Cavernas, 30.03.08

A pesar de los esfuerzos de nuestros preclaros políticos por hacer gala de ese invento de fines electoralistas llamado paridad, consistente esencialmente no en otro asunto que en contrariar las enseñanzas del maestro Guillermo de Ockham duplicando innecesariamente los entes aludidos –“niños y niñas”, “ciudadanos y ciudadanas”, “diputados y diputadas”, y así en un interminable y fatigoso etcétera-, parece que las estructuras sociales se muestran bastante impermeables a las pantomimas protocolarias de nuestros estadistas, de modo que las cosas siguen como estaban hace años: fatal, o sea.
En el gaditano hospital de San Rafael las enfermeras quieren ponerse los pantalones pero no se lo permiten. El pantalón, como el brandy Soberano, es cosa de hombres. Para las féminas se ha designado un atuendo ejemplar a la par que discreto: falda, cofia y leotardito, como toda la vida. Eso sí, en palabras de Carmen de Porres, Secretaria Provincial del Sindicato de Enfermería, parece que la falda se hace cada vez más corta y el escote más generoso; a saber para placer de quién. A las aguerridas mozas que se atreven a desairar la orden se les aplica un ejemplar castigo: reducción de sueldo, que para eso están las nóminas de las mujeres; mucho pedir es que siquiera cobren, cuando lo natural sería que estuvieran en la casa, tejiendo jerseys y preparando el puchero, para recibir alegres y gozosas –y con falda, claro está- al pater familias. Lo raro es que a las revoltosas interfectas no las cojan y las arrastren por los pelos, como en tiempos de los Picapiedra, para hacerlas entrar en razón.
Parece mentira que a estas alturas de la peli andemos todavía con semejantes restricciones… y sobre todo con semejantes escarmientos. ¿No sería más sencillito dejar que cada quien elija su uniforme entre falda y pantalón según su comodidad y criterio? ¿Puede tolerarse que una empresa que presta un servicio público se pase por las corvas la Constitución, incurriendo en una actitud y en una penalización claramente ilegales por discriminatorias? ¿Hasta cuándo habremos de seguir sufriendo y tolerando estas perspectivas cavernarias? Dicen, y será verdad, que estamos en el siglo XXI… pero yo no me lo creo.

Bosque apagado, 27.03.08

Corren malos tiempos para el cine. Y no me refiero en esta ocasión tanto a la calidad de los productos que se exhiben en las salas como a las jornadas que negras parecen agolparse últimamente, dado que en pocos meses hemos perdido a algunos de los cineastas más relevantes del contexto europeo. En mitad de semejante panorama, a nadie debería escapársele que la marcha de Rafael Azcona supone un duro golpe para el de por sí exangüe pedigrí del cine español. De nuestra memoria de cinéfilos y de españoles entre el amor y el odio es imposible borrar la huella dejada por aquellas cintas en que Berlanga retrataba con ternura e ironía demoledoras la crudeza de una balbuciente sociedad que a duras penas emergía de una nefasta guerra civil, debatiéndose entre la pobreza, la inocencia, la violencia y la incomunicación. Siguiendo la estela de ese impagable milagro que se llamó Bienvenido Mr. Marshall, concebido a comienzos de los férreos años 50, Luis García Berlanga dio a la luz otras dos obras, tan maestras o más que la anterior: Plácido y El Verdugo. Lo que no suele recordarse tan habitualmente es que estas dos películas no serían lo que son sin los dos guiones impecables que firmó Rafael Azcona, quien previamente había demostrado su magnífico hacer en, posiblemente, dos de los trabajos más notables de Marco Ferreri: El Pisito y El Cochecito –la descarnadamente brutal La Gran Comilona estaba aún por llegar–.
No parece exagerado afirmar que una porción importante de la dignidad del celuloide español reposa en la labor callada, genial y generosa de Azcona. En este cine patrio nuestro en que hemos atravesado sin solución de continuidad tenebrosidades de milagros infantiles, cortejos trasnochados de gitanas y payos, estomagantes pasteles de actrices-cantantes, lujurias anorgásmicas de machos reprimidos, destapes vergonzantes y zafias fornicaciones sin tasa… los guiones de Azcona han logrado sobrevivir en ese proceloso piélago de inmundicias varias y ofrecer el mínimo –o más bien el máximo– de calidad sin importar la época ni las circunstancias. Para que luego algunos nos cuenten eso de que en ciertos años sólo podían rodarse ciertas cosas. Ja. No es de extrañar que el propio Azcona, en entrevista que le hiciera Luis Alegre hace poco más de un año, declarara que la posguerra española llegó hasta los tiempos de Tejero; yo me atrevería a decir que, en muchos aspectos –el cine entre ellos-, hasta mucho más cerca.
Surreales, jocosos, agridulces, siempre lúcidos, los guiones de Azcona desgranaron como pocos una manera “española” de ser que, para bien o para mal, se está desmadejando. Esa idiosincrasia que poco a poco, pero perceptiblemente, se extingue fue tal vez la única y débil señal que Rafael necesitó para entender que su misión en este particular “bosque animado” estaba ya más que cumplida.

Dignidad, 23.03.08

En uno de estos días se dejaba constancia en las páginas del Diario de Cádiz, con alarmante titular, de un drama latente en el centro mismo de nuestra ciudad: “El botellódromo se degrada”, rezaba la noticia. Las pintadas en la Punta de San Felipe, además de la suciedad y los destrozos en el, por lo demás, precario mobiliario de la zona –esencialmente unas mamparas protectoras– no sólo van en progresivo aumento, sino que parecen ajenos a los cuidados municipales.
No reincidiré en las implicaciones del término botellódromo, sobre el que ya me explayé a gusto en este espacio hace algunos meses, aparte de que en este momento lo que parece suponer auténtica gravedad es el desastroso estado del lugar en cuestión. Hay quien se preocupa de que el escenario no resulta lo suficientemente higiénico para las antihigiénicas actividades que allí se desarrollan: bolsas de plástico, cascos de botellas y porquerías varias directamente relacionadas con las inocentes reuniones juveniles noctámbulas y noctívagas –que decía el poeta– proliferan por doquier. Asimismo, las mamparas de protección ya han debido reponerse, dado que habían sido previamente dañadas. Penoso decorado para una actitud igualmente lamentable. Hay quien se preocupa, pues, de que quienes ensuciaron y despedazaron con anterioridad no tengan la oportunidad de volver a ensuciar o despedazar impunemente: una preocupación tan legítima como otra cualquiera, claro está, aunque a mí se me antojan más acuciantes otras carencias de género bien diferente, más relacionadas con problemas sociales de evidente urgencia que no parece necesario enumerar.
En todo caso, lo que sí parece necesario es subrayar que en este país la diversión precisa del destrozo y el alcohol para ser tenida como tal. Los jovenzuelos del botellón participan no sólo de la vergonzante permisividad de sus papás, amparada en un progresismo mal entendido, sino incluso del ejemplo de los adultos que deterioran las playas en malolientes y masificadas barbacoas o envilecen con vómitos y desperdicios las calles gaditanas con la excusa de cualquier concentración festiva, llámese Semana Santa o Carnaval. Lo que aquí se degrada no es el botellódromo, sino la dignidad.

Doctores y asesinos, 17.03.08

Me hallaba yo dispuesta a escribir un comentario chusco sobre esta maratón que, en torno al personaje del Dr. House, ha tenido lugar en la FNAC de Sevilla hace unos días; una maratón de la que ha resultado vencedor un gaditano, Nicolás Ballesteros, entre miles de aspirantes de toda España a llevarse el goloso premio: un viaje a Los Ángeles. El asunto no fue moco de pavo (y no me refiero al irlandés eurovisivo): los finalistas del asunto permanecieron encerrados durante más de dos días sin dormir ni hablar con nadie, tragándose impertérritos setenta capítulos de la serie plagados de punciones lumbares, enfermedades tropicales, esclerosis tuberosas y demás galanterías propias del Hospital Princeton-Plainsboro, sin contar con las cortantes respuestas concentradas de House. Una admite abiertamente que la serie de marras le gusta, pero creo que compensa pagar los 600 euros que cuesta el billete a L.A. y no pasar por tal tortura. Ya sólo cabe esperar que Ballesteros no se ponga malito en las Américas y tenga que acudir allí al amigo Laurie.
El caso es, decía, que me hallaba dispuesta a escribir sobre estas cosillas amenas, cuando el humor se me cortó de cuajo: me entero de que ese mismo día han sido dos, no una sino dos, las mujeres que han muerto a manos de sus parejas, en esa escalada brutal y abominable que se ha dado en llamar “violencia de género”, y que yo más bien tildaría de “terrorismo doméstico”. Escucho esto con dolor e indignación –porque estas muertes también deberían dolernos e indignarnos– al tiempo que leo en la prensa que 160 casos de maltrato se encuentran detenidos en los tribunales porque unos cuantos jueces han presentado un porrón de cuestiones de inconstitucionalidad contra la LVG; inconstitucionalidad que en otros casos y a diario se pasan estos señores por el arco de triunfo. Probablemente se trate de los mismos jueces que dictaminan que una víctima viva por fuerza en el mismo domicilio del maltratador, que dejan a las víctimas sometidas al terror sin protección alguna, que estiman que una mujer puede ser violada si lleva minifalda. Malo es velar por asesinos. Mejor no pensar qué pueden hacer algunos de estos jueces cuando cruzan el umbral de sus casas.

La Filmoteca y su circunstancia, 14.03.08

Parece ser que al fin se reanuda la actividad de la Filmoteca de Cantabria en la última semana de marzo, después de diez meses de silencio y cierre. La causa de la suspensión de la programación en un espacio cultural que contaba con una notable acogida entre el público de Santander fue en apariencia insustancial… o no tanto: la sala en cuestión no contaba –inexplicablemente, dado el carácter de las instituciones implicadas– con la debida licencia municipal de apertura y autorización para la actividad desempeñada. Tiene guasa que las instituciones oficiales se pasen por el arco de triunfo una normativa que se exige con rigor a todo establecimiento de nueva creación. El caso es que, para más inri, la supuestamente grave ausencia de esta preceptiva autorización no impidió el funcionamiento de la sala desde 2001 a 2005, en que las denuncias de los vecinos de las inmediaciones por causa del ruido acarrearon la apertura por el Consistorio de un expediente de tramitación de la licencia de marras, que implicaba la consiguiente necesidad de remodelar la sala. El Gobierno entonces se pone estupendo y se niega a cumplir tales exigencias, aduciendo en los tribunales indefensión ante el Consistorio. Mejor no imaginárselo. Todavía después de todo esto, y en mitad de tan ridículo partido de ping-pong, la sala siguió funcionando en precarias e ilegales condiciones, hasta que en junio de 2007 se cierra. En resumen: hemos asistido a una desavenencia jurídica que en realidad más bien parecía encubrir un penoso y surrealista enfrentamiento entre instituciones de diferente color político, a la par que una chapuza de singular calibre de esas a las que por estos lares ya estamos más que acostumbrados.
Los grandes perdedores de todo este asunto han sido, como siempre, los de a pie. Sin contar con los innecesarios y desproporcionados gastos que ha generado para el bolsillo de los ciudadanos este complejo y absurdo proceso de “tocamientos” y malentendidos (el dinero de nuestros impuestos también parece ser, como nuestra amada Cantabria, infinito), los asistentes habituales a la Filmoteca se han visto privados durante diez meses de un atractivo servicio cultural por la mala cabeza de los gestores implicados, menos interesados en la iniciativa en cuestión que en la foto de prensa correspondiente: así nos luce el pelo en este país –por no decir en esta región, no vaya a pensarse que personalizo–. Y es que para este servicio cultural, que no sólo acogía cine, sino también producciones escénicas y algún que otro concierto, en ningún momento se ha buscado un espacio alternativo que pudiera servir de “sustituto” provisional con el mismo espíritu y de manera sostenida mientras se desfazía el entuerto. Todavía ahora estamos temerosos, aguardando que se abra la caja de Pandora y se desperdigue alguna otra calamidad en la rueda de prensa que próximamente se nos avecina.
Por otra parte, es de esperar que la programación resulte más encauzada y selecta que en los últimos tiempos previos al cierre, en que, salvo excepciones, lo que dominaba era un pêle-mêle insoportable de ciclos difusos y mezclados sin venir a cuento, proyecciones dispersas y una poco edificante reincidencia en títulos no siempre afortunados que habían pasado por las salas comerciales en la quincena anterior. Una filmoteca no debe ser un local crematísticamente rentable sino un servicio cívico inteligente, de modo que ojalá con la calma de las aguas retorne el buen gusto a un espacio que, durante un periodo de su existencia, aportó pasajes de auténtico interés a la cultura cinematográfica de esta ciudad.

Cave catum, 11.03.08

-No me gusta nada su aspecto -dijo el Rey-. Sin embargo, puede besarme la mano si quiere.
-Mejor no -observó el Gato.

Alicia en el País de las Maravillas, Lewis Carroll

Prácticas de riesgo, 05.03.08

Hace unos días se paseaba por Santander el escritor Álvaro Pombo, haciendo gala de su reciente condición de candidato en el seno de las filas de ese nuevo partido cuyas siglas son UPD. El novelista venía al Paraninfo de la Universidad de Cantabria a presentar su propuesta a los santanderinos, al tiempo que, en una de sus ya habituales “astracanadas” –es un decir–, afirmaba contundente que esperaba no salir elegido, dado que lo suyo no era la política. No deja de sorprender semejante aseveración en el número uno de la lista de UPD para el Senado. ¿Tan poca fe deposita el señor Pombo en las huestes de su partido, que opina que ni siquiera encabezándolas con su preclaro verbo obtendrán un resultado decente? ¿Qué significa en realidad para don Álvaro la posibilidad de la experiencia senatorial? Aquí sólo caben dos posibilidades: o el bueno de Pombo está documentándose “de tapadillo” para una nueva novela ambientada en las mansardas del madrileño Palacio de Montalbán –qué horror– o bien se está cubriendo las espaldas por si acaso, que lo de ser político en estos tiempos es práctica de alto voltaje; como mínimo, te arriesgas a que un paisano tuyo –Eduardo Noriega, por ejemplo– quiera matarte en un lugar tan grotesco (para estos menesteres, se entiende) como la bella Plaza Mayor de Salamanca… o junto a nuestra nunca bien ponderada Grúa de Piedra, por aquello de introducir una exótica variante local.
Después de todo, tal vez se trate, simplemente, de que lo que ahora está de moda es dedicarse a cualquier cosa menos a lo que se supone que uno se tiene que dedicar. Porque no se dirá que no asusta esta tendencia ultimísima de las Universidades –la de Cantabria no es una excepción– a meter con calzador la política en su entorno, cuando lo estrictamente esperable de la Universidad, como buena alma mater que se le ha otorgado ser, parece la adecuada nutrición espiritual de sus alumnos lactantes… La Universidad se entrega, en cambio, a facilitar la propaganda natural perseguida por los aspirantes al control de la res publica, en la misma medida en que los novelistas se dedican a encabezar listas políticas que les importan "un figo" –en palabras de Berceo–. Al fin y al cabo, en un mundo en mutación perpetua en el que hasta los filósofos más vetustos a la par que reputados se ocupan en detallar sus multilingües experiencias en el catre como si tal cosa (al amigo George Steiner le han aconsejado pésimamente su editor o sus decrépitas hormonas), ya no pinta feo ir de rebajas, incluso en los almacenes de lo intelectual. La cuestión es reciclarse a cualquier precio, incluso siendo este precio más moral que crematístico. La mezcolanza de política y cultura, tabú sagrado donde los hubiere, amén de práctica de riesgo ético por los siglos de los siglos, ha dejado paso a un amigable intercambio de fluidos que no sólo no está mal visto sino que hasta se antoja plausible. Cosas de la contemporaneidad.

Bufonadas, 03.03.08

Por mis noticias, ciertos "personajes" están ya movilizándose. Hay páginas web habilitadas ex profeso para ello (omito dar direcciones), y un clima insano que se está propiciando desde determinados ámbitos. Me refiero a los grupos de protesta por la presencia de Leo Bassi en Cádiz, que el 20 de abril llegará al Teatro Falla con su polémico montaje La Revelación. Una situación que no me resulta desconocida, pues la viví ya en Santander, con motivo de la representación del mismo espectáculo en esta ciudad. En aquel día de diciembre de 2006 recuerdo que acudí al teatro con miedo: miedo de sufrir alguna agresión por parte de quienes se habían erigido en defensores de la ley y el orden... vociferando a la entrada del local.
He de confesar que a la obra de Bassi me encaminaba con prejuicios no precisamente positivos, inducidos por intervenciones televisivas no muy afortunadas del cómico italiano. Sin embargo, me pareció indigno acatar los dictados de los violentos, y por otro lado, nadie en su juicio dejará de admitir que para evaluar algo es preciso conocerlo. Y he aquí que La Revelación se convirtió en una sorpresa, no sólo para mí, sino para muchos de los que allí estábamos, más presentes por la curiosidad y la defensa de la libertad de expresión que por admiración hacia el italiano. El espectáculo resultó ser divertido pero, sobre todo, reflexivo; un espectáculo reivindicativo de los derechos más elementales del ser humano y que repasó algunos de los problemas más candentes de la actualidad (la inmigración, la ecología, las políticas de ocupación, los conflictos bélicos) a partir de la revisión de dogmas asentados en la civilización cristiana, pero también en la islámica o la oriental. La Revelación no fue un alegato anticatólico ni antirreligioso, sino un toque de atención hacia las atrocidades cometidas por el Hombre desde el comienzo de los tiempos, y una apelación a la fuerza de la razón –referenciada por las imágenes proyectadas de Sócrates, Hipacia, Voltaire, Kant, Montaigne o Descartes– y al poder de la Naturaleza como entorno purificador contra el abuso y la opresión.
En fin: una bufonada más juiciosa que los gritos desaforados de quienes sin educación nos increpaban desde afuera. La ignorancia es madre del atrevimiento. También de la barbarie.

Elektra en sombra, 27.02.08

En esta semana ha tenido lugar en Santander una muy interesante iniciativa cultural que, desgraciadamente, ha pasado bastante inadvertida. Me refiero a la retransmisión en directo vía satélite en las salas de Cinesa y desde el Liceu barcelonés de la ópera Elektra, de Richard Strauss. Hablar de Elektra es hablar de uno de los momentos más importantes de la historia de la ópera, lo mismo por su extraordinario libreto, firmado por Hugo de Hofmannsthal, que por la música en sí. Richard Strauss se jugó su nombre en 1909 al proponer una obra que rozaba lo atonal, con una orquestación de más de cien instrumentos (las críticas del momento bromearon con la posibilidad de incluir una horda de animales salvajes en el foso) que apabullaba a los cantantes más bragados. Hoy, noventa y nueve años más tarde, sabemos que Strauss se jugó su nombre, sí, y salió más que victorioso de la apuesta.
La retransmisión de la ópera fue impecable, y eso que asistí con serias reservas al respecto. La calidad visual, la sincronización entre imagen y sonido, la coherencia de los subtítulos… todo ello inmejorable. En lo que se refiere al espectáculo en sí, cabe resaltar la buena concepción del montaje de Guy Joosten y la espléndida interpretación, lo mismo vocal que dramática, del elenco, con especial brillo de una inconmensurable Deborah Polaski (Elektra), seguida de cerca por Ann-Marie Backlund (Crisótemis) y por la ya veterana Eva Marton (Clitemnestra). El precio de las butacas, absolutamente irrisorio (14 euros), dio oportunidad de contemplar un espectáculo de primera categoría desde una perspectiva privilegiada, eludiendo los 180 euros que suponen el precio de las entradas “first-class” en el Liceu.
La parte triste del cuento vino cuando pude constatar que en la correspondiente sala de Cinesa donde aquella maravilla ocurría, una sala con capacidad para 200 personas, apenas estábamos presentes unas 25. ¿Dónde estaban los aficionados a la ópera que se baten en duelo por una entrada para un espectáculo muchas veces mediocre en el FIS? ¿Dónde estaban quienes este verano pagarán 150 euros por una butaca para ver al correoso José Cura disfrazado de Sansón –o tal vez de Dalila– y que además, como nos descuidemos, quizá nos llame malolientes, insulto que dedicó a los espectadores del Teatro Real que en su Il Trovatore de 2000 le recriminaron su mal hacer?
Es verdad que el evento Elektra no se publicitó de forma apabullante, en lo que parece un imperdonable fallo de la organización. Pero la noticia como tal apareció, y estoy segura de que la leyeron al menos 200 personas. Una lástima que una iniciativa tan magnífica haya quedado sepultada entre las sombras, y probablemente en tal penumbra haya lastrado su continuidad.

El spam de Quique el Alfarero, 24.02.08

Acaba de llegar a Cádiz la última entrega de Quique el Alfarero. No voy a detenerme a desgranar lo obvio: que los mastuerzos de Potter son tan gruesos como precaria su calidad, y que las películas de turno son más leñosas aún que los libros (según cuentan sufridos padres con hijos en edad de merecer). Que se vendan libros malos no es novedad; es más, se está produciendo un curioso particular: mientras en la librería nos asaltan títulos infectos con creciente alevosía, la cultura de rango se refugia en los quioscos; una va a comprar el diario y se encuentra ante la testa a Platón en tapa dura, un cedé de Biber o una película de Herzog. Y a precio de risa. Pero a lo que iba: sabemos que la mala literatura prolifera. Bien está. Cada uno pasta lo que su intelecto le reclama, y eso es difícil de cambiar: al señor que le gustan las pelis porno es difícil que “le ponga” La rodilla de Claire, y eso no lo arregla ninguna campaña gubernamental. Lo que a mí me molesta, señoras y señores, es el spam (propaganda basura, ya saben), con la agravante de acoso.
La que suscribe puede resistirse a los cánticos de Quique, pero… soy víctima en la prensa, en la radio, en la tele, en la librería –¡incluso en el selecto quiosco!– de una campaña vociferante e impía. Así que, aunque no leo “las cositas” de Quique, sé que va a haber una lucha entre él y un malo llamado Voldemort y que a Quique le ayuda Dumblemore (me marearía con tales nombres si no me recordaran al amigo Condemor). Sé también que la mamá de Quique no mandará al infante a la Universidad; cierto que la Uni está muy malita, y lo único que faltaba es que llegara el niño con el torno a modelar cerebros.
Intuyo que estas palabras me granjearán el odio de la secta de los alfareros, pero quiero que crean que yo nunca escribiría, como Harold Bloom hizo en 2000, un artículo llamado “¿Pueden equivocarse 35 millones de compradores de libros? Sí”. Quiero que sepan que nada tendría contra las hechicerías del buen Quique si no fuese por su spam masivo e insufrible. Quiero que entiendan que si Quique me cae gordo es por pesado. Seguro que muchos papás, que sufren en silencio sus secuelas como se sufren las hemorroides, me agradecen esta breve invectiva contra la almorrana Potter.

Todos iguales, 17.02.08

Se nos acabó el tópico. El incombustible humorista Miguel Gila sostenía que los norteamericanos perdieron la guerra de Vietnam porque, viendo a todos los charlies iguales, los buenos (o sea, los de las barras y estrellas) siempre mataban al mismo. La explicación siempre se me antojó más que plausible. Han tenido que pasar cuarenta años para que los europeos sepamos diferenciar a unos orientales de otros, pero al fin lo hemos logrado, y parece que el honor nos corresponde, a España y por demás a Andalucía: en esta semana un chino de nombre C.Y. fue detenido tras una espectacular persecución “que no fue más allá de unas decenas de metros” (según reza la noticia: se ve que el chino era de pata corta, o quizá el adoquinado gaditano le machacó el astrágalo) después de intentar en vano suplantar a otro chino, llamado X.J., en la realización del examen del carné de conducir en Cádiz. Al parecer, el funcionario correspondiente de la gaditana Jefatura Provincial de Tráfico debió de percatarse de que la inclinación de los ojos no era la misma en el examinando que en el chino que estaba fotografiado en el NIE de turno. El detenido vive en Córdoba, o sea que se hizo unos cuantos kilómetros para resolverle la prueba a su colega amarillo. A lo mejor hasta aparcó su propio vehículo delante del lugar de examen, para mayor recochineo.
Lo más gracioso del asunto es que la suplantación se ha llevado a cabo con éxito en otros lugares de España (o eso se piensa), de modo que la Guardia Civil sostiene que pudiera tratarse ¡¡de una red organizada a nivel nacional!! Imagínense lo espeluznante de la situación: una red organizada para que todos los chinos residentes en España se saquen por la jeta el carné de conducir. Lo que no se especifica es si el que los suplanta es siempre el mismo, como el vietnamita de Gila: o sea, el chino de Córdoba (menudo fenómeno, por cierto), o si en cambio se trata simplemente de unos chinos que se aprovechan del hecho de parecerse a otros chinos, como viene ocurriendo desde que el mundo es mundo.
De momento, los chinos ya regentan la mayoría de restaurantes Nefast Food y las tiendas Todo a Zen. Con el tiempo, y unos pocos ubicuos como el de Córdoba, serán los nuevos profes de nuestras autoescuelas.

Estadísticas, 10.02.08

Las páginas de Cultura de los periódicos empiezan a resultar peligrosas para la salud. No hay apenas día en que no nos asustemos, en que no leamos una noticia sonrojante, en que no perdamos los papeles. Andalucía vuelve a dar la campanada, situándose entre las comunidades españolas con menos afecto a los libros, sean estos de la naturaleza que sean, que tampoco se trata de ponernos finos. Aquello que decía Alonso –Dámaso: especifico por si acaso– de que “Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas)” se ha trasladado al sur peninsular, donde unos cuantos bípedos usurpan el nombre de humanos –con vida inteligente, o sea– más en potencia que en acto. Al final, va a ser cierto que las estadísticas, pérfidas como ellas solas, se empeñan en sacarnos los colores, pues es sabido que sobremanera se ocupan de lo que falta, nunca de lo que sobra. Ya hace bien poco vinieron los del PISA con sus numeritos a ponernos pingando, diciendo que los alumnos andaluces están a la cola de todas las colas en lo que a viveza intelectual se refiere. Si juntamos el hambre con las ganas de comer, acaba saliendo lo que sale: que por aquí no damos pie con bola en lo que a las letras se refiere.
Ante semejante panorama, no deja de enaltecer los corazones la última promesa electoral de Manuel Chaves: la posibilidad de que en las Escuelas de Idiomas andaluzas se enseñe el catalá, el euskara y el galego –si el PSOE gana las elecciones, por supuesto–, algo que sin duda va a redimirnos de los problemas (in)culturales propios de nuestra comunidad autónoma. Ya me imagino a las masas arremolinadas a las puertas de las precarias EOI –que hoy por hoy a duras penas dan abasto–, renegando del inglés y el francés y arrojándose en brazos del salchichón de Vic y la sardana (o el txangurro o el ribeiro, cada cual ad libitum). Nadie podría poner en duda que tal medida es de una necesidad insoslayable, aunque no sepamos por qué. Se me ocurre que, tal vez, al figurar los catalanes y los vascos siempre los primeros en las estadísticas –como tienen mucha “tela”, seguro que las amañan–, quizá estudiándoles la lengua se le pegue algo a Andalucía. Por probar que no quede. Todo sea por salir más guapos en los números.

La máquina de sueños, 03.02.08

La crónica de su anunciada muerte es un leit-motiv con el que se nos viene amenazando desde ya varios, muchos años, pero lo cierto es que es difícil acabar con la vida del invento. Desde aquel temerario tren de los hermanos Lumière que parecía abalanzarse desde la pantalla hacia el patio de butacas, provocando la horrorizada estampida del público asistente al estreno de “la cosa”, allá por 1895, ha transcurrido ya más de una centuria, y el cinematógrafo, esa inagotable máquina de sueños, sigue gozando de una más que aceptable salud.
Es cierto que la magia del cine –del cine a oscuras, el de sala, el de pantalla grande–, se ve por momentos cercada. Los motivos son sobradamente conocidos: la presión de las majors que imponen a las salas productos de nacionalidad y presupuestos determinados, el auge del dvd y los equipos domésticos de reproducción, la existencia de otras alternativas de entretenimiento frente a la antigua hegemonía cinematográfica… y me atrevería a decir que la degeneración una forma de arte más presa cada vez de la superficialidad. A ello se suma el supuesto menoscabo que ocasiona la copia ilegal de películas (y digo supuesto por los bajos porcentajes de esta práctica y porque, en definitiva, las más de las veces que se copia una película se hace por no haber tenido acceso a ella en sala o alquiler) y las quejas generalizadas en torno a la subida de los precios de las localidades (aunque, curiosamente, nadie refuta los precios del éxtasis, los cubatas o las entradas del fútbol, lucrativas actividades propias del fin de semana –dicho sea sin ánimo de comparar…–).
Los lamentos ad hoc se reiteran sistemáticamente en diferentes lugares de nuestro país (en este sentido Cádiz no es una excepción), siempre al comienzo o al final del año, y vienen a vestir con previsible sábana a ese fantasma que recorre nuestras salas de proyección sin acabar de convencernos de los estertores de la impagable máquina de sueños… estertores cuyo origen, en todo caso, y a mi juicio, debieran más bien auscultarse en la proliferación de americanadas de explosión y puñetazo (sobre las “obsexiones” españolas de protección oficial mejor no hablar) o en el hedor de los megacontenedores de palomitas plastificadas. Pero ni por esas lograrán echarnos de la luna de Méliès.

Qultura con Q, 30.01.08

Una vez más, la Asociación Qultura da muestras de su buen hacer y de su preocupación por la interrelación entre las diferentes manifestaciones del arte en la ciudad de Cádiz. Muchos somos ya los ciudadanos y amantes de la cultura que hemos tenido oportunidad de asistir a varios de los conciertos, conferencias o iniciativas en general propiciadas desde esta Asociación, con unos niveles de calidad cuidados y muchas veces admirables. Teniendo en cuenta lo difícil que resulta en estos pagos sacar adelante cualquier proyecto de índole cultural, y asimismo la habitual carencia de presupuestos que financien con dignidad una serie de actividades que, la mayor parte de las veces, ofrecen “únicamente” una contrapartida de bienestar espiritual –lo cual es mucho, aunque no sea este el parecer de los intereses crematísticos predominantes–, el entusiasmo y los resultados que suelen presentársenos desde Qultura no deberían pasar inadvertidos.
En esta ocasión, y con la vista puesta en el realce de algunas de las piezas más llamativas o valiosas del Museo de Cádiz, se ha propuesto que sea la literatura, y en particular la mirada poética, la que ofrezca su peculiar visión de dichas piezas en la singular voz de algunos de nuestros poetas más relevantes. Pablo García Baena y Pilar Paz Pasamar intervendrán en febrero y marzo respectivamente, en tanto que en este martes pasado correspondió al pluripremiado Antonio Gamoneda reflexionar sobre el hermoso collar fenicio de oro y cornalinas que atesora el Museo.
La inclusión de Antonio Gamoneda en este ciclo de visiones me parece sumamente acertada, por no decir un lujo. Aparte de tratarse de uno de los poetas más galardonados, con toda justicia, en los últimos años (lo que por fortuna ha logrado que Gamoneda abandone su etiqueta de “poeta secreto” –según célebre expresión de Valéry– o modesto “poeta provinciano” –como de sí mismo afirma en El cuerpo de los símbolos–), su percepción simbólica de la realidad hacía de él uno de los candidatos idóneos para acercarse a la solemne belleza del collar fenicio. Un nuevo éxito, pues, de Asociación Qultura, de cuya sensibilidad seguiremos esperando enriquecedoras aportaciones en el futuro.

Taxis y búhos, 25.01.08

En estos días parece despuntar un debate extraordinariamente activo en torno a la supuesta crisis del gremio del taxi en la ciudad de Cádiz, en apariencia agravada con la instauración del llamado “búho bus”, servicio nocturno exclusivo de los fines de semana. La intensidad del debate queda subrayada por la cantidad de intervenciones que han suscitado en la edición digital del Diario de Cádiz las noticias relativas a este asunto.
No dejan de sorprenderme los alarmantes cauces por los que discurre la mayoría de las “argumentaciones”, término que entrecomillo porque destaca sobremanera la apelación al insulto grosero muy por encima de las justificaciones razonadas. Estamos ante una situación en que el encastillamiento en posiciones solipsistas y proteccionistas por ambas partes se me antoja muy propia de este país de nuestras entretelas, acostumbrado por un lado a que determinados sectores laborales cuenten casi por consuetudinaria obligación con ayudas institucionales de las que otros carecen, y por otro a que haya parcelas de consumidores que demuestran falta de conocimiento acerca de lo que implica el uso de determinados servicios.
Los taxistas se quejan impropiamente de la competencia que al parecer les supone la existencia de un servicio público; un servicio al que los ciudadanos tienen pleno derecho en virtud de sus impuestos y cuyo funcionamiento, por otra parte, resulta de lo más sano para evitar la imposición de un monopolio en el sector del transporte (mal estaría que para desplazarnos hubiésemos de recurrir por fuerza al taxi). En el otro extremo, se encuentra el usuario que se queja de los precios del taxi, cuyo uso, en primer término, no es obligado, dado que existen más opciones, y que, en definitiva, supone una alternativa de transporte especializado que aporta al usuario una exclusividad (conductor a nuestra plena disposición) que bien está que se valore y, en consecuencia, se pague; por ello las comparaciones con las tarifas de otros medios comunes de transporte es, sencillamente, improcedente.
¿Acaso alguien puede dudar que sería óptima la pacífica coexistencia de ambas posibilidades, debidamente reguladas para ofrecer el adecuado servicio al ciudadano?

¿Esto es arte?, 13.01.08

Parece que desde 2003 existe acuerdo en el desacuerdo. Por algo se empieza. Me refiero a los carteles de la Semana Santa gaditana, que desde hace ya seis años han tomado forma pictórica, en lugar de la fotográfica que venía siendo habitual. Al sexto cartel se ha destapado la caja de los truenos, y las críticas han empezado a circular. La decisión de sustituir la cámara por el pincel no ha sentado bien a los cofrades, a la vista de los reiterados resultados de la cosa; tampoco, en general, al público, descontento ante las supuestas obras de arte con que quiere darse relevancia y ornato a un festejo tan arraigado en el acervo cultural y afectivo de los gaditanos.
Ante las protestas generalizadas, que demandan el retorno a la fotografía como imagen ideal de la festividad, es importante plantearse qué es un cartel, y si lo que requieren las cofradías es en realidad un cartel, o bien un póster alumbrado con más o menos gusto y con funciones esencialmente publicitarias. Un cartel es en sí mismo una obra de arte, como acredita su propio origen, vinculado a la litografía. Aunque ya desde el siglo XVIII existen carteles, tal vez sea en el París de la Belle Époque donde el cartel adquiere su auténtico estatus artístico; no olvidemos las creaciones de Toulouse-Lautrec para el mítico Moulin Rouge, al que pronto siguieron las preciosistas producciones de Mucha, de influjo prerrafaelita y bizantino. La Escuela de Glasgow, la Secesión de Viena y la Deutscher Werkbund de Alemania se vieron también seducidas por la estética del cartel, y de tales precursores habría de surgir un hito importantísimo: el Plakatstil alemán. Posteriormente, se sumó a la práctica del cartel la Bauhaus y, ya en Suiza, es fundamental el Sachplakat. En España, como es sabido, hemos contado asimismo con cartelistas brillantes: Picasso, Dalí, Miró…
Ante tales precedentes, tal vez quepa preguntarse si la elección de un cartel como opción celebratoria de la Semana Santa gaditana no supone una aspiración o esfuerzo desmedido; y en el caso de que tal esfuerzo quiera realizarse, tal vez deberían plantearse en el Consejo de Hermandades algunas precisiones para impedir el desprestigio de semejante arte y, de paso, el de la propia Semana.

Ángel González todavía, 12.01.08

De Ángel González, ahora que nos falta, no me encuentro en condiciones de evocar demasiadas cosas. Tampoco le vi en demasiadas ocasiones; pero esas ocasiones, a cambio, las recuerdo con perfecta nitidez.
A Ángel le gustaba comer poco, algo que tenía que hacer como a escondidas, cuando se mostraba apartado, en cafés pequeños, retirado de los compromisos y de las miradas insolentes. A Ángel, además, le gustaba el yogur. Siempre pensé que su frugalidad, incluso esa breve blancura del yogur que le rendía, tenía mucho que ver con su extraordinaria timidez; una timidez que encubría habitualmente tras un velo un poco arrogante, un poco ácido, con que alejaba a quienes no tenía especial interés en saludar.
La última vez en que nos encontramos fue ya hace algunos años, con motivo de una entrevista que le realicé para El Diario Montañés, en el marco de un curso veraniego de la UIMP sobre la Generación del 50. Continuaba entonces sin esperanza y con convencimiento, renegando también de la belleza como verdad posible en el mundo. No era optimista con respecto al curso de los tiempos, de los acontecimientos políticos y económicos. “Con la belleza no se come”, decía Ángel en uno de sus versos, en expresión heredada de su tía (según me confesó), y aún hoy, quién sabe por cuántos siglos más, ese pragmático axioma sigue siendo cierto.
En Santander acariciamos durante un tiempo la posibilidad de dar a la imprenta un libro de poemas inéditos de Ángel González. Durante muchos años se gestó aquel bello proyecto, que había de ver la luz en la ya extinta editorial Árgoma, a cargo de Gonzalo Román. En Árgoma también habían visto la luz poemas de Carlos Salomón, de Carlos Bousoño, de Luis Antonio de Villena. A la muerte de Román tomó las riendas de la editorial su hija Lorena; el último libro que apareció en Árgoma fue, justamente, el de la autora de estas líneas, que había obtenido el Premio Alegría en 1999. Ángel González era el autor que había de publicarse a continuación, pero nunca llegó a buen puerto aquel proyecto –para desgracia mía, pues me hubiera encantado tenerlo como compañero de cubiertas–. Árgoma se terminó, y con ella el sueño de un libro de Ángel editado en Santander.
En el día de hoy es triste escribir sobre Ángel González, sobre los libros que no fueron, sobre las palabras que ya no serán más. Recuerdo que en mi libro de Árgoma, Naturaleza Muerta, uno de mis poemas (“Reconciliación”) se encabezaba con unos versos de Ángel que me resultaban estremecedores: “Parece/ que no ha pasado la muerte por nosotros”. Así, precisamente, prefiero recordarlo. Todavía.

Petardos, 06.01.08

Los sufrimos el 24 y el 25, el 31 y el 1, y en las últimas horas han vuelto a acometernos las inefables hordas devotas del petardeo nocturno y estulto. Cualquier festiva excusa es buena: las fiestas en nuestro país no son fiestas si no hay sangre, borracheras o decibelios –y preferiblemente la santísima trinidad en su conjunto–. Semejante mal se padece desde tiempo inmemorial, y por ello las consecuencias son harto conocidas: ruido insufrible, destrozos varios en el mobiliario urbano, saturación en los servicios de urgencias por accidentes y quemaduras, niños y jóvenes con dedos de las manos amputados y, lo peor de todo, más de una víctima ajena a tales actividades que, no obstante, como la inocente muchacha jerezana de que hemos tenido noticia en estos días, comienza el 2008 sin un ojo y con la cara irremisiblemente destrozada.
El Padre Gobierno se afana a diario en velar por nuestro bienestar con muchas palabras y pocos hechos. Las cajetillas de tabaco rezan “fumar puede matar” y la Dirección General de Tráfico agita el dedo admonitoriamente diciendo que “las imprudencias se pagan”. Demasiada literatura para tantos brazos cruzados. Res non verba, aseveraban los latinos, pero como en España de latín ni idea, todos tan contentos al amparo de una ignorancia interesada. La ley antitabaco es el pito del sereno en la mayoría de establecimientos de hostelería y al guardia de turno le es más cómodo multar al señor que circula a 70 en carretera comarcal que al que lo hace a 200 en autopista. En cuanto a los petardos –me refiero a los que estallan, por no hacer juegos de palabras demasiado obvios–, a pesar de conocer sobradamente las desgracias que acarrean, nadie mueve un dedo para prohibirlos, y prohibirlos de forma efectiva, no tan sólo en un papel. En este país no se puede tener una pistola sin licencia, pero se consiente la venta de peligroso material pirotécnico, en la mayor parte de los casos a menores de edad; tampoco olvidemos la caterva de padres descerebrados que facilitan ellos mismos semejante material a los chicos, ni la siniestra figura del vendedor sin escrúpulos.
En mi carta de este año a los Magos de Occidente he pedido silencio. Sólo faltaría que los Reyes llegaran también tirando cohetes…

Vándalos, 03.01.08

Los vándalos, como es sabido, integran ese trío de pueblos germánicos, junto a suevos y alanos, que, hostigados por los hunos, se acercaron a nuestra península a practicar turismo, allá por los comienzos del siglo V. Los vándalos eran gente de orden para los suyos propios, menos para los demás, más o menos como todos los pueblos que se han dedicado a ocupar territorios ajenos. Eso ya lo sabían los griegos, que cuando hablaban de los bárbaros se referían a “los otros”, es decir, a todos los que no eran griegos. Los hispanos tardaron veinte años en verse libres de los vándalos, y en especial de los silingos, la rama mejor instalada, que acabó por marchar hacia África ante los requerimientos poco corteses de los romanos y sus aliados, los visigodos.
Suele designarse como vándalos a los individuos caracterizados por su salvajismo y su tendencia a causar destrozos en su entorno, generalmente en relación con bienes de propiedad y disfrute públicos. En esta, como en otras ocasiones, el Diccionario de la Academia, o el acervo popular, si se prefiere, incurren en delito de imprecisión y hasta injusticia. Los vándalos, más allá de su nombre, de vándalos tenían lo estricto y necesario para invadir unas tierras que no eran las propias: el reinado de Genserico y sus inmediatos sucesores en África se prolongó en plenitud y sin barrabasadas dignas de mención durante más de un siglo. En realidad, la acepción contemporánea del término ‘vándalo’ parece provenir de la Francia Revolucionaria, y en concreto del jansenista Henri Grégoire, que describió con tal adjetivo ante la Convención el comportamiento de las tropas republicanas. En España semejante acepción halló predicamento por razones obvias.
En los últimos días el vandalismo se ha adueñado de las calles gaditanas, cebándose particularmente en los adornos navideños propios de las fechas, aunque no es este un mal con calendario específico. A diferencia de los vándalos históricos, que batallaban por un lugar donde asentarse, los vándalos actuales arruinan patrimonio de su propiedad, y su victoria consiste en degradar la convivencia y el bienestar de todos. Por desgracia, la estupidez y la violencia caminan con suma frecuencia de la mano.

Feliz Año Nuevo