El gran historiador del arte y de las ideas Erwin Panofsky escribió allá por los años 60 del pasado siglo un libro irrepetible llamado Renacimiento y renacimientos en el arte occidental. La cosa iba de que, si bien todos estamos al tanto de la existencia y caracteres de ese periodo de esplendor que se ha dado en llamar Renacimiento, existen además otros periodos, más o menos sistemáticos a lo largo de la Historia, a los que también cabe apelar con ese nombre, siquiera con minúscula (por ejemplo, el renacimiento carolingio del año 1000). A la par que esta teoría, o en realidad sustentándola, argumenta Panofsky que nuestra Historia es como una cinta que describe ondulaciones –crestas y vaguadas– que determinan de modo ineludible la brillantez o zafiedad respectivamente de los diferentes periodos cronológicos que atraviesa el Hombre en su carrera (ya sea con Bonos del Estado o en la compaña de la Puri), de forma que a una etapa de magnificencia cultural antecede necesariamente una ciénaga intelectual.
Y todo esto me viene a la cabeza cuando pienso en el paso por el Teatro de Falla de Cádiz en esta semana de ese grupo británico de… individuos (músicos no son, artistas tampoco, en todo caso acróbatas) llamado Stomp –gráfica onomatopeya–, al parecer avalados por un éxito arrollador cosechado en lugares múltiples del mundo, que les han granjeado no sé cuántos millones de espectadores. El espectáculo de Stomp es plenamente contemporáneo. Quiero decir que encaja en la estética y en las necesidades intelectuales (o más bien en la carencia de ellas) propias del Hombre de hoy. Lo que por parte de Stomp es, no sé si inteligente, pero sí decididamente avispado. Ahora bien, lo que a mí me incomoda sobremanera es detenerme a pensar que unos individuos que sólo hacen ruido –un ruido infernal, por cierto– durante más de una hora, valiéndose de todo tipo de trebejos, despojos y cachivaches derelictos, puedan arrastrar el aplauso de los espectadores del modo en que lo hacen. El espectáculo de Stomp es intencionadamente chirriante, residual, de vertedero. A tono con los tiempos, repito. Pero no se me vaya a entender mal. La culpa no es de Stomp, sino de esta maldita vaguada en la que chapoteamos torpemente. Si Mozart desde su cima levantara la cabeza... y viera esto:
Y todo esto me viene a la cabeza cuando pienso en el paso por el Teatro de Falla de Cádiz en esta semana de ese grupo británico de… individuos (músicos no son, artistas tampoco, en todo caso acróbatas) llamado Stomp –gráfica onomatopeya–, al parecer avalados por un éxito arrollador cosechado en lugares múltiples del mundo, que les han granjeado no sé cuántos millones de espectadores. El espectáculo de Stomp es plenamente contemporáneo. Quiero decir que encaja en la estética y en las necesidades intelectuales (o más bien en la carencia de ellas) propias del Hombre de hoy. Lo que por parte de Stomp es, no sé si inteligente, pero sí decididamente avispado. Ahora bien, lo que a mí me incomoda sobremanera es detenerme a pensar que unos individuos que sólo hacen ruido –un ruido infernal, por cierto– durante más de una hora, valiéndose de todo tipo de trebejos, despojos y cachivaches derelictos, puedan arrastrar el aplauso de los espectadores del modo en que lo hacen. El espectáculo de Stomp es intencionadamente chirriante, residual, de vertedero. A tono con los tiempos, repito. Pero no se me vaya a entender mal. La culpa no es de Stomp, sino de esta maldita vaguada en la que chapoteamos torpemente. Si Mozart desde su cima levantara la cabeza... y viera esto:








Hace poco más de un mes, el 27 de febrero de 1976, se cumplió el 32 aniversario de la proclamación de la República Árabe Saharaui Democrática en un territorio que, de algún modo, sigue bajo la responsabilidad ética de España, por más que España se pase por las corvas toda ética. Desde hace ya 32 años se alienta la indigencia del pueblo saharaui con absoluto desparpajo, desde todos y cada uno de los gobiernos de España que han venido sucediéndose desde aquel postrer estertor franquista por el que se confinó a los saharauis en la más descarnada hostilidad del desierto del Sahara, la Hamada argelina. Por lo demás, es sabido –aunque internacionalmente se mire hacia otro sitio– que los saharauis son represaliados por la policía marroquí en las ciudades ocupadas del Sahara Occidental mientras el Gobierno Español no se acaba de animar a cumplir con lo estipulado por el Derecho Internacional en materia de descolonización, algo que bien se reclama para otros Estados de reconocido peso específico… y económico –verbigracia, el israelí. Para rematar la oprobiosa situación, la comunidad internacional viene sometiendo a los refugiados en los campos de Tinduf a todo tipo de privaciones, incluyendo las alimenticias básicas: los envíos con ayuda humanitaria disminuyen porque quienes duermen en hoteles de cinco estrellas y tragan a todo papo y elucubran sin recato en los foros al efecto creen que es más sano en el desierto un ligero picoteo que una copiosa comilona, aparte de que, como pude leerle a un observador bien enterado en estos temas –mi amigo F. Llorente–, alguna “luminaria” ha decidido que son 96.000 los saharauis refugiados en los campos, en lugar de los casi 200.000 reales. Dividir los recursos a la mitad estimula el espíritu solidario y el sentido de la continencia, quién lo duda.







