MÚSICA EN EL JARDÍN DE LA EDAD MEDIA

Los acontecimientos de las últimas semanas han propiciado la proliferación de un espíritu sombrío. La presencia constante de la amenaza de la enfermedad, sumada a las medidas de excepción que se han impuesto para intentar atajarla, sugiere de manera natural la percepción de la propia debilidad y, con ella, una mirada hacia tiempos pretéritos que en el imaginario colectivo guardan similitudes con nuestro entorno convulso. No es extraño entonces el singular revival que ha experimentado recientemente en la prensa la Edad Media, escenario fértil en plagas devastadoras y catástrofes bélicas y hasta ecológicas. Si además de la muerte generalizada pensamos en cuál podría ser el sonido de aquella época poco complaciente con los hombres, no es difícil evocar aquel siniestro apunte del historiador Huizinga: las carracas que acompañaban las comitivas fúnebres y las campanas que convocaban a reunirse para la difusión de las peores noticias constituían la banda sonora de esta edad paradójicamente impávida.
Pero en la Edad Media no solo había oscuridad y guerras y apestados. También había jardines y sus flores. Y dentro de las flores, cobró especialísimo protagonismo la rosa, brote de simbolismo extraordinario, muy próximo a tres esenciales elementos: el amor, el deseo y, por supuesto, el miedo. La historia de la rosa, de la rosa simbólica, es una historia oscilante, pendular y compleja: la rosa ha conocido la adoración, ha conocido el aborrecimiento, ha conocido el olvido y ha conocido la sacralización. Si hubiera de compararse con un personaje de carne y hueso, sería algo así como una Helena de Troya: temida aunque hermosa, sincera y ladina, princesa y puta, cautivadora y cautiva, suscitadora de amores y odios, bandera de guerras (Guerra de las Dos Rosas), cantada («una rosa es una rosa es una rosa») y denostada (Ángel González la llamaba «menti-rosa»). 
Puede decirse que la rosa entra en el mundo civilizado occidental, quiero decir, de modo «lógico», intelectualmente sopesado, de la mano de los griegos. Homero menciona una rosa plebeya, silvestre, de tan solo cinco hojas, que tiene una función medicinal: la producción del óleo con el que Afrodita unge el cuerpo de Héctor en la Ilíada. El afecto de Afrodita por la rosa fue inmediatamente compartido por todas las divinidades, y en el valle de Frigia crearon un jardín que quedó al cargo del Rey Midas, un vergel donde solo crecían rosales exquisitos, custodiado por una verja de oro. Ya en estos principios mitológicos se aprecian algunos asuntos que posteriormente repuntarán en la Edad Media, aunque reelaborados, como son el vínculo de la rosa con la mujer, con el amor venusino, con la pureza (en la persona de la doncella rescatada) y con el jardín amurallado.
Si en Roma la rosa había adquirido el esplendor máximo de su paganidad, el Cristianismo se encargó de arrebatárselo. Prudencio calificó a la rosa de planta espiritualmente venenosa. El Cristianismo Primitivo, poco dado a los placeres ni a la celebración de lo terreno, favoreció el retroceso de una flor que evocaba la vitalidad mundana. El advenimiento de los bárbaros hizo el resto: nada quedó en pie de la gloriosa cultura romana, todo fue destruido, y si cayeron poderosas instituciones y ciudades, mucho menos podían resistir los modestos cultivos y las flores. Era el comienzo de la Edad Media. La cultura grecorromana y las rosas hubieron de refugiarse en el mismo lugar: los monasterios. De algún modo, la rosa abandona su existencia bacanal y retorna a su origen de tesoro recoleto custodiado entre paredes. Como el hijo pródigo, regresa avergonzada al jardín, al hortus conclusus, que por un lado evoca el frustrante sentimiento del Edén Perdido; por otro, constituye una realización idílica del paradigma cristiano en que la Virgen suele aparecer en un jardín cercado sentada sobre un lecho de rosas, con un pequeño Jesús entre los brazos que toca un instrumento musical; y, por último, en una cuasi herética combinación de ambos, suele ser el escenario en que, entre arquitecturas ambiguas, fuentes rumorosas, especias excitantes, árboles exóticos y rosas fragantes, se resalta la pureza de María como inocencia paradójicamente apasionada, como bomba espiritualmente sexual. La música y el jardín, y dentro del jardín las rosas, pronto entrelazarán una profunda y provechosa amistad. Como muestra de la importancia del hortus conclusus, puede recordarse esa hermosa pieza perteneciente al gótico tardío (siglo XV), cuyo autor es el español Rodrigo de Ceballos, que lleva precisamente este título y que es una musicalización de un fragmento del Cantar de los Cantares. La confusa ambigüedad reinante en el jardín cercado, con la rosa como símbolo de amor puro pero intenso y la vinculación de la Virgen María con un extraño protocolo amoroso queda a su vez bien representada en la música de uno de los grandes maestros del Ars Subtilior, Elzear Genet, también conocido como Carpentras; se trata de «Haec est illa dulcis rosa. Salve», bello motete a cinco voces, donde se realiza un elogio cortés de la belleza mariana. (Ambas piezas pueden encontrarse en el disco La rosa, el lirio y el arándano. Jardines medievales, a cargo del Orlando Consort, bellamente editado en formato libro-disco por HM).


Cuando las turbulencias fueron amainando y los bárbaros fueron desbastándose, se empezó a pensar en vivir un poco más civilizadamente. Será Carlomagno quien recupere el esplendor de la vida cortesana en sus residencias de Ingelheim y Aquisgrán e incluso, sorpréndanse, imponga por decreto el cultivo de la rosa en su Capitulare de Villis vel Curtis Imperii. A partir de aquí la suerte de la rosa comienza a remontar. Las damas la adoran y de la adoración de la mujer a la asociación femínea con la flor y de ambas con el amor, siempre en el entorno del jardín, solo media un paso. Curiosamente, en esta transformación ideológica de la flor hay un elemento nuevo y fundamental: la música. Erwin Panofsky apunta que es frecuente en el arte medieval la representación de jardines en que una mujer toca el laúd o huele una rosa. Las damas en los bailes tocan su cabeza con arreglos de rosas, en las danzas de los siglos XII y XIII las parejas llevan en las manos ramos de rosas que se intercambian al compás de flautas y dulzainas. Frente a las canciones de inspiración popular o goliardesca, en que la rosa tiene connotaciones lúdicamente eróticas («Una joven portaba una túnica roja; si la acaricio,  la túnica se estremece; una joven se me mostraba como una pequeña rosa, con su rostro radiante y su boca una flor»), la literatura más culta se impregnaba también de este espíritu y reelaboraba estos temas en obras que acogían las corrientes líricas del amor cortés, que se desarrollaban siempre en el ámbito del huerto (del huerto cerrado, amurallado), cuyo objetivo esencial era la conquista de la Dama-Rosa, para lo cual se recurría a todo tipo de argucias, las musicales incluidas. Como muestra del papel crucial de la rosa en el amor cortés puede traerse a colación una hermosísima composición de John Dunstable, la ballata «O rosa bella», que conocerá recomposiciones posteriores y que se expresa en los términos siguientes: «Oh, rosa bella, dulce alma mía, no me dejes morir por esta cortesía. Tan triste como estoy, podría morir tras servirte con perfección y lealtad. Oh, dios del amor, qué doloroso es amar; ve cómo muero por este pacto amoroso. Auxíliame en mi enfermedad: corazón de mi ser, no permitas que muera». (Esta versión, que se sitúa en los más audaces inicios de la interpretación de la música antigua, allá por el año 1983, se encuentra en Mi verry joy, precioso disco del Medieval Ensemble of London, encabezado por Peter y Timothy Davies, registrado en el sello L'Oiseau Lyre).


Es evidente que en este contexto no podemos dejar de citar el Roman de la Rose, donde el jardín es lugar y metáfora, y el amante es jardinero, raptor y músico. El Roman de la Rose fue escrito hacia 1225 por Guillaume de Lorris  y continuado por Jean de Meun en la segunda mitad del siglo XIII. La parte redactada por Guillaume de Lorris es ante todo un «arte de amar», con forma alegórica. Pero en realidad el éxito de la obra se debe a la extensísima continuación de Jean de Meun, que refleja un momento crucial de la Historia occidental: los ideales corteses se habían hundido, la sociedad feudal empezaba a debilitarse y la crisis se extendía a todos los ámbitos. Jean de Meun, erudito, estoico y neoplatónico, y uno de los autores satíricos más crueles de su época, aprovecha para denostar el concepto de la Dama-Rosa como mera fuente de placer y la adecuada recolocación del amor en el contexto de la procreación; para ello se sirve de descripciones misóginas, agresivas y a veces procaces —como el episodio final, con la grosera desfloración de la Rosa—, que en realidad constituyen una profunda crítica a las costumbres relajadas del estamento nobiliario de su tiempo y una denuncia de la gran hipocresía que encerraba la cacareada delicadeza del amor cortés, el cual no suponía sino «un freno para el desenfreno».
De la indiscutible celebridad y propagación del Roman de la Rose, texto de influjo ovidiano que fue fundamental para la historia de Europa, se hicieron eco de forma inmediata músicos de la talla de Guillaume de Machaut y Solage, también Jacques de Cysoing o Brunel de Tours, amén de numerosos compositores de los que solo nos ha quedado la música pero no sus nombres. Todos ellos, en plena época gótica, rescataron episodios especialmente significativos de la obra («En el vergel de las rosas», «Beso precioso», «Yo os suplico dulce rosa»...) en un viaje trovero apasionante entre las producciones del Ars Nova y del Ars Subtilior. En este sentido, me permito recomendar el disco Le Roman de la Rose, del conjunto Per-Sonat, encabezado por Sabine Lutzenberger, que incluye una carola —danza popular citada en el Roman— y una bella canción de Guillaume de Machaut que describe el amor que la Rosa prendió como una flecha en el ojo y el corazón del caballero. Entre los diez mandatos del Amor que proporciona el Roman de la Rose se encuentra, y no por casualidad, el de cantar, tocar instrumentos y bailar con gracia. En el Episodio de Pigmalión se enumera la variedad de instrumentos con que se podía intentar atraer el favor de la dama, aun no siempre con éxito.


Con la rosa ya instalada en el hortus conclusus —aunque ya hemos visto que de conclusus, poco—, y desde sus evocaciones más sagradas, se tenderá un puente hacia la más intachable feminidad y el amor más puro: María, invocada como Rosa Mystica, Rosa Fragans, Rosa Rubens, Rosa Novella. Como Madre, María, la Rosa entre las Rosas, es capaz de conjurar el mal, la muerte, de donde es frecuente que la rosa en cuanto flor se use en su asociación mariana para ahuyentar la desgracia y el terror. En los tiempos de las sucesivas pestes europeas —ya inmersos en el siglo XIV, en pleno apogeo del miedo— los pétalos de rosa se usaban como amuletos y para intentar purificar las ropas, lamentablemente en vano, de los afectados por la enfermedad. (Este concepto de María se puede escuchar en el disco Rosa das Rosas. Il simbolo della Rosa nel Medioevo, a cargo del ensemble Chominciamento di Gioia, en el sello III Milenio).


La Rosa Diosa del Amor Espiritual no conseguiría, sin embargo, neutralizar la visión más estrictamente placentera que de la flor tenían otros poetas coetáneos, cuya estela, por lo demás, otros continuaron. No olvidemos aquel malicioso romance anónimo que reza, con clara alusión a la rosa como pérdida de la virginidad: «Yo m'iba, mi madre / las rosas coger. / Hallé mis amores / dentro en el vergel. / Dentro del rosal / matarme'an.» En los jardines amorosos de la Edad Media había mucha ropa que lavar y la música, como se ha visto, nos ha legado sobrado testimonio.

Adiós, muchachos (26.10.2008)

Han transcurrido ya muchas semanas desde aquel agosto de 2005 en que este viaje comenzó. Y siento quizá que ha llegado el momento de abrir la puerta y despedirse. Incluso la multiplicación de los panes y los peces debe tener un final... o el milagro dejará de serlo. Quienes por aquí han pasado seguirán siendo compañeros de aventuras.
Por el momento migro hacia otra casa. Allí serán todos bienvenidos. Mientras hago las maletas y me marcho suavemente, procurando no hacer ruido, les dejo en buena compañía.
Hasta siempre.




Lo prometido es deuda...

Prometí que escribiría más exhaustivamente sobre la exposición de Adriano en el Museo Británico. Quienes estén interesados pueden leer mi promesa aquí.
Ave.

Crestas y vaguadas, 04.10.08

El gran historiador del arte y de las ideas Erwin Panofsky escribió allá por los años 60 del pasado siglo un libro irrepetible llamado Renacimiento y renacimientos en el arte occidental. La cosa iba de que, si bien todos estamos al tanto de la existencia y caracteres de ese periodo de esplendor que se ha dado en llamar Renacimiento, existen además otros periodos, más o menos sistemáticos a lo largo de la Historia, a los que también cabe apelar con ese nombre, siquiera con minúscula (por ejemplo, el renacimiento carolingio del año 1000). A la par que esta teoría, o en realidad sustentándola, argumenta Panofsky que nuestra Historia es como una cinta que describe ondulaciones –crestas y vaguadas– que determinan de modo ineludible la brillantez o zafiedad respectivamente de los diferentes periodos cronológicos que atraviesa el Hombre en su carrera (ya sea con Bonos del Estado o en la compaña de la Puri), de forma que a una etapa de magnificencia cultural antecede necesariamente una ciénaga intelectual.
Y todo esto me viene a la cabeza cuando pienso en el paso por el Teatro de Falla de Cádiz en esta semana de ese grupo británico de… individuos (músicos no son, artistas tampoco, en todo caso acróbatas) llamado Stomp –gráfica onomatopeya–, al parecer avalados por un éxito arrollador cosechado en lugares múltiples del mundo, que les han granjeado no sé cuántos millones de espectadores. El espectáculo de Stomp es plenamente contemporáneo. Quiero decir que encaja en la estética y en las necesidades intelectuales (o más bien en la carencia de ellas) propias del Hombre de hoy. Lo que por parte de Stomp es, no sé si inteligente, pero sí decididamente avispado. Ahora bien, lo que a mí me incomoda sobremanera es detenerme a pensar que unos individuos que sólo hacen ruido –un ruido infernal, por cierto– durante más de una hora, valiéndose de todo tipo de trebejos, despojos y cachivaches derelictos, puedan arrastrar el aplauso de los espectadores del modo en que lo hacen. El espectáculo de Stomp es intencionadamente chirriante, residual, de vertedero. A tono con los tiempos, repito. Pero no se me vaya a entender mal. La culpa no es de Stomp, sino de esta maldita vaguada en la que chapoteamos torpemente. Si Mozart desde su cima levantara la cabeza... y viera esto:

Sonatina de Otoño, 21.09.08

Hoy empieza el otoño (o al menos así nos lo enseñaban hace años, cuando la educación era medianamente digna, que ahora las estaciones sobrevienen cuando les da la gana) y con él empieza el “nuevo curso”, como dicen algunos afectados reporteros de la cosa… nuevo curso que trae aparejado lo de siempre: la chapuza nacional, o sea; que esta no entiende de modas ni modernidades.
No se sabe si profes y ordenanzas regresaron trastornados de sus jolidais en Reikiavijk o en Estepona, pero lo cierto es que a la hora de examinar a los chicos septembrinos de la Selectividad que nada selecciona, han repartido dos exámenes –el propio de septiembre y el ya realizado en junio– en la prueba correspondiente a la asignatura de Matemáticas Aplicadas a las Ciencias Sociales. Ya tenemos el lío padre. Los beneficiados en la distribución no quieren oír hablar de la repetición de las pruebas y los perjudicados claman justicia. Lo normal. Al final quedará todo en agua de borrajas, pues mucho es el esfuerzo para cosa tan nimia: la legalidad, la responsabilidad y las buenas prácticas en este país importan un figo, y por otra parte tampoco los chicos merecen tanto desvelo, que el informe PISA ya les ha dejado a la altura del betún con examen “repe” o no.
La noticia ha sido profusamente comentada en la edición digital del Diario de Cádiz. Y ahí, en los comentarios de los lectores –que es en lo que las ediciones digitales aventajan a la tradicional prensa en papel–, puede uno desde hacerse cruces hasta explicarse el porqué de tanto despropósito. La mayor parte son comentarios de alumnos: para que luego se diga que no leen periódicos, mis angelitos. Pero… con unas faltas ortográficas y expresivas de cortar la respiración: ‘a’ del verbo haber sin h, ‘asines’ por doquier (sin duda étimo latino de ese orejudo espécimen hoy conocido como ‘burro’), sintaxis ininteligible…
Los muchachos se indignan con toda su precariedad lingüística ante la posibilidad de que lo acontecido reduzca sus opciones al concurrir a una carrera universitaria específica. No deberían preocuparse: cualquier lugar en el que caigan los padecerá por imperativo legal. Cosas de lo políticamente correcto, del “progresa adecuadamente” y de la ceguera general. La sonatina de otoño que cada año se renueva…

Un andaluz en Londres, 16.09.08

Acabo de regresar de la capital británica, de un viaje de trabajo (de trabajo placentero) en que he logrado arañar tiempo para asistir a uno de los conciertos de los Proms y a la magna exposición que sobre el emperador Adriano se exhibe en el British Museum. Tenía relativa curiosidad por ver cómo tratarían los ingleses la figura del emperador de origen andaluz –Adriano, nacido en realidad en Roma, era de familia con decidida raigambre bética–, uno de los emperadores más respetados y polifacéticos de la historia latina… y uno de los pocos emperadores, por lo demás, que murió de muerte natural, ajeno a dagas y venenos. La exposición arranca y muere en la literatura: desde las célebres Memorias de Adriano de Yourcenar, cuyo manuscrito se exhibe en una vitrina como un objeto más de culto (reconocimiento que se me antoja absolutamente merecido) hasta los reflexivos versos Animula, vagula, blandula… atribuidos al emperador, flota en todo el montaje un homenaje a las palabras, también a las de los escritores clásicos, que sirven de guía en las diferentes secciones de la exposición comisariada por el conservador Thorsten Opper.
Guerrero. Soñador. Visionario. Son los tres adjetivos con que se sintetiza en la muestra el quehacer y el vivir de Adriano. Y en todos ellos, y en la propia existencia del emperador, sus raíces andaluzas tuvieron un peso decisivo. Así al menos parece entenderlo el comisario, que subraya la ascendencia surhispánica de Trajano, predecesor y padre adoptivo de Adriano, e igualmente las raíces parentales de este último, cuya familia no sólo dotó al Senado con varios miembros, sino que además estos mismos y otros similares comenzaron a conformar una nueva elite senatorial bien distinta a la imperante hasta el momento. Los productos mediterráneos, y en particular el aceite, proporcionaron una vida muelle a los béticos y sobre todo a las familias que dominaban el entorno. Esa molicie permitió, a su vez, la excéntrica vida de Adriano –el primer emperador barbado, dicho sea de paso–, sus viajes y su gusto por lo griego, su tendencia a la literatura, la filosofía, la belleza… en combinación con un imparable cursus honorum y una mano firme en que se aunaron la violencia más implacable y la ternura homosexual más desbordada: los mil rostros de un andaluz inmortal.
Prometo más detalles...

Bestiarium Palatii II, 02.09.08

Tras la clausura de la última jornada fistivalera, me veo en la necesidad de compartir aquí la detección de un par de especies nuevas:

Nalgae inquietae
Dícese del espectador que, incapaz de estarse quietecito en la butaca, se mueve continuamente y sin cesar a lo largo de todo un concierto o representación, dificultando con ello la visión del desdichado que se encuentra a su espalda. Existe una variante peculiar, en que el movimiento sólo se produce en el tercio superior del cuerpo: se trata del Caput Oscilantisimum, cuya cabeza pendulea de un extremo a otro de la butaca, obligando sincronizadamente a hacer lo mismo a quien se halla detrás; es esta, por tanto, variante peligrosa por su capacidad de contagio.

Telephonans perpetuus
Trátase del individuo que no puede prescindir de su móvil durante un espectáculo. Cabe documentar dos subespecies: aquel que permite que el aparato suene por razones inexplicables, a pesar de los avisos de magafonía, y que se corresponde con el Telephonans Stultus Ruidosus; y el Telephonans Stultus Fotofilicus, adicto a la luz que emana de la pantalla del móvil, que consulta y enciende cada diez minutos de espectáculo.

Por lo demás, he descubierto ayer mismo una variante de la Scalatrix Intrepidans mencionada en la Lección Primera. Se trata de la Deslizatrix Sutilis Contorsionans, que en esta ocasión no trepa por encima de las barras de separación, sino que hábilmente y con exhibición sin par se desliza por debajo de las mismas.

Lección de Zoología: Bestiarium Palatii, 28.08.08

A continuación esbozaremos un pequeño muestrario de los especímenes asistentes a los actos fistivaleros celebrados en el Gran Palacio Musical y sus aledaños. Conste que el presente bestiario es una selección de los ejemplares detectados por esta modesta investigadora en su particular trabajo de campo. Tal vez la lista pueda completarse con más especies por parte de otros investigadores más esforzados que la que suscribe. Todo sea por el bien de la ciencia. Así pues:

Toseturus terminalis gravisEn general, apelativo aplicado a todos aquellos que sufren y sufrirán per saecula saeculorum ataques de tos fulminantes entre movimientos sinfónicos o en los momentos clave de una obra de teatro, neutralizando los sonidos provenientes del escenario. Si el sujeto persiste en su agonía de forma desconsiderada, puede llegar a alcanzar la categoría insidiosa de Gonadotocus carraspei, espécimen que los ignaros designan con cacofónico término vulgaris (algo similar a “tocapelotas tosedor”).

Scalatrix intrepidansDícese de la asistente a los espectáculos fistivaleros que, acuciada por el hambre nocturna, se precipita antes de la conclusión del espectáculo por encima de las barras de separación de butacas, escalándolas, en lugar de utilizar los pasillos conducentes de forma humana y natural hacia la salida. No es infrecuente que la contorsionista sea dama de edad avanzada.

Roncati duobusTrátase de los matrimonios bien avenidos que, ante el aburrimiento suscitado por determinados espectáculos fistivaleros, suelen abandonarse al unísono y armónicamente en brazos de Morfeo.

Exterminator divanorum palatiiVariatio peligrosa e individual de la especie anterior. Úsase en el caso de sujetos que, abatidos por los estertores del sueño ante una sinfonía de Bruckner, caen sobre la butaca delantera desvencijando al tiempo la propia, incluso en repetidas ocasiones. Caso extremo y único documentado en el FIS 2007.

Abanicanda menopausa sinpausa
Dícese de la supuesta dama que por causa de su calidaria aetas tiene una concepción solidaria del aire de su abanico, extendiendo su alcance y el ruido en él empleado a las butacas contiguas. Habitualmente no conoce la fatiga.

Palmatorius impenitentisEspécimen inclinado de forma inevitable a la incontinentia ovationis, oseasé: aplauso desmesurado con independencia de la calidad del espectáculo presenciado, y con frecuencia a destiempo (en mitad de una sinfonía, antes de concluir el cantante un aria, et coetera). No es extraño que padezca esa terrible enfermedad llamada auricula in sphintere (vulg.: oreja en el ojete) que puede aquejar también a algunos críticos.

Momificatus Sanctiemeterii-Tuta-VitaeComo su propio nombre sugiere, se trata de individuos panteónicos que ocupan la misma butaca palaciega desde los tiempos en que estaban aceptablemente vivos (ab urbe condita). Conocidos coloquialmente como STV (de Santander de Toda la Vida, o sea).

Instructor momiarum et aliarum herbarum
Trátase de aquel ignorántulo que, habiendo leído las notas del programa de mano previamente a la representación o concierto correspondiente, se dedica a explicárselas en pequeñas y supuestamente sabias dosis a otras especies menos aventajadas en la lectura, entre las que suelen contarse los Momificati STV citados con anterioridad o cualquier otro género de confiados y sufridos oyentes.

Criticus semperdigestus biberiusqueDícese del esforzado crítico que hace gala de estómago agradecido e inclinación natural hacia el consumo indiscriminado de líquidos espirituosos. Todo ello suele cristalizar en la redacción de críticas exageradamente complacientes.

Garrulus melocriticusComo variante del anterior, aparece este espécimen aún más peligroso por su manifiesta ignorancia. Su estulticia le induce a creer que un pianista puede interpretar él solito un concierto para piano y orquesta, o bien espera sin decencia la interpretación por una orquesta de una polonesa chopiniana. Con frecuencia inserta haches en lugares inadecuados: verbigratia, Elgar queda transformado en Helgar.

Monachus superbius infinitusSiguiendo la vieja consigna luterana –“monachatus non est pietas”–, existen religiosos que, más atentos a los placeres mundanos que a sus votos, dan rienda suelta a sus variados apetitos y a su soberbia, para encubrir los cuales suelen apelar a la organización y dirección de eventos musicales infinitamente consuetudinarios. Es esta una especie peligrosa por cuanto resulta específicamente difícil apartarla del ejercicio de semejantes gozos y consiguientes disimulos.

El horror, 25.08.08

El horror, ese ente tortuoso que invocaba Walter Kurtz justo antes de morir en El Corazón de las Tinieblas, puede arrastrar al ser humano a las conductas liminares más insospechadas. Ante el horror, los códigos éticos más y mejor instaurados se desmoronan, lo relevante y lo irrelevante se trastocan, lo inimaginable se torna posible. Aún recuerdo, hace ya bastantes años, en un vídeo sobre la liberación de Auswitch, la impresión que me causó ver a una de las famélicas supervivientes, todavía harapienta, en el campo y en mitad del desorden de la liberación, arreglándose el pelo ante un pequeño espejo, quizá consciente vagamente de que estaba siendo filmada en un instante trascendental para la posteridad. Coquetería pavorosa, femíneo instinto desubicado. Cosas del horror.
Por desgracia, los conflictos bélicos suelen propiciar que la brújula humana extravíe su norte en mitad de un horror que escapa a las reglas, precisamente, de lo humano. También las grandes catástrofes, en que la muerte –esa enorme tragedia individual que ha alentado en las páginas de novelas y ensayos durante siglos y siglos– pierde su carácter distintivo para convertirse en un suceso casi banal, promueven los más extraños comportamientos. Tras el espantoso suceso de Barajas, en medio aún del desconcierto y del desconocimiento y de los interrogantes y del dolor, algunos supervivientes del horror empiezan a mostrar secuelas de un anormal desequilibrio, favorecido sin duda por lo extremo de las circunstancias. Peter Stafenides, sueco, médico de profesión, esposo de una de las escasas supervivientes del desastre, ha anunciado sin remilgos no sólo la venta al mejor postor de la primera entrevista que conceda su mujer cuando se encuentre fuera de peligro, sino la confirmación efectiva del trato con los periódicos Aftonbladet y Verdens Gang. Ambos medios, supuestamente prestos al carroñeo pero al tiempo aquejados de un pudor políticamente correcto, se han apresurado a negar la transacción. Mientras, Stefanides, que insiste en la realidad del trato, ya está previendo públicamente qué hacer con la suma, ajeno a los dictados comúnmente aceptados de la ética. Sus razones tendrá. El horror, con seguridad, está entre ellas.

Paharraco, 23.08.08

No es por insistir... pero miren cómo evoluciona nuestro querido paharraco gaditano. A este paso, la garricura deberá sustituirse por la amputación de miembros gangrenados...

Comentarium Texticulorum, 20.08.08

Estimados amigos y lectores todos:
Hoy vamos a realizar un ejercicio de comentario de textos, con vistas a iluminar algunas de las figuras retóricas más comunes de la lengua española. Para que el ejercicio alcance mayor objetividad y validez empírica, he recurrido a diferentes textos de un eximio –aunque vivo– intelectual cántabro. Las fuentes originales de los textos, de su puño y lengua, pueden encontrarse aquí y aquí. Enumeremos:

REDUNDANTIA REDUNDANTIONIS
“No hay duda de que el Festival Internacional de Santander ha adquirido a lo largo de sus 57 años una identidad singular y que ha logrado ya una «forma de ser» reconocida por su prestigio y la coherencia de sus anuales convocatorias ininterrumpidas. El Festival es ya una «forma de ser» que ha venido siendo desde hace 57 años, ha configurado sus perfiles y ha venido gestando una identidad que hoy es inconfundible e inevitable como referencia cultural”.

EXULTATE JUBILATE
“He de confesar que, desde hace muchos años, siento el inicio de cada Festival como un acontecimiento mágico, catártico en el sentido liberador de tanta tensión acumulada a lo largo del año gestador, y expectante ante la renovación de la magia escénica y la mística sonora que nutren sus esencias. Magia escénica desbordada con la plenitud de la Ópera, el Ballet y el Drama y mística sonora inundando cada rincón de nuestra amada Cantabria”.
.
PANTA REI
“Ya este 57 Festival Internacional discurre, tras su brillante noche inaugural, por los Marcos Históricos como río caudaloso regando la sensibilidad de tantas gentes y se detendrá en el solaz capitalino del Palacio de Festivales”.

EXAGERATIO SUPERHIPERBOLICENSIS
“Y como cada año, desde hace 38, el Ciclo Estival de Música Coral y de Órgano de la Bien Aparecida que desde la cima callada de sus montañas proyecta el haz sonoro del Festival de Santander hacia todos los rincones de Cantabria, cuyos Marcos Históricos citan y concitan con su atractivo la presencia de las gentes de todo el mundo”.

POROSITAS INCOMPRENSIBILIS
“La memoria de Argenta se filtra inevitable por los poros del Universo Sinfónico, un espacio que se ornamenta con las mejores orquestas del mundo y los directores más destacados, un espacio cuyo punto álgido contemplará la apoteosis beethoveniana que Ataúlfo nos legó”.

Podríamos proseguir con la lección, pero para no saturar las meninges blogueras, aplacemos la cita para próxima ocasión.
Si alguno de los alumnos detecta en los textículos otras figuras literarias además de las ya apuntadas, se agradecerá su pública exposición para ilustración de sus compañeros.

Usos y abusos, 16.08.08

Mientras asistimos al desdoro de la cacareada barbacoa playera y sus tan extravagantes como lamentables justificaciones (que si se pretende privar de la playa a los gaditanos, que si ya no dejamos beber en paz a la gente joven, que si las playas se degradan en todo el litoral hispánico y no sólo en Cádiz, que si sólo se reserva este espacio “para los pijos y los ricos”… ¡!), mientras, en definitiva, nos autoengañamos para abusar sin contemplaciones de una pequeña pero hermosa parte del mundo y participar en su destrozo sistemático, voluntario y estulto (aunque seguramente muchos de los autores de la masacre estarán muy concienciados con las gaitas del cambio climático), hay quien, por el contrario, demuestra que la playa se puede destinar a un uso humanitario… e incluso humano (esto es, civilizado).
Todos los años, desde hace quince, la asociación Salam-Paz facilita la estancia en Cádiz de una treintena de niños saharauis durante un par de meses, que suelen coincidir con el periodo de calor más duro en su lugar de origen. Durante este tiempo estos niños tienen la oportunidad de atisbar algo que no sé si se parece a la felicidad –tal vez ellos sepan ser más felices que nosotros, aun a pesar de las privaciones– pero sí al bienestar y al disfrute más natural e inocente; algo que puede convertirse en un recuerdo maravilloso de sus vidas o quién sabe si quizá en un horizonte con el sabor acre de lo inalcanzable… El caso es que para despedir a estos niños se ha organizado en la playa de La Caleta un almuerzo a base de bocadillos, cocacolas y la más pura diversión, consistente en algo tan sencillo como gozar del mar y jugar en la arena. Una experiencia dichosa para estos chicos que, con sana visión de la vida, no vieron necesidad de envilecer la playa con carbón, cascos de botellas, colillas ni bolsas inmundas, y que, en definitiva, no requirieron la actuación de servicios especiales de limpieza. Estos niños, que no son precisamente “ricos” ni “pijos”, apreciaron un bello escenario natural en todo su valor, y usándolo con decoro y respeto, se han llevado seguramente una imagen dulce en sus retinas para siempre. Ahí, en ese gran abismo existente entre el uso y el abuso, radica la ya histórica distancia entre la dignidad y la indignidad.

Desperdicios, 10.08.08

Hay pesadillas de las que uno se ve incapaz de liberarse, por más empeño que se ponga en ello. Algunas de estas pesadillas tienen incluso nombre propio. A diferencia de las angustias que asaltaban a nuestros antepasados en aquellos tiempos en que reflexionar no era pecado, y que caían en el terreno de la abstracción más inquietante, los monstruos del hombre contemporáneo gozan de espantosa corporeidad… y persistencia. En el ámbito de ese inhumano –por intelectualmente deleznable– periodo del año que se conoce como estío, proliferan horrores que justifican en sí mismos la duración más larga del invierno, por aquello de que restaurar la dignidad lleva su tiempo. Ni por esas. Hete aquí que aquel personaje de cabeza bamboleante y piernas ortopédicas que envilecía los veranos musicales de la Transición sigue ¡aún! de moda. Y qué decir de sus incombustibles melodías, “La barbacoa” y “El chiringuito”, que resplandecen con renovado furor. Que se lo pregunten si no a sus adeptos, los vándalos que otra vez en este año van a dejar hecha unos zorros la playa de la Victoria con sus infectas barbacoas y que de paso se atracarán de alcohol en los chiringos dispuestos al efecto, no vaya a ser que la fiesta no alcance la cota deseada de inmundicia. Triste canción de letra sobradamente conocida. En esta ocasión se cuenta con una novedad, como es la desinteresada distribución de bolsas para depósito de desperdicios; contentémonos si las citadas bolsas sirven al menos para contener las previsibles secreciones propias de los adictos a esta clase de festejos. Y otro apunte: las autoridades responsables del desafuero piden públicamente que no se lleve carbón a la playa… al tiempo que instalan contenedores para el carbón en la arena. Todo muy eco(i)lógico.
Pero la mugre de las barbacoas no es la única. Con suma consternación leemos que Farruquito ha suspendido “por razones de agenda” su previsto curso de flamenco en Cádiz. Vaya por Dios. A lo peor tiene cita para atropellar a alguien, porque no es posible que en el poco tiempo que ha estado entre rejas se le hayan acumulado los encargos. Cada taconeo de este tipo es un insulto a la viuda de Olalla. Pero está visto que por estos pagos nos acostumbramos fácilmente a la basura.

Libros y huesos, 03.08.08

Hace un par de días leía en los periódicos que aproximadamente un 30% de los españoles no coge nunca un libro. Es dura de pronunciar, esa palabra, en relación con el acto de leer: “nunca”. Confieso, no obstante, que el porcentaje me ha parecido escaso. A juzgar por las conversaciones casuales que se oyen en cualquier lugar, por la penosa programación televisiva y radiofónica a que sin compasión se nos somete, por la infracalidad de muchos textos periodísticos, incluso por la vergüenza ajena que se siente al escuchar los debates e intervenciones de algunos de los miembros y miembras de nuestra sinclase política, se intuye que el tanto por ciento de desconocedores de ese extraño objeto llamado libro debe de ser mucho más elevado. Las estadísticas, ya lo dijo Borges, son como la democracia: el arte de mentir con números; y si no las manipula alguien inteligente –como a Churchill le gustaba hacer y admitir– pueden hacernos luz de gas.
Conforme se lee menos en este país de nuestras entretelas, nuestros escritores también bajan la guardia; el gaditano Eduardo Mendicutti acaba de denunciarlo en Santander, en los cursos de verano de la UIMP: “en el autor de ahora se prima la velocidad y la sencillez lingüística, se ha huido de la preocupación por el lenguaje”. Cierto. Así nos va. Las nuevas generaciones –y no tan nuevas– se han entregado ciegamente a la dictadura de la imagen. Como masticar es costoso, ya sólo se traga. A este paso, de puro desuso, acabaremos por perder los dientes.
No es extraño, pues, que en detrimento de la letra impresa, las series de TV –algunas buenas, otras no tanto– vivan hoy su edad de oro. Y que algunos de a pie se crean héroes de peli por un día. Como el amigo de Cai que en esta semana denunció a la estudiante de Medicina que exhibía unos huesecillos humanos en el alféizar de su ventana; una actividad de lo más común, por otra parte: ¿quién no tiene unas tibias oreándose en el balcón mientras se cuece el caldo? Pero el vecino justiciero debió de pensar que vivía un capítulo de Dexter y que la alumna era una forense pulcra y asesina con un siniestro modus operandi, así que alertó inmediatamente a los polis. Por el momento el diligente mozo no ha conseguido salir en Salsa Rosa, pero todo se andará.

A la sombra de libros en flor, 30.07.08

Cuando Tanizaki escribió su Elogio de la Sombra en la década de los 30 del pasado siglo XX, apenas sospechaba que su pálida protesta contra la estridencia de la luz contemporánea por su invasión de la belleza, la intimidad y hasta la ética habría de alcanzar la calidad de manifiesto ineludible contra la caótica estridencia que por lo común nos avasalla. Recuerdo que leí aquel librito minúsculo y poderoso, y casi inencontrable, en una revista peruana, años antes de que Siruela lo editara, y cuando apareció en esta editorial lo regalé en su primera edición –luego se popularizó en exceso– a varios amigos, en la esperanza de contribuir a una rebelión pacífica pero efectiva contra la iluminación impúdica y sus manifestaciones.
Me acuerdo de estas impresiones al asistir a la nueva exposición de Fernando Bermejo en ese espléndido espacio expositivo que es la Galería DelSolSt. Y me acuerdo porque la oscuridad es parte esencial del montaje, tanto casi como la propia obra, que sin esa penumbra no se entiende, o al menos perdería plenitud. Si Tanizaki predicaba la necesidad de la tiniebla para la salud del alma, la tiniebla de la que emerge la recoleta luz de las obras de Fernando es sin duda una caricia en lo hondo, un inesperado pálpito de belleza sorprendida. Ya ha sido así en otras series de Bermejo, como “El Bosque de Paz” o “El Jardín” o “El Traficante de Estrellas”, en que el artista frecuentaba la hospitalidad de lo umbrío, de la ermita abandonada, del espacio naturalmente desolado. Ahora, en la exposición “La Librería” de la Galería DelSol se busca nuevamente esa complicidad en relación con un objeto y las acciones que nacen y mueren en él: el libro, pero también la lectura y su estar, su acumularse en un estante o una mesa, su indolente exhibición, su evocación más íntima, su transformarse en un ser vivo más de la Naturaleza.
En el principio fue el libro, como en el principio fue también lo oscuro y la luz que lo quebró. Un libro abierto, sus páginas blancas, tienen la elocuencia misma de las obras de Fernando Bermejo cuando brotan de la sombra. El libro entonces se transforma en una flor, que alumbra como una llama breve en los cuadros de La Tour. Así se siente ante la impresionante instalación de cajas de luz que preside la gran pared frontal de la galería, a modo de gran biblioteca, en cuyas baldas reposa una pequeña parte de la serenidad del mundo.
A la presencia de “la librería” se añade la de otras obras que remiten a viajes íntimos del ser humano: la ironía de una soledad más teatral que auténtica (“Ficción-Realidad”), la percepción de un horizonte que varía conforme al equipaje personal de quien pasea, mira o aguarda (serie “Avenida”), la ternura casual de un perro cotidiano (“Perro”), la vida nocturna latente más allá del frío icono de una gran ciudad (“Edificio”).
.
En todas estas obras, así como en los destellos de paisajes y árboles también presentes, siempre la luz acontece por la espalda, alumbrando el presente desde el pasado y a la vez proyectando la sombra alrededor. Pero además la luz se filtra a través de la pintura y de la trama del papel, ofreciendo un misterio velado como aquellas evoluciones orquestales de Toru Takemitsu de su Jardín Espiritual –otra vez Oriente revoloteando no por casualidad en los papeles japoneses utilizados por Bermejo– o la estela luminosa de sus pájaros blancos persiguiendo a un único pájaro oscuro hacia el Jardín Pentagonal…
En un lateral, una pregunta y su respuesta adquieren forma improvisada de escultura. Qué es el arte: un breve rastro de luz en la pared sombría, el peldaño final de una escalera que conduce a su callado resplandor.
.

Gorjeos y gorgojeos, 24.07.08

Con fecha 13 de junio de este año El Diario Montañés publicaba una información relativa a la presentación del cartel del 57 Festival Internacional de Santander (ver).
Vicky Civera (Port de Sagunt, Valencia, 1955) es la autora del cartel en cuestión y –siempre según el periódico– ha explicado en un texto lo que intenta comunicar con esta obra:
“Sobre unas líneas horizontales, de música y agua, un barco emblemático se acerca al 57 Festival internacional, entrando por la bahía. Con gesto y saludo alegre, los personajes/notas del cartel (arriba) le dan la bienvenida. Saludo sobre un fondo rojo, mate y poroso, casi aterciopelado, que recuerda el intenso color de las amapolas tiñendo un extenso campo en verano. Rojo intenso, expansivo, pero a la vez delicado y contagioso, como el susurro musical que envuelve: desde el gorgojeo [SIC] alegre de los pájaros que revolotean y se esconden por el campo, hasta el leve zumbido del batir de las alas de los innumerables y frágiles insectos que lo habitan”.
Me gustaría formular unas preguntas:
1.¿Dónde está la bahía? (señalar en el cartel, doy premio)
2.Las amapolas, ¿crecen en el campo o en el mar? Si no crecen en el mar, ¿qué hacen en el cartel?
3.¿Por qué el susurro musical es rojo y no de otro color? (sí, ya me sé lo de la sinestesia)
4.Según mis noticias ‘gorgojo’ es un “insecto coleóptero de pequeño tamaño, con la cabeza prolongada en un pico o rostro, en cuyo extremo se encuentran las mandíbulas. Hay muchas especies cuyas larvas se alimentan de semillas, por lo que constituyen graves plagas del grano almacenado” (DRAE), mientras que ‘gorjear’ significa “dicho de una persona o de un pájaro: hacer quiebros con la voz en la garganta” (DRAE). ¿Los pájaros del FIS, pues, gorjean... o cazan gorgojos?
5.¿Por qué “se esconden los pájaros por el campo”? ¿Qué –o a quién– temen?
6.Admitamos que los insectos son frágiles, pero ¿qué pintan los insectos del campo en la bahía junto al barco emblemático que se acerca hasta las notas que alborozadas lo reciben y…? Uf, no sigo, que esto me recuerda aquel poemilla subido de tono de Catulo en que el barco simbolizaba… Dejémoslo.
Me lo expliquen todo bien. Espero.

Ruido y alcohol, 21.07.08

El verano ha llegado y con él la licencia para caer en cualquier clase de vulgaridad y, de paso, incordiar impunemente al prójimo. El verano es la estación de la chancleta full time, de los sobacos asesinos, de la arena arrojada en tu terraza por la vecina de arriba, de las inmundas barbacoas en la playa, de las canciones cutres acosando sin tregua desde las fauces abiertas de los locales especializados en timar con garrafón. El verano en sí mismo es un ente perverso cuyo fin justifica sus medios, de manera que cualquier mal que provenga de él se entiende como aceptable y hasta normal, del mismo modo que los aquejados por la peste negra en aquella Europa del siglo XIV admitían con naturalidad que les salieran bubones en las axilas unos días antes de diñarla.
El verano es, también, el tiempo del ruido desconsiderado, en cualquier lugar, a cualquier hora. Una de las preocupaciones capitales denunciadas por el depredador veraniego tipo es el horario de cierre de los locales hiperdecibeliados y la imposibilidad de estar hasta las tantas en una terraza dando la matraca al vecindario; las leyes que existen al respecto y que, a saber por qué, se incumplen sistemáticamente, son vistas por esta destructiva especie como amenaza de acoso y derribo. Este depredador, además, asegura que el ocio nocturno pierde puntos si no se puede molestar al personal durmiente; el encanto turístico de la ciudad, afirma tal espécimen, se resiente, lo que es dar por hecho que al turista de verano lo que de verdad le pone es beber y fastidiar.
Está claro que quienes cantan las excelencias turísticas del ruido nocturno, a la par que insolidarios con sus semejantes, son sujetos poco viajados y poco duchos en tales materias. Las ciudades más turísticas de Europa, las que reciben millones de visitantes año tras año –París, Roma, Londres…- se sumen en el silencio más absoluto a las nueve de la noche. Sus viajeros no precisan de escándalo nocturno para entretenerse, antes bien, aprecian la calma y el descanso tras una jornada de intensa actividad. Mientras sigamos pensando que alcohol y ruido son nuestras mejores bazas veraniegas, seguiremos atrayendo chusma adicta al vandalismo, y serán otras las ciudades que se lleven el auténtico turismo: el que deja beneficios contantes y sonantes.

Basquiat: temporada en el infierno, 17.07.08

Negro de raíces haitianas y portorriqueñas. Neoyorquino de un Brooklyn agreste y degradado. Marginal no por educación sino por elección. Heroinómano. Grafitero y pintor de formación autodidacta. Estrella fugaz en el cielo del arte norteamericano en los 80. Enfant terrible. Millonario en el infierno. Veintisiete años: fin de trayecto. Con semejante cóctel es fácil fabricar una leyenda de maldito. A Electra le sienta bien el luto y al mundo del arte le sienta bien el morbo. Marchantes, críticos y galeristas mercadean con el sufrimiento de los artistas descarriados para cautivar a los coleccionistas influyentes. Rothko le hizo un gran favor a su cotización y a sus especuladores privados segándose el cuello con una cuchilla de afeitar. Jean-Michel Basquiat se dejó la vida en una sobredosis hace veinte años y hoy sus cuadros se venden por diez millones de euros (el último que ha salido a subasta estaba en manos del grupo musical U2). ¿Qué queda del arte cuando se le despoja de la hojarasca del negocio? ¿Qué queda del arte de Jean Michel-Basquiat cuando se le desliga de su turbia y agitada biografía?
La Fundación Botín, en colaboración con la Fundación Memmo de Roma, presenta la oportunidad de contestar a estas preguntas en la que, sin exageración alguna, cabe calificar como la “exposición del verano” en Santander: una gran retrospectiva de la obra de Jean-Michel Basquiat, conformada por más de cuarenta obras –incluyendo un casco y un caballete y así mismo algunas piezas nunca vistas hasta ahora, como “Su mayordomo esnifando pegamento” (1984) o “Samo está en algo” (1981)– y comisariada por Olivier Berggruen (de quien conservamos fresco aún el recuerdo de la extraordinaria muestra sobre Klee hace un par de años). En su presentación, el comisario apuntó algunos de los elementos más obvios del arte de Basquiat: su fragmentación, la presencia y exorcización de fantasmas, el empleo de la escritura; también algunas de sus referencias más evidentes: Dubuffet, Pollock, Twombly… Pero la auténtica exposición aguarda ser descubierta en el paseo del visitante.
Nadie puede negar que la contemplación de la muestra es impactante. Jean-Michel Basquiat fallece en su veintena avanzada, y este aspecto golpea con brutalidad la vista del espectador. Los cuadros de Basquiat son de una fragilidad tan tierna como angustiosa, con la ternura y la angustia que se desprenden de su propia imagen, captada en algunas fotografías diseminadas por las salas. Hay vidas, hay rostros, que a pesar de la intensidad de su tragedia nunca pierden su halo de asombro y de debilidad. No es extraño que Basquiat haya sido comparado ocasionalmente con Rimbaud, el poeta-niño, el poeta torturado e inocente al tiempo, el poeta, también, de precoz muerte. Basquiat y Rimbaud pasaron una temporada en un infierno del que sus obras dan fe con lírica, terrible ingenuidad. Su contienda no es madura, exhala el aroma convulso de la adolescencia en crisis.
.
En el caso de Jean-Michel Basquiat, su personal debilidad intenta combatirse con rasgos hiperbólicos: hipérbole en el tamaño de sus obras, hipérbole en la escatología de su discurso y de sus temas, hipérbole en la obsesión escrituraria y expansiva, hipérbole en su arrogante signo –su corona omnipresente– contra el mundo. Hipérbole desesperada, lucha feroz, exceso de artillería y aspaviento contra una realidad que, por el contrario, destruye con la eficacia aterradora e implacable del sigilo.
Las figuras de Basquiat son figuras de intencionado aprendizaje, de dibujante fascinado por los recovecos del cuerpo humano y por los estragos de la muerte. En sus figuras respira el magistral y minucioso esquematismo que guiaba a Henry Carter cuando dibujaba los cadáveres que diseccionaba Henry Gray –otro habitante del infierno que sucumbió en sus treinta y cuatro–. Además de los tormentosos expresionistas abstractos que rastreaba y exploraba en los libros, los cuerpos de la Anatomía de Gray (el célebre manual de Medicina que vio la luz en 1858 y del que Basquiat se empapó en su niñez, mientras se recuperaba de unas lesiones por atropello) acompañaron al artista toda su vida. Esas figuras en las que algunos críticos han visto mera impericia de grafitti en lugar de transparencia conceptual apelan a lo esencial de un discurso que, sin embargo, es profundo y perplejo: lo sencillo es, por supuesto, lo más difícil de entender. Esas cuestiones son las que Basquiat plantea con maniacos grafemas en pos de la ansiada permanencia, son las que rubrica con su corona o su pequeño copyright, siguiendo las maneras de Cy Twombly cuando escribía en sus lienzos “Cy was here”, un poco al modo del soldado Kilroy, quien perseguía en la reiteración de esa brevísima inscripción un conjuro personal –hondo y pueril, tal vez– contra el aliento de la muerte.

La Ley de Oro, 12.07.08

En su sutil a la par que hilarante tratado “Las leyes fundamentales de la estupidez humana” (incluido en su librito Allegro ma non troppo), el eminente profesor Carlo Maria Cipolla da cuenta de uno de los mecanismos más esenciales de la estulticia de los bípedos, en lo que él denomina como Ley de Oro: “Una persona estúpida es aquella que causa daño a una persona o grupo de personas sin obtener provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio”. Siempre he pensado que el opúsculo de Cipolla, que además incluye una ilustrativa parte práctica, debería ser materia obligatoria de estudio en las escuelas; así tal vez no se precisaría cursar polémicas asignaturas como Educación para la Ciudadanía y muchos celosos papás no se verían en la necesidad de ofenderse porque sea el Estado y no la Iglesia quien quiera inmiscuirse en la formación ética de sus hijos.
El caso es que me venía esta tercera ley fundamental de Cipolla a la memoria cuando leía hace un par de días que unos vándalos se han dedicado a saquear una necrópolis localizada en San Fernando, datada nada menos que en la Edad del Bronce, destrozando algunos de los restos que allí se custodiaban, sacados a la luz en una reciente excavación. Frente al simpático personaje literario del saqueador de tumbas que busca dientes de oro en las bocas de los muertos para comprarse un bocadillo, no cabe siquiera oponer la indignidad de esos estúpidos supinos que se han ocupado en despedazar los restos óseos descubiertos en las labores de investigación. En efecto, esos imbéciles lo son porque no sólo han causado un gran daño a la comunidad que desafortunadamente los acoge (que de este modo se ve privada de una parte importante de su Historia), sino que se han procurado un perjuicio a sí mismos, aunque por supuesto no lo saben: con su estúpida profanación han creado un vacío en la reconstrucción de la cadena evolutiva hacia sus antepasados, que en su caso particular se remonta mucho más allá de los homínidos y llega sin duda a la categoría de burdos cuadrúpedos sin conocimiento del lenguaje articulado.
Ahora sólo queda esperar que, una vez que el daño está ya hecho, quienes han de tomar cartas en el asunto no se pongan a tirarse las polveras y a acusarse como niños en el patio del colegio, en lugar de unir recursos, plantear soluciones y dar estopa a estos estúpidos para escarmiento de los abominables ejemplares de su raza.

Garricura, 07.07.08

Sólo para quienes sigan interesados en seguir los avatares y descomposición del pajarraco... Por el momento han tenido que hacerle la garricura, porque la roña se le acumulaba en las uñitas. Angelito...