanga y pandereta entre los más jóvenes. Nuestros angelitos de quince confesaban sin reparos insultar a sus novietas, darles bofetadas o romperles la ropa por considerarla indecente. Las niñas, entre tanto, admiten como natural el instinto de semejantes bestezuelas, asumiendo su culpa y preparándose así para enunciar aquella frase que, en boca de una de sus pacientes, aterró al médico forense Miguel Lorente, y que más tarde se hizo libro: “Mi marido me pega lo normal”.
¿Qué es lo que maman estos aprendices de matones en casa y en el cole? ¿En qué estercolero pace una sociedad que entiende como “normal” una paliza propinada a la propia compañera o que se deleita a la hora del café con un programa infecto donde semejantes inmundicias se exhiben como entretenimiento? Los optimistas de la cosa -nunca faltan– nos dicen que exageramos, que países supuestamente más “avanzados” como Suecia, Alemania o Gran Bretaña tienen tasas más altas de maltrato. Al fin va a ser verdad que en estos lares a las mujeres se les pega lo normal. A lo peor hasta vamos escasos.
Es obvio que la Ley no ataja esta situación de extrema gravedad social, que bien podría calificarse de terrorismo doméstico. Los indicios de delito son ignorados descaradamente por autoridades e instituciones hasta que no corre la sangre. Las órdenes de alejamiento son un cachondeo. Jueces visionarios obligan a algunas mujeres a regresar con su maltratador. Por no hablar del sector de “hombres” que, al olor de la tajada, lloriquean por las esquinas haciéndose las víctimas; aunque lo suyo, claro, siempre es psicológico.
¿Servirá de algo el día de hoy? Lo dudo. Tal vez contemos una muerte más.