Música y élites, 04.01.06

Hace escasamente tres semanas tuvo lugar en el Auditorio Nacional, y dentro del marco del ya tradicional Concierto de Navidad de Siemens España, una presentación que en Andalucía, y más en particular en Cádiz, pasó paradójicamente bastante inadvertida. Me refiero al estreno de la bella y última composición de José María Sánchez-Verdú: Kitab-al alwan o Libro de los colores, obra de cuatro movimientos para orquesta. Gaditano nacido en Algeciras, Sánchez-Verdú encarna sin duda a sus treinta y siete años uno de los valores más sólidos en la composición musical española contemporánea.
El Libro de los Colores, amén de declarado homenaje al poder catártico de las artes plásticas, constituye en sí misma un canto al derecho a la diferencia -casi antiglobalización–, un canto enamorado a los contrastes entre el norte y el sur. Esa misma fascinación, intuyo, es la que aflorará en la ópera El viaje a Simorgh, experiencia creadora compartida con Juan Goytisolo y que verá la luz en el Teatro Real en 2007.
Nacido por encargo del Parlamento de Andalucía en recuerdo a las víctimas del atentado del 11 de marzo, Kitab-al alwan supone una superación de su propio propósito inicial: lo que Sánchez-Verdú intenta pergeñar es un encuentro entre culturas que fructifique en el conocimiento, el arte y la convivencia, únicas armas posibles contra la ignorancia, el integrismo y la muerte. Mediante la conciencia de la obra de Paul Klee y de Pablo Palazuelo, entreverada con otras visiones artísticas –como los espacios abiertos y discontinuos de Eisenmann– y con un fuerte componente sinestésico en que lo cromático se enlaza con lo visual, lo auditivo y lo sensorial en cualquiera de sus manifestaciones, Sánchez-Verdú traza una metáfora de la salvación mediante el arte: a la muerte y su exceso irracional puede escaparse a través de un deslumbramiento creador o por la creación. El arte, en Sánchez-Verdú, supone un despertar intelectual hiperestésico que tiene mucho que ver con la “iluminación” en su sentido más extenso; no olvidemos que Pablo de Tarso alteró su destino camino de Damasco por un brillo cegador, o que Paul Klee –por ceñirnos más al ámbito– cayó rendido para siempre ante la inolvidable luz de Tánger. No obstante, en el compositor algecireño está también presente el “otro lado” de la luz, ése que Tanizaki supo describir tan bellamente en su Elogio de la Sombra: “Negro”, tercer movimiento de Kitab-al alwan, perfila a la perfección este contrario, la callada elocuencia de la oscuridad. En su conjunto, el Libro de los Colores supone una música de una delicadeza extrema en contenido y concepto, una música que, con pulso firme, desarrolla una escritura de una belleza implacable.
Precisamente con motivo del mencionado concierto de estreno en Madrid, Sánchez-Verdú fue invitado a un programa de Radio Clásica –“La noche cromática”– en que, además de la obra del compositor de Algeciras, se puso sobre la mesa una reciente polémica que éste ha mantenido con Félix de Azúa a través de las páginas del diario ‘El País’. La intervención radiofónica de Verdú fue bastante pesimista en lo referente al nivel cultural medio –específicamente musical– de la intelectualidad española actual, con explícita mención a la filosofía y la literatura. Algo en lo que ya había incidido previamente en su artículo de respuesta a Azúa, “Cultura de supermercado”, donde fustiga los gustos de la masa y defiende una idea de élite que resulta, tal vez, un tanto anacrónica. Es evidente que los tiempos que corren no dan para perspectivas halagüeñas (la proliferación de torrentes, triunfillos y planetarios no permite un diagnóstico esperanzado), pero la reflexión al respecto no debería quedarse meramente en proponer la reclusión en una torre de marfil. Por otra parte, creo que las consideraciones vertidas por Azúa en su texto “Sólo quiero lo mejor para ti” tenían –o pretendían tener– un alcance mayor que el de la escueta defensa de los gustos de la mayoría –defensa que, por añadidura, pienso que Azúa no practica en sus palabras. La mención que el ensayista catalán realiza de la impopularidad de Schoenberg, basándose en la magna obra de Richard Taruskin, en ningún momento destila menosprecio hacia el compositor austriaco. Pero además, Azúa en todo momento recalca el empleo del “ejemplo Schoenberg” como estricta metáfora, metáfora que quiere ser un paralelo de la idéntica impopularidad del Estatuto Catalán. A Azúa se le puede acusar, tal vez, de traer el rábano por las hojas (a saber qué pensaría Schoenberg hoy del estatuto de marras), pero la defensa apasionada e incluso belicosa que practica del dodecafonista el paladín Sánchez-Verdú queda fuera de lugar.
Lo que está claro es que el debate Azúa-Verdú pone el dedo en la llaga sobre un tema de importancia fundamental, que no debería quedar tal vez relegado a la discusión en los periódicos (aunque tampoco es ésta mala plataforma): me refiero a la reflexión sobre la urgente necesidad de concebir la cultura con nuevos planteamientos, dada su creciente repercusión en lo personal, pero también en lo social e incluso en lo económico. Entre tanto, seguiremos a la espera, a ver qué pasa.

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