
Hija de padre físico y astrólogo profundamente laico que introdujo el veneno del estudio en la cabeza de la niña y de madre tejedora que aceptaba –como tantas mujeres desde los tiempos más remotos– que su hija debía aplicarse inevitablemente a las labores del telar y la rueca, Cristina de Pizán terminó por convertirse en la primera escritora profesional de la Historia de la Literatura. Tras casarse con quince años y enviudar a los veinticinco, tras pasar del esplendor de la corte francesa del rey mecenas Carlos V de Valois –en que su padre era sabio reputado– a la miseria con el advenimiento del “Rey Loco” Carlos VI, tras pasar de una situación acomodada a tener que sostener económicamente a sus tres hijos y a su madre, la veneciana Pizzano, parisina y Pizán de adopción, se dedicó a escribir no sólo para dar placer a sus exigencias de conocimiento, sino también para poder comer, ella y los suyos. Oficio este de escribir que le permitió vivir con cierta holgura, pues sus colecciones de poemas y baladas –corrían entonces tiempos mejores para la lírica– eran bastante apreciadas, y sobre todo bien retribuidas, en las cortes europeas de la época.
Las inquietudes de Cristina de Pizán fueron, como mujer intelectual, las mismas que han sacudido a muchas mujeres estudiosas a lo largo de su historia: la necesidad de reafirmar su derecho a la investigación y la lectura, la evocación de las dificultades superadas para acceder a cada libro, la refutación de las invectivas vertidas por generaciones de hombres ilustres en miles y miles de páginas, la reivindicación de un espacio abierto y propio de desarrollo y opinión. Es evidente que los orígenes de la tradición misógina pueden rastrearse en las raíces más profundas (que en este caso es como decir las más oscuras) de la Antigüedad clásica: desde Hesíodo en el siglo VIII antes de nuestra era (minucioso descriptor del mito de Pandora), pasando por Semónides de Amorgos (quien allá por el siglo VII escribió su Catálogo de Mujeres, comparando al sexo femenino con los animales más desdeñables de la Creación), siguiendo con Aristóteles (que declara abiertamente la inferioridad de la mujer y del esclavo) y más allá aún con Platón (que todavía en el siglo IV dibuja a las mujeres como profanadoras de cadáveres), por no prolongar interminablemente la nómina.
En su Ciudad de las Damas, Cristina de Pizán niega que las mujeres disfruten con la violación (aserto masculino muy extendido en la época tardomedieval), cuestiona el hecho de que las esposas lleven el rencor y la amargura por naturaleza al matrimonio, postula la solvencia intelectual femenina, arremete contra las dificultades del entorno que impiden la formación de las mujeres, rebate las argumentaciones misóginas de escritores próximos temporalmente a ella, como Bocaccio (en De claris mulieribus) o Juan de Mena (en su Romance de la Rosa). De su declarado enamoramiento del estudio y los libros es recuerdo (y probablemente deuda) aquella también encendida defensa de otra gran dama pionera de las letras independientes y heterodoxas, Sor Juana Inés de la Cruz, que en su emotiva Respuesta a Sor Filotea narra cómo cortaba su cabello una y otra vez como medida de los saberes que iba alcanzando.
Feminista en potencia y escritora en acto, Cristina de Pizán se yergue hoy con pleno derecho entre las mayores y más personales voces de la Historia de la Literatura y el Pensamiento. Su contribución, desgranada con los medios más precarios en su minúscula “habitación propia” (diría Virginia Woolf) y aun nutrida de migajas (“Tu madre no pudo arrancar en ti ese gusto por la ciencia, esa tendencia natural que te ha permitido ir cosechando el saber, aunque fuera recogiendo migajas”, le dice a Cristina su personaje Razón), ha sido enorme: la Ciudad de las Damas no quiso ser sino una ficción idealista (¿revolucionaria, tal vez?) que impulsara la construcción de la mujer contemporánea.
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